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Figueroa y Buñuel: el encontronazo de dos genios.
10-mayo-2013
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Dos tipos de cuidado
Cuando Luis Buñuel se encontró con Gabriel Figueroa para planear la filmación de "Los Olvidados" (1950), la carrera de ambos hombres no podría ser más opuesta. Para 1950, Gabriel Figueroa ya era un fotógrafo de renombre, a tal grado que su apellido sonaba a sinónimo de Cine Mexicano. Contaba para entonces con el reconocimiento internacional por cintas como Allá en el Rancho Grande, María Candelaria, Enamorada, Río Escondido, Salón México, La perla y muchas más.


La cantidad de premios que su trabajo había recolectado era ya considerable. Luego de haber incursionado en Hollywood para aprender de Greg Toland (el fotógrafo de Citizen Kane), Figueroa -apenas mayor de cuarenta años- era ya uno de los fotógrafos más respetados por el gremio tanto en México como Estados Unidos.


En contraste, Luis Buñuel pasaba tal vez una de sus épocas más obscuras. Cercano a los cincuenta, el director español era ya una leyenda en los círculos intelectuales de México y España gracias a sus dos películas del periodo puramente surrealista: La Edad de Oro y Un Perro Andaluz.

Pero de surrealismo no se come. En la pobreza extrema, a Buñuel no le queda más remedio que aceptar proyectos que tal vez no representaran un reto intelectual para el nobel director, pero si funcionan como campo de entrenamiento técnico para las películas que vendrán en un futuro.

Así es como llegan sus primeras dos cintas hechas en México, Gran Casino y El Gran Calavera, dirigidas con sobriedad de oficinista pero que no representan en absoluto las inquietudes surrealistas y de ruptura que lo caracterizan.

Sobre el encuentro de estos dos grandes cineastas y su posterior trabajo juntos a lo largo de varias cintas se ha tejido toda una serie de anécdotas no del todo verosímiles aunque si muy populares. De hecho, la imagen de Gabriel Figueroa ya era susceptible a varias anécdotas que aunque populares y divertidas no dejan de ser bastante cuestionables; la más conocida de ellas, aquella que perjura que el hombre era capaz de parar una producción entera, por días si así era necesario, hasta que las nubes en el cielo se acomodasen como él quería. No se sabe a ciencia cierta si aquello fue real o no, pero nos gusta pensar que así fue.

Más allá del anecdotario, el hecho es que el propio Figueroa narra -en su libro de memorias- que al iniciar el rodaje de Los Olvidados (1950), Buñuel le preguntó, desafiante: "¿Y quién le ha dicho a usted cuál es la estética?". Todo empezó cuando el director le pidió al fotógrafo su opinión sobre un dolly> que seguía a dos personajes, todo el tiempo encuadrados de la rodilla para abajo; Figueroa, honesto, le contestó lo que pensaba: que estaba fuera de la distancia y que al público le gustaba ver caras, no rodillas.

Acto seguido, Figueroa le habló a Buñuel sobre pintura, sobre sus maestros, y le dijo que le pagaría mil pesos si le mostraba una pintura clásica con una composición como la que quería filmar. A las tres semanas, según narra Figueroa, Buñuel le llevó un cuadro de Van Dyck donde se veía un grupo de personas de cuerpo completo y una figura en primer plano cortada de las rodillas para abajo.

Buñuel y Figueroa entendían de manera opuesta el propósito de la imagen y su relación con la verdad cinematográfica. "Nunca me ha gustado la belleza cinematográfica prefabricada que, con frecuencia, hace olvidar lo que la película quiere contar y que, personalmente, no me conmueve", decía Buñuel.

En su libro de memorias titulado "Mi último suspiro", el director se regocija en contar cómo es que "escandalizó" a Gabriel Figueroa en el rodaje de Nazarín (1958). "[Figueroa] me había preparado un encuadre estéticamente irreprochable, con el Popocatépetl al fondo y las inevitables nubes blancas", narra Buñuel. "Lo que hice fue, simplemente, dar media vuelta a la cámara para encuadrar un paisaje trivial pero que parecía más verdadero, más próximo".

Figueroa tiene que someter su legendaria estética, pero lejos de traicionarse, el fotógrafo es capaz de colocarse por encima de su propia leyenda en aras de buscar nuevos caminos artísticos.

En Los Olvidados, Buñuel muestra al público un mundo espeluznante, un mundo que todos sabemos que existe pero del que pocas cosas se conocen. Buñuel se echa a cuestas una tarea titánica: poner en pantalla el relato crudo de estos acontecimientos que hablan de pobreza, miseria, delincuencia, dolor. A Figueroa le corresponde la tarea de "revelar" ese mundo, darle imagen, sustancia, y sentido visual a la miseria más terrible.

El resultado es por todos conocido.

Figueroa sin embargo no pierde el buen humor; es el primero en hacer bromas sobre la manera en que Buñuel se obstinaba en prescindir de sus conocimientos técnicos: "He encontrado el truco para trabajar con Luis", decía. "No hay más que poner la cámara frente a un paisaje soberbio para luego darle la espalda a todas esas bellezas y enfocar un camino lleno de pedruscos y roca pelada". En otros testimonios respecto a la relación entre Figueroa y Buñuel se describe su método de trabajo: "es un sistema de comunicación estrictamente privado, consistente en injuriarse el uno al otro de forma permanente y en largarse el uno al otro las peores obscenidades e insultos".

En 1974, casi un cuarto de siglo después del rodaje de Los Olvidados, en la carta en la que el mismo Buñuel invitó a Figueroa a participar a su lado en un seminario con Bergman y Fellini, el director llama así a Figueroa: "Mi fotógrafo predilecto".

Al final, Figueroa y Buñuel colaborarían juntos en siete cintas. Una de las mancuernas más disímbolas pero a la vez más afortunadas para el cine mundial.

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Es Gran Casino no Gran Hotel.

RESPUESTA DEL AUTOR: Cierto, gracias por la correccin.


 Enviado por Jonatan - 17-mayo-2013 a las 10:01 Enviar mail al autor

 

Gracias por tan buen reportaje, me hiciste el dia!


 Enviado por BEATRIZ MTZ - 12-mayo-2013 a las 18:19 Enviar mail al autor

 
 
Acerca del autor
 
Alejandro Alemán

No sé ustedes, pero yo estoy harto de los críticos de cine. Usualmente son individuos algo petulantes que odian el cine comercial y erigen sobre un pedestal a cualquier cinta de tres horas en blanco y negro. Desde su mirada fría y sin pasión creen tener la verdad absoluta.

Olvidan que el peor pecado que puede cometer un director de cine es hacer una cinta aburrida. ¿Cuándo habrá sido la última vez que esos críticos entraron con auténtica emoción a una sala de cine?

En este espacio nos gusta el cine, no importando de donde venga, ni quién lo haga. Se trata de recuperar esa capacidad de asombro, justo como ocurría en sus inicios, en aquel Salón Rojo (la primera sala de cine en la ciudad de México) donde la emoción de la imagen en movimiento se convirtió, con el paso de los años, en cinefilia.

Pero no nos malinterpreten, si bien nuestra dieta visual se permiten ciertas golosinas, tampoco soportamos aquel cine que atenta a nuestra inteligencia.

Sirva este espacio para platicar de lo que más nos gusta: el cine y su experiencia. Al fin y al cabo, la crítica la hacemos todos. Bienvenidos.

 
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