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Por José Ángel Vera Noriega (CIAD)*
En el entorno social y dentro de la familia se establece repertorios de actitudes, creencias, percepciones y conductas humanas que moldean los elementos fundamentales para el desarrollo y la estimulación del niño. El ambiente social esta matizado por la cotidianidad que las comunidades a través de sus rituales, mitos y festividades y la interrelación de los elementos económicos y sociales, integrados en conjunto, proporcionan estabilidad en el ejercicio de la reproducción social de la etnia y la familia.
La distribución inequitativa de los bienes económicos y materiales genera deficiencias en el desarrollo psicológico de los niños en situaciones de desventaja económica y se ven amenazados por las carencias de oportunidades, alimentación, servicios de salud, educación y la dinámica familiar, imposibilitando la estimulación adecuada del infante.
El patrón de comportamiento que siguen las madres en condiciones de pobreza extrema se distingue por su desamparo, desesperanza y, sobretodo, percepción de altos niveles de riesgo, que hacen posible asumir la vida con un sentido particularmente desdeñoso en donde no existen sorpresas, esperanzas o excedente. Así pues, el niño se va desarrollando obteniendo el mismo sentido de vida que los padres, promoviendo el colectivismo, solidario y respetuoso de tradiciones, rituales y mitos bajo un paradigma autóctono de libertad.
Las prácticas de crianza obedecen a sistemas de creencias que se han legitimado en pautas de comportamiento y, al igual que las creencias, tienen un carácter orientador en el desarrollo. Se ha concebido como un espacio de expresión, convivencia con criterios de intervención y organización social, dirigidos por redes familiares de cada cultura. El estudio de la crianza implica analizar desde una perspectiva teórica de vinculación madre-hijo-padre, socialización de las madres, nivel económico y el contexto cultural amalgamados en normas sociales, establecidos por los principios de la colectividad que transfiere prácticas concretas de control de la conducta infantil.
Los objetivos o fines de la crianza de los pueblos primigenios no corresponden con los modelos de desarrollo y reproducción social promovidos por un modelo neo-liberal en el cual la reproducción simbólica de la familia implica el desarrollo intelectual y control emocional que permita al ciudadano-empresario un buen nivel de consumo y, por tanto, de éxito.
En el mundo indígena se pretende que el niño alcance su independencia socio-moral. Este proceso está vinculado con la práctica socializante en la comunidad a través del contacto con el agua, el aire, la tierra y el fuego y el juego. La observación participante del padre, que ofrece libertad de movimiento y elección, supone que el niño es responsable de su propio aprendizaje; sólo se dedica a facilitar procesos socio-morales más que la de tipo cognitivo que a su consideración dependen más de la estructura biológica y del proceso escolar, que de la familia. El uso del enojo, la vergüenza y el miedo como ejercicio socio-moral de reconocimiento de valores, rituales y premisas es una práctica recurrente en la familia indígena para lograr que los niños lleguen a convertirse en personas listas.
Los niños indígenas aprenden mientras trabajan porque así el riesgo de perder recursos es mínimo, si se analizara este hecho en la comunidad indígena en función de su relevancia para el desarrollo infantil de los niños y niñas en estas comunidades, haríamos alusión a numerosos trabajos de psicólogos que sitúan en la "participación guiada" la clave de la consecución de las metas características e idiosincrásicas de cada comunidad, convirtiendo el aprendizaje en una meta en sí mismo, aunque sin duda se le añadan los beneficios de la tarea productiva.
Las madres admiten que el castigo es una práctica incorporada en la crianza de sus hijos vinculados con situaciones de pelea con pares, desobediencias a los mayores, berrinches y dificultades a la hora de comer, conductas que son mencionadas en una elevada proporción; además, el capricho, señalan que es una actitud negativa que más irrita a las madres, motivo por el cual se efectúa el castigo físico en una cuarta parte de los casos. El diálogo no es un recurso que tengan las madres para enfrentar la conducta negativa de los niños.
Así pues es la concepción social de comunidad, hace posible una visión colectivista sobre la percepción, actitudes y actividades. Derivado de esa comunalidad la relación juego-trabajo asociado a una vinculación socio-moral de la responsabilidad y la sobrevivencia, constituye un punto nodal para entender las prácticas de crianza. Finalmente la participación desde la primera edad en los rituales míticos, mitologías de origen, festividades paganas y mayordomías, conforman una cosmovisión de la crianza como sistema de reproducción social que permite la transformación del infante a niño y de niño a persona.
Este modelo, se trastoca cuando el niño indígena, se ve forzado a abandonar su comunidad y migrar con sus padres al norte de México. El cambio cultural sorprende al niño y provoca un desfasamiento, entre el niño y sus padres y su comunidad. El estrés de niños indígenas migrando y comparado con un grupo de pares residentes en su tierra y sedentarios es significativamente mayor. Los resultados indican que los puntajes de ansiedad y el estrés aumentan por número de migraciones. Este punto podemos explicarlo si pensamos en la migración como una situación en la que existen mayores demandas que exceden sus recursos
Otro de los hallazgos de nuestros estudios son las puntuaciones mayores de ansiedad, estrés y depresión para el caso de las niñas con respecto a los niños, en ocasiones inclusive duplicándolos en número. La niña se beneficia de una mayor permisibilidad por parte del grupo social para reconocer en público las emociones que pudieran estar socialmente relacionadas con la vulnerabilidad, como lo son las asociadas a la depresión
Podemos concluir, primero, que los estudios psicológicos de crianza requieren de modelos correspondientes a los intereses de los pueblos indígenas. Segundo, las condiciones de exclusión social y pobreza extrema, lo mismo que las políticas públicas de educación inicial dirigidas al niño indígena provocan que el colectivismo y las prácticas de reproducción social se enfrenten en condiciones desiguales con el modelo neo-liberal. Finalmente, los altos índices de estrés que presentan 41.34% de los niños participantes, pueden ser relacionados a las disfunciones culturales ocasionadas ante las constantes migraciones que viven estos menores. Dicho de otra manera, se pueden asociar a la imposibilidad para resolver favorablemente el duelo que las pérdidas migratorias suponen, al no terminar de establecerse en un solo lugar.
El Dr. José Ángel Vera Noriega es investigador titular del Departamento de Desarrollo Humano y Bienestar Social en la Dirección de Desarrollo Regional, en el Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo (CIAD).
Nota del editor
El Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo (CIAD) ha publicado también en el blog "Con-Ciencia" los siguientes artículos:
Ortega Vélez, María Isabel y Cecilia Adriana Montaño Figueroa (CIAD). La diabetes en niños y adolescentes mexicanos. 15 de noviembre de 2011.
Román Pérez, Rosario (CIAD). "Depresión y suicidio en jóvenes del noroeste de México". 6 de septiembre de 2011.
Bracamontes Nevarez, Joaquín (CIAD). "El Día Mundial de la Población: ¿Es importante la relación entre población y desarrollo?" 12 de julio de 2011.
Soto Valdez, Dra. Herlinda, et al. (CIAD). Desarrollo de un envase antioxidante biodegradable/composteable de origen natural. 12 de octubre de 2010.
Calderón de la Barca, Ana María (CIAD). Otros motivos de mucho peso para amamantar. 8 de julio de 2010.
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