Teresa Berenice Reséndiz Santana
Estudiante de Periodismo en la FCPyS de la UNAM
Advierto que se carece de un final, pero a pesar de ello se logra penetrar por caminos poco conocidos, donde mujeres adultas y algunas jóvenes se encierran en su propio mundo, en un sueño profundo despierto.
Sentada en una de las bancas metálicas se encuentra una mujer morena, delgada, cabello corto un poco canoso, con vestido de flores verdes y azules, la cual lee emocionada un salmo de una pequeña Biblia azul. Ella se llama Alejandra y vive en la clínica psiquiátrica de la Casa de Asistencia e Integración Social Femenil de La Cascada desde hace tres meses.
El Centro de Asistencia e Integración Social Femenil de La Cascada se fundó un 16 de noviembre de 1964 bajo el gobierno de Adolfo López Mateos, pero fue iniciativa del entonces regente del Distrito Federal, Ernesto Peralta Uruchurtu. El albergue resguarda a mujeres mayores de 18 años con deficiencias mentales, con la finalidad de otorgales la atención necesaria y poderlas reintegrar a la sociedad a través de tratamiento, cuyo director es el doctor Roberto Ugalde Sánchez.
La primera sección está resguarda por dos policías, pues la puerta 1 que da a la calle se encuentra ahí; el lugar es algo frío por la sombra de un par de árboles que evitan a los rayos del sol traspasar hacia el corredor. En esa área también está la oficina del director Roberto Ugalde Sánchez y a un costado el consultorio médico, donde precisamente a sus afueras espera ser revisada Alejandra: “Tengo muchísima diarrea desde ayer”.
“Estaba caminando en la calle, cuando una camioneta me levantó y me trajo a un lugar más grande y después me quedé aquí”, comenta Alejandra con un tono de voz sereno al recordar la forma como llegó al albergue, cruzando sus delgadas piernas, las cuales cubre con su bolso de estambre color gris.
El Instituto de Asistencia e Integración Social cuenta con 10 albergues psiquiátricos en el Distrito Federal, donde a través de camionetas recorren las calles de la ciudad en busca de indigentes, para después valorarlos y llevarlos a una de las clínicas como la Casa de Asistencia e Integración Social de Coruña, claro, si no hay familiares que los reclamen. Sin embargo, eso no implica su permanencia definitiva ahí, pues pueden ser traslados a otro albergue.
La vida dentro del albergue
Alejandra se muestra estresada, ya que después de esperar al doctor por mucho tiempo, decide entrar por la puerta negra número 2 a la otra sección de la clínica, donde se encuentran los dormitorios y los baños, sin antes saludar a la robusta y sonriente guardiana de la puerta: “Buenos días, Chabelita, voy a mi cuarto”.
Las internas jóvenes y adultas caminan con sus vestidos floreados, faldas o pantalones coloridos entre los pasillos del albergue, donde desinhibidas alegremente bailan entre sus fantasías, ríen y lloran consigo mismas: “yo no tengo papá ni tampoco mamá” o “soy una princesa”.
Algunas más astutas aprovechan la distracción de las doctoras para solicitar dinero o un cigarrillo en voz baja y con cuidado de no delatarse: “Oye, dame un peso”, “¿Tienes un cigarrito?” o “Dame tu pulsera, mira cómo brilla, rebien bonito”.
Infinidad de saludos se escuchan a lo largo del pasillo; se nota la alegría de algunas, pero otras prefieren quedarse calladas y mirar fijamente en forma desconfiada a las otras compañeras, sobre todo cuidando el módulo donde descansan.
Alejandra duerme en el módulo número 3 en una cama individual color café, dormitorio que comparte con otras 99 mujeres, las cuales estiran su mano para ser saludadas, besadas, consideras, sus camas están en hilera perfectamente ordenadas, algunas tendidas con delgadas cobijas de distintos colores, donde la luz del sol entra a través de las grandes ventanas.
El albergue cuenta con cuatro dormitorios grandes y uno pequeño, siendo en total cinco para 416 internas. En el primero, en el tercero y cuarto descansan las mujeres consideradas de “buena conducta” y que pueden valerse por si mismas, las cuales desde las siete comienzan hacer sus labores como lavar su ropa y bañarse. En cambio, en el módulo anexo sin número están las mujeres de mayoría de edad que necesitan ser ayudadas.
A las afueras del dormitorio número dos hay trozos de excremento, donde el olor a orines es penetrante y donde precisamente están las internas con un rostro frío, mirada fija y algunas desnudas, las cuales son catalogadas como de “mala conducta”, ya que no se quieren bañar, ni siquiera ir al sanitario a defecar, prefiriendo hacerlo en los pasillos.
Los baños son grandes, tapizados de azulejos que podrían haber sido blancos, pero con el paso del tiempo han tomado una coloración café por el sarro, de los cuales sale de la parte de arriba espeso vapor, muestra de que se están bañando y poniéndose lindas, como dice Alejandra.
Frijolitos con pollo
Las nueve de la mañana, es la hora de desayunar. Alejandra junto a otras internas rápidamente se comienza a formar para entrar al comedor, donde dos ollas de metal que contienen frijoles y pollo las esperan, alimento que se les da de una por una y en orden, pues si se pelean corren el riesgo de ser regañadas por el doctor de barba, moreno y robusto que las mira detalladamente.
Las primeras alcanzan una silla, pero las otras se quedan paradas comiendo velozmente el pedazo de pan remojado en el líquido oscuro de los frijoles, el cual saborean a cada mordida.
Sin embargo, en plena hora de degustación una mujer delgada, de cabello corto, inconforme ante la carencia de un lugar para comer le suelta un manotazo a otra interna; desde luego, ésta responde con un codazo y con ello se provoca la trifulca, siendo necesaria la intervención de una policía y el doctor, los cuales las someten de la cintura y logran separarlas para de nuevo mantenerlas bajo control.
“Aquí se agarran muy feo por las cosas y hasta te las roban, por eso traigo mi llave”, dice Alejandra y levanta su muñeca para mostrar su pequeña llave gris metálica, la cual cuelga de una desgastada pulsera roja.
La ayuda material, como ropa, cobijas, toallas sanitarias, zapatos, debe ser entregada en la dirección, ya que se pueden suscitar peleas entre ellas por algún artículo; por esa razón, el director se encarga de otorgarlos con la ayuda del psicólogo en turno.
Con respecto a las riñas, comenta Alejandra que son de todos los días e incluso ella ha pasado por eso: “Lo que tengo aquí es porque un día que me estaba bañando, una me abrió toda la llave caliente y mira cómo quedé. A mí no me quieren, pues como soy de clase alta, dicen que no tengo derecho a estar aquí”, comenta y muestra la profunda cicatriz blanca en la zona derecha de su moreno cuello.
Un libro, una canción o una escena
A partir de la una comienzan las actividades recreativas, pues la clínica cuenta también con profesores, los cuales les enseñan a leer y escribir, con la finalidad de darles los contenidos de los seis niveles de primaria dentro del pequeño salón blanco, en el cual se encuentran libros anchos, delgados, rojos, azules, uno sobre el otro, pero parece que muchos fueron extraídos del mueble y dejados en otros lados, ya que están un poco desordenados.
También les dan clases de baile, la actividad más gustada: “Bailar nos gusta mucho, pero hay otras que prefieren quedarse todo el día sentadotas, las flojas”, comenta Ale. Los viernes es “día de cine”, pues el doctor Israel, quien es el coordinador técnico de la clínica, les proyecta películas.
Casi al final
Seis de la tarde, es momento de darles sus medicamentos, los cuales tienen la finalidad de tranquilizarlas; por eso Alejandra no se resiste y los toma sin miramientos, pero hay otras que se ponen renuentes ante la pequeña pastilla blanca que sostienen en la palma de su mano.
El Gobierno del Distrito Federal les provee únicamente medicamentos, alimentos y poco dinero, el cual no alcanza para las 416 mujeres acogidas en la clínica. Pero según informes de 2007, el Instituto de Asistencia e Integración Social, publicado por el sitio de internet http://www.voltairenet.org/es, sólo otorgó 18 millones de los 192 millones dados por el gobierno capitalino a la manutención de los 10 albergues de la ciudad, lo cual significó restar la ayuda a los más de 2 mil indigentes que habitan en esas clínicas.
Sobre advertencia no hay engaño: no se llega al fin
Nueve de la noche, es hora que las mujeres se acojan en sus respectivos módulos y descansen después de un largo viaje entre sus pensamientos y fantasías, aunque ese no es el fin de la historia, pues esa enfermedad las mantiene a diario en un sueño despierto permanente, del cual muchas no regresan.
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