Melva Navarro
Estudiante de Periodismo en la FCPyS de la UNAM
“Se cayó el sistema”. ¿El sistema? Teresa no sabe a lo que se refiere el guardia de seguridad que está ahora frente a ella y honestamente no le interesa. Lo único que entiende es que “la caída ésa” la tendrá varada por largo rato, dando vueltas alrededor del pasillo central del Monte de Piedad del Centro Histórico.
Los pies están comenzando a dolerle, por lo que se detiene frente a una de las vitrinas en las que están colocados los objetos que no pudieron pagar sus deudores y que ahora se encuentran a la venta. Lámparas antiguas, jarrones y un niño de porcelana que la mira tiernamente y espera que lo compre por 6 mil 500 pesos.
Y pensar que sus tres pulseras de oro, el collar y el anillo de graduación de su sobrina pudieron estar ahí, junto a ese niño, esperando un nuevo dueño, si hoy no hubiera pagado su adeudo. ¿Cuánto pedirían por ellos? Está segura de que serían más de los 2 mil 400 pesos que le dieron a cambio. “Nunca más vuelvo a empeñar alhajas que no son mías, nunca más, lo juro”, se repite constantemente.
Dentro del lugar hay muchos que, como Teresa, esperan: en los últimos meses las largas colas se han vuelto cotidianas. Según el vocero del Nacional Monte de Piedad, Gustavo Méndez Tapia -en declaraciones a La Crónica de Hoy-, el número de empeños se incrementará en este año. Se espera atender a 24 millones de personas, 2 millones más en comparación a los 22 millones de 2008.
Teresa, de 65 años, ha vivido con la angustia, tenía miedo de no juntar el dinero que requería; por eso ahora sujeta firmemente la boleta de pago, ese pequeño papel que le devolverá la calma. Su pensión y el apoyo para los adultos mayores no le alcanzaron para cubrir los gastos mensuales, a diferencia de años pasados. Además, tenía deudas adquiridas por reparar su casa y, al verse en el apuro, decidió “prestar” las joyas de la familia.
En el pasillo principal los que esperan tienen las caras largas, están aburridos y cansados. Por el contrario, los empleados poco a poco se juntan en pequeños grupos en el pasillo, se ven contentos. Algunos aprovechan para desayunar, otros sólo platican y ríen.
Los gruesos muros del edificio colonial aíslan el ruido del exterior, dejando sólo el bullicio interior. Un camión de la compañía de luz, casi tan antiguo como el edificio, llega para recuperar la corriente eléctrica. El humo que proviene de él es intenso y se esparce por todo el lugar.
-¡¿Ya mero?! ¿Ya? -grita un niño, jalando la blusa de su mamá.
-No, aún no.
Le quita la bolsa y comienza a jugar, da vueltas enredándola así sobre su cuerpo. Las luces se encienden por un momento.
-¡El sistema, mamá, el sistema regresó! -brinca entusiasmado.
Pero las luces se apagan inmediatamente y también la esperanza de los que estaban ahí.
La oficina de refrendos y empeños es la única que está trabajando, ahí la electricidad no se ha ido. La fila es larga al igual que la espera. Concepción ya lleva 35 minutos, esta vez trae una cadena de oro y espera su turno con el valuador para que le informe la cantidad que le darán a cambio de ella.
Empeñar no es algo que le guste; anteriormente tuvo una mala experiencia cuando dejó tres esclavas y no pudo recuperarlas por no tener el dinero a tiempo. Aún hoy recuerda con tristeza el hecho: estuvo buscándolas en las vitrinas, preguntando a los empleados dónde encontrarlas; sin embargo, nunca pudo hacerlo. A pesar de eso hoy está de nuevo aquí, formada junto con otros cientos que esperan ser atendidos el día de hoy.
Finalmente es la siguiente en la fila, está a punto de pasar. Camina hacia el valuador y no recibe la respuesta que espera escuchar. “Perdón, pero ya no tengo sistema, por favor regrese mañana”. Tan cerca y tan lejos, hoy que contaba con el dinero.
En la puerta, la gente se amontona frente al guardia de seguridad, todos quieren pasar. La voz se corre rápidamente.
-Que no hay sistema -dice el hombre que está más cercano a la entrada a los que están atrás.
-¿Qué?
-¡Que dicen que no hay sistema!
¿Que se cayó el sistema? A Concepción, como a Teresa, honestamente no le interesa de lo que habla el valuador que está frente a ella; lo único que eso significa es que mañana tendrá que estar aquí de nuevo, en la fila, junto con los otros cientos que hoy esperaban recibir el dinero que necesitan.
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