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Lucía es una pequeña que cursa el tercer año de primaria. Recién aprendió a dividir, fue para ella un auténtico enigma hasta que por fin desentrañó el truco y en su tarea casa dividió hasta con punto decimal cuando con enteros la división no es exacta. Muy feliz entregó su tarea.
Al regresar a su casa iba muy desencajada, enseñó a su madre el resultado de su esfuerzo y resulta que a sus divisiones la profesora les puso "tache". La madre las revisó meticulosamente y resulta que las divisiones estaban bien ejecutadas. "Es que la maestra dijo que solamente era con enteros", ¡pero eso no significa que estuvieran mal!
Allá por la década de los setenta, pero del siglo dieciséis, hubo un niño que enfrentó situaciones parecidas a las de Lucía. Además de un hogar asfixiante de discusiones donde mientras su padre se empeñaba en dedicarse a la música, su madre insistía que se dedicara por completo a los negocios con el fin de "no malgastar el dinero de la familia en sueños estúpidos". Se trataba de una mujer frustrada por haber contraído matrimonio con un hombre "muy interior socialmente a ella".
El niño aquel tuvo que adaptarse a un ambiente escolar severo, adaptarse a rígidos horarios, ridículos uniformes, obedecer si tener derecho a preguntar. Un día se enteró que su ciudad sería visitada por un matemático que impartía lecciones como si estuviera en un escenario de teatro. El niño aquel se la ingenió para asistir a las clases del distinguido profesor. Desde la primera lección quedó fascinado por la forma en que aquel gran maestro comunicaba su ciencia, se refería a autores como Arquímedes con la naturalidad del admirador que le entiende y a la vez comparte sus ideas, y exponía las ecuaciones con una sencillez que era imposible no entenderlas.
El niño se atrevió a formular preguntas al importante profesor y las pronunció con tanta seguridad y acierto, que se convirtió en el alumno predilecto del profesor. En su escuela comenzaron a reprocharle sus faltas de asistencia y las pocas veces que asistía era para criticarlo todo.
El chico se sentía incapacitado para permanecer indiferente en un aula donde el catedrático se limitaba a impartir lecciones sin entusiasmo, como dándoselas a jóvenes descerebrados. Le echaron de la escuela. La humanidad perdió a un alumno obediente y callado pero ganó un matemático que tendría un futuro similar al de los músicos, nunca podría ganar mucho dinero.
A los estudiantes de la década de los mil quinientos setenta le decían que todas las transformaciones ocurrían en la superficie de la Tierra y en el ser humano, mientras que el Universo era inmutable en su perfección. Nuestro planeta constituía el centro, alrededor del cual giraba el Sol y los demás astros en un éter inalterable e infinito...
A aquel muchacho todo eso pregonado por Aristóteles le parecía discutible, prefirió a Arquímedes y a Euclides, mantuvo una actitud crítica e insolente al no dejar de proclamar que a través de las matemáticas se podían explicar todos los fenómenos del mundo, Imposible domesticarle.
Los catedráticos daban clases ataviados con toga y el chamaco hacía chascarrillos diciendo que las togas eran para ocultar sus trapos desgarrados, o bien, para sustituir el talento con la finura de la tela de la toga. Ese muchacho era Galileo Galilei, culpable de que este año 2009 la ONU le haya considerado como el internacional de la astronomía, en 1609 observó la Luna por primera vez con un telescopio descubriéndole cráteres y montañas.
Galileo no fue un superhombre, sólo tuvo un ambiente propicio y profesores idóneos, vivió en una ciudad, Pisa, cuyo gobernante, Cosme de Médicis, eliminó canales pestilentes y mejoró la navegación fluvial, financió el primer jardín botánico de Europa, impulsó una gran universidad y dejó sembrar las semillas del conocimiento por librepensadores. Los Medicis, una familia de mecenas responsable que surgiera el Renacimiento.
¡No te desanimes Lucía, no eres tú la que estás mal!
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