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Crédito: LHC CERN/Science Photo Library |
El año se acaba y su partida trae el recuento obligatorio de lo bueno y malo de lo sucedido. La ciencia no es la excepción, durante los últimos doce meses hemos sabido de éxitos y fracasos con los que científicos alrededor del mundo marcaron el 2008. Aunque son por lo menos decenas el número de trabajos dignos de recordarse hay uno que por su magnitud, difusión y costo encabeza la lista: el Gran Acelerador de Hadrones (LHC).
Un experimento de esta magnitud no pude pasar desapercibido y aún menos su descompostura nueve días después de su inauguración lo cual despierta la duda si se trató del mejor o del peor experimento del año.
El túnel de 27 kilómetros de largo, mantenido a temperaturas cercanas al cero absoluto cuya construcción llevó 15 años fue capaz de demostrar su capacidad y exactitud el 10 de septiembre del 2008 cuando en lo que fue el mayor evento científico del año se encendieron, uno a uno, los ocho sectores del acelerador. Cada vez que el rayo de protones pasaba por una sección se percibía una sensación de júbilo y alivio entre los científicos y periodistas convocados al evento. Pero era el último sector el que en realidad importaba para los presentes, el que completaba el círculo y permitiría saber si estaba listo para empezar a generar la información necesaria para resolver algunos de los grandes misterios del universo, como el origen de la masa.
Así, el último minuto de aquel primer día del acelerador transcurrió con tensión en el que cientos de ojos estaban fijos en una de las pantallas hasta que aparecieron dos puntos brillantes que significaban la vuelta completa de los protones alrededor del túnel. El cuarto de control rompió en aplausos y felicitaciones, era la culminación de años de trabajo científico, complicadas negociaciones políticas y una labor titánica de recaudación de fondos.
Se esperaba que en Noviembre de este mismo año se empezara a obtener la información necesaria para que cientos de científicos alrededor del mundo la analizaran y empezaran a dar los resultados tan esperados.
Pero pasaron nueve días cuando se encendieron las alarmas en las computadoras que controlaban los sectores tres y cuatro señalando que más de 100 imanes que componían el túnel habían perdido su capacidad de conducción. Pocos segundos después más alarmas se encendieron indicando que los niveles de oxígeno alrededor del túnel también habían caído y entonces todo el sector se fundió, a 5 kilómetros del cuarto de control y a más de 100 metros bajo tierra.
El problema, según explica a la revista Nature, Lyndon Rees Evans, uno de los personajes claves detrás de la construcción del acelerador, fue un fusible. Más pequeño que el dedo índice, el fusible se fundió probablemente como resultado de un error en su conexión, un imán, ocasionando el colapso de toda una sección y afectando a por lo menos 53 imanes.
Las reparaciones mantendrán al acelerador fuera de servicio hasta el verano del 2009 y empezará a generar datos hasta el 2010.
¿Se trata de un fracaso científico? No, en lo más mínimo. Se trata de un error humano de los cuales está lleno la ciencia así como cualquier otra disciplina a nuestro alrededor.
De hecho la ciencia, en su método, toma en cuenta la ocurrencia de errores de ahí que para ser válido un resultado debe ser reproducido varias veces además de requerir de una larga lista de controles que minimicen la participación del error en la cotidianidad científica.
Lo que hace que la falla del LHC sea tan llamativa es la magnitud de la máquina, el tiempo que tardó en prepararse este experimento específico y la gran difusión que se hizo de él.
En un laboratorio de biología, se pueden hacer de tres a cuatro experimentos al día cuya preparación oscila entre unas horas hasta unos cuantos días. Esto contrasta con los 15 años que tardó el Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN) en preparar un solo experimento, del cual sólo se llevó a cabo uno de los controles.
Y todos los científicos saben que no existe el experimento perfecto, no hay un experimento completamente bueno al que no haya nada que corregir ni un experimento malo del cual no se pueda aprender algo.
Esta es precisamente la flexibilidad y paciencia indispensables para dedicarse a la ciencia. Es necesario tener una gran tolerancia a la frustración y estar dispuesto a volver atrás sobre un camino que ya se creía conquistado.
Esto es lo que sucedió al Acelerador de Partículas, su primera actuación fue un éxito, pero parcial. El fusible fundido fue una falla, esperable.
Es por todas estas razones que para mí, el Gran Acelerador de Hadrones es el experimento del año, no sólo por su inicio espectacular sino por reflejar lo que es la ciencia en todas sus dimensiones.
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