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Carolina Mojica Reyes *
La sensación recorre la frente en oleadas palpitantes. Cuando se intensifica, paraliza, invade y suele echar abajo los planes de la agenda diaria. Seguramente, en más de una ocasión ha tenido usted que llevarse las manos a las sienes buscando apaciguar el dolor que puede llegar a tornarse insoportable. ¿La solución más común? Dirigirse al botiquín e ingerir con agua un par de comprimidos del medicamento más famoso del último siglo: la aspirina, mejor conocida en el mundo farmacéutico como ácido acetilsalicílico. En cuestión de minutos, si su problema no es severo, podrá hacer lo que más le guste olvidándose del malestar.
Aunque las propiedades de la corteza de sauce, materia inicial de la que se extrae el ácido acetilsalicílico, son conocidas desde tiempos de Hipócrates para mitigar el dolor, fue hasta 1897 que Felix Hoffmann, químico de la compañía farmacéutica alemana Bayer, propagara los usos del compuesto al descubrir que era capaz de calmar los dolores artríticos que padecía su padre. Desde entonces, millones de personas alrededor del mundo se han beneficiado con su acción analgésica.
Pero, ¿cómo es que las pequeñas tabletas actúan en el organismo para mitigar los malestares de las más diversas índoles? Fue hasta 1971 cuando el científico británico John Vane describió el mecanismo detallado a través del cual actúa la aspirina, descubrimiento que le hizo acreedor al Premio Nobel de Medicina.
El dolor es un estímulo nervioso, la señal más elemental que el cuerpo humano tiene para alertarnos de que algo no está del todo bien. Así, si usted sufre una cortadura, se golpea o cae, percibirá de inmediato el dolor como uno de los síntomas asociados, desde el punto de vista médico, a la inflamación. Cuando esto sucede, los vasos sanguíneos que se encargan de transportar la sangre por todo el cuerpo se rompen o dilatan. Entonces, las células del sistema inmunológico (neutrófilos, macrófagos y células dendríticas) activan el mecanismo de alerta que indica una alteración de las funciones normales del organismo.
Imagine el momento de cortarse como un aparatoso choque en una de las vías públicas más transitadas de la ciudad de México; momentos después, policías de tránsito llegarán al lugar para reestablecer el orden. La función de los uniformados azules dentro del cuerpo humano se lleva a cabo por las células del sistema inmunológico, que a su vez fomentan el envío de sustancias proinflamatorias, las cuales avisan a otras células para que acudan al lugar afectado. Entre esas sustancias proinflamatorias se encuentran las llamadas prostaglandinas. Éstas, además de ser mensajeros químicos, son las encargadas de provocar en el área afectada acuosidad, dolor, rubor y calor.
Con el dolor de cabeza se lleva a cabo el mismo mecanismo. Ya sea por estrés o golpes, la jaqueca se siente debido a la inflamación de los vasos sanguíneos localizados en la cabeza, proceso en el cual, como ya se ha mencionado, las células del sistema inmune realizan la función de propagadoras primarias del mensaje de alerta.
Cuando usted ingiere una tableta de aspirina lo que hace es interrumpir la liberación de sustancias que fungen como mensajeros celulares. José Mojica, químico investigador de Desarrollo Farmacéutico de la compañía norteamericana Schering-Plough, explica la manera en que estos mensajes se inhiben: “Antes que nada, hay que entender que la comunicación entre las diferentes partes del cuerpo humano se lleva acabo gracias al envío de sustancias químicas. Cuando las células del sistema inmune envían como mensaje a las sustancias proinflamatorias, otras células reciben el mensaje a través de los receptores que tienen en la membrana y, como pequeñas fábricas, comienzan a producir más de estas sustancias a través de procesos complejos. Lo que hace el ácido acetilsalicílico es impedir la liberación de sustancias proinflamatorias, inhibiendo una enzima en particular, conocida como ciclohoxigenasa-2”.
Junto al diclofenaco, el naproxeno y el iboprufeno, el ácido acetilsalicílico forma parte de los llamados AINEs, es decir, antiinflamatorios no esteroideos. Este tipo de medicamentos ayudan no sólo a quitar el dolor, sino a disminuir la fiebre y, como ya se ha mencionado, a aminorar la inflamación. Al actuar sobre malestares de intensidades menores, no generan adicción y por eso es fácil conseguirlos en las farmacias sin presentar receta médica.
Después de más de un siglo siendo empleado como un efectivo analgésico, las propiedades del ácido acetilsalicílico para aliviar y prevenir algunos males siguen descubriéndose, y también causando polémica entre la comunidad científica mundial. En los últimos años, la aspirina ha sido recetada en pacientes con diabetes para prevenir ataques al corazón, esto como resultado de su acción antiplaquetaria, la cual impide la formación de coágulos en los conductos de transporte sanguíneo; sin embargo, estudios recientes ponen en entredicho ese uso terapéutico.
De acuerdo con un estudio publicado en el British Medical Journal (BMJ) en octubre de este año, Jill Belch y su equipo en la universidad de Dundee en Escocia concluyeron que la aspirina es de utilidad para aquellos pacientes que ya han sufrido de un ataque al corazón, pero no debería ser recomendado a pacientes diabéticos sin antecedentes de este tipo debido a los efectos secundarios que el fármaco puede ocasionar.
A inicios del mes pasado, un estudio hecho por la Universidad de Kumamoto en Japón reveló que el uso de la aspirina para la prevención de episodios cardiovasculares no resulta efectivo en todo tipo de pacientes, como aquellos que poseen diabetes tipo 2. El estudio, publicado en el Journal of the American Medical Association (JAMA), fue realizado tomando como muestra a 2 mil 539 pacientes japoneses con ese padecimiento, y los resultados en la reducción de riesgos fueron poco significativos.
A pesar de tales debates, la comunidad científica continúa investigando los efectos terapéuticos del ácido acetilsalicílico en el tratamiento de diversos tipos de cáncer como el de pulmón y de colon; también se investigan sus beneficios en el tratamiento contra el Alzheimer. “Esto es posible gracias a la farmacovigilancia, una etapa del desarrollo farmacéutico que permite ver qué efectos tiene un medicamento en la población. Sólo así se han podido descubrir otros usos del ácido acetilsalicílico que hace 100 años no se conocían”, dice José Mojica.
Así, la próxima vez que vaya al botiquín e ingiera un par de estas tabletas, recuerde que el descenso de esa molesta sensación que le recorre la frente no es sólo un alivio, sino resultado de innumerables reacciones químicas que tienen lugar más allá de lo que sus ojos alcanzan a ver.
* Estudiante de séptimo semestre de Ciencias de la Comunicación, opción Periodismo, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM
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