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POR: Melissa Amezcua Bernal, estudiante de la licenciatura en Periodismo de la Universidad de Guadalajara
La extinción del proceso vital. La última etapa de un ser humano en un sentido seguramente premeditado y con una preparación emocional para tal acontecimiento debiera ser para él y sus allegados un proceso menos neurálgico comparado con un final inesperado y por supuesto sorpresivo.
El punto es, tratar de conocer un sentimiento o explicar quizás el proceso que acompaña a una persona que ha sobrellevado por un periodo de su vida un padecimiento crónico. En los últimos días de una persona existen dos posibles sentimientos o bien resignación o bien resistencia.
Cualquiera que sea éste, siempre estará presente la falta de motivación, la añoranza a los tiempos pasados y el presente recuerdo de lo que fue la vida porque a mi parecer ésta se acaba a partir del momento en que la expresión desaparece, entiéndase esto como la despreocupación por todo o lo que alguna vez fue considerado importante.
Probablemente en esas personas exista una pequeña motivación dependiendo la forma de vida que llevaron; si ha sido una vida agitada, llena de excesos seguramente el declive será fulminante y siempre estará presente el pensamiento de lucha en contra del padecimiento por el deseo de volver al modo de vida acostumbrado.
Es entonces, cuando se dan cuenta que es prácticamente imposible regresar a esa manera de vivir. Y llegan así, los últimos síntomas, pero el más importante el desconocimiento de la vida, de expresar emociones y a veces la pérdida de criterio. Es cuando aparece el miedo paranoico hacia la vida, hacia la gente y a expresar emociones.
Un detalle primordialísimo dentro de todo el proceso es la soledad. Todos alguna vez hemos tenido la necesidad de convivir con la soledad pero cuando ésta forma parte de nuestra rutina, una buena compañía de vez en cuando no nos cae mal, si esto lo supiera toda la gente y estuviera consciente de ello, quizás la tristeza existente fuera menor y uno de tantos miedos humanos disminuiría.
Expreso esto en nombre de mi familia, quienes hemos vivido 18 años de lucha con una enfermedad crónico-degenerativa, conocida como el Mal de Parkinson residida en mi padre, Ignacio Amezcua desde sus 35 años. En una humilde e insignificante perspectiva personal, creo que el sentimiento elemental para tolerar lo que es el proceso de los últimos días por medio de la resignación o la resistencia, es la fortaleza y la aceptación de las cosas como llegan, es el dejar que sea lo que venga. Claro sin dejar atrás la esperanza de que en algún momento llegará la salud para quienes padecen éstos males crónicos.
Ya que, la duración de este proceso depende mucho de sus allegados, si ellos muestran compañía, apoyo, afecto y sobre todo mucha paciencia, se puede alargar el gozo de seguir resistiéndose al final.
Porque al fin y al cabo independientemente de cual fuere nuestro estado, la vida para todos es, una lucha constante por conseguir una prórroga para seguir disfrutando el deleite de la vida.
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