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Es bien sabido que la actividad inmobiliaria, en particular la dedicada a la generación de vivienda, constituye uno de los indicadores más fieles del curso que sigue nuestra economía. Pero no tan solo es un simple termómetro como tal, sino que se trata de de una de las industrias más sensibles, puesto que cuando marcha bien, o se le da impulso, de inmediato se refleja en otras áreas de actividad, debido principalmente al uso intensivo de mano de obra y de muchos componentes que a su vez generan movimiento en otras industrias.
Por el contrario, aunque resulte obvio, cuando la creación de nueva vivienda no marcha a un ritmo adecuado, son diversos los segmentos económicos que resultan afectados. No en balde los gobiernos siempre buscan darle impulso en épocas de crisis, y no precisamente por satisfacer el compromiso social de otorgar un techo a cada familia, sino más bien como un detonador de la recuperación económica.
Pero no todo resulta tan sencillo, puesto que no se trata simplemente de construir más y más casas, porque aunque la necesidad es casi infinita, y la demanda presenta un gran rezago para ser satisfecha, no se puede confundir lo que se requiere, con lo que efectivamente el mercado es capaz de absorber con recursos reales para adquirir.
Muchas veces hemos dicho que el impulsor de la actividad inmobiliaria, es la disponibilidad de crédito, tanto para apoyar a los grandes desarrolladores en el proceso constructivo, como para préstamos hipotecarios individualizados para cada uno de los adquirentes.
Los créditos hipotecarios son como una incubadora de nuevos compradores. El crédito hace que una persona que con su propio ahorro no puede comprar una vivienda, al recurrir al préstamo se convierta en un posible comprador con capacidad de ser un factor de demanda real. Es como si se les pusiera un cheque en la bolsa para comprar una vivienda, a quienes quizá ni siquiera lo habían imaginado.
Resulta obvio que los créditos deben de tener condiciones en su monto, tasa y pago mensual, que permitan que se conserve un equilibrio en la ecuación compuesta por el producto, o sea la casa en sí, el sujeto que la va a comprar, con sus necesidades y costumbres, y la capacidad de pago determinada por el ingreso y compromisos previamente contraídos. Dicho con palabras más simples sería que la casa que puede comprar la persona, corresponda a sus gustos y requerimientos de ubicación, y que el pago mensual por concepto del crédito no rebase el 25 o 30 por ciento de su ingreso.
Pero si bien la disponibilidad de crédito en condiciones accesibles resulta ser el primer y principal motor del sector inmobiliario dedicado a la vivienda, existe un segundo factor que resulta igual de importante, porque es a su vez el propulsor del primero. Se trata de las expectativas a mediano y largo plazo que tiene la gente en su mente.
Actualmente es muy común escuchar que se hacen encuestas que buscan medir el índice de confianza de la gente. No se trata de otra cosa sino de saber como perciben las personas que pinta su futuro, aún sin tener conocimientos de economía y sin ser expertos en la interpretación política. Es más bien como medir su ánimo.
Para que alguien considere la posibilidad de adquirir una casa nueva, o alguna de segundo uso pero que le represente una mejoría, tiene que sentir esa chispa especial que se enciende en el alma cuando se piensa que nos está yendo bien y que es probable que todo se ponga aún mejor. Nadie compra su nueva vivienda con un pensamiento depresivo, y mucho menos si la adquisición se hará mediante la contratación de un crédito. Si alguien piensa que puede perder su empleo, aunque la probabilidad no sea real, lo que menos querrá es tomar un nuevo compromiso de largo plazo. Así que ahora no queda sino trabajar, y no solo en el diseño de hermosas residencias y créditos con un esquema financiero sólido, sino en el ánimo y espíritu de las personas, que en algunos casos están más dañados que sus propias carteras.
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