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Reporteros: Icela Lagunas, Fernando Martínez y Claudia Bolaños. Viñeta: Villa |
Por Claudia Bolaños (*)
Los reclusorios capitalinos, con sus casi 37 mil internos, son una fuente inagotable de historias de injusticia, corrupción y ejemplo vivo de la mala solución a uno de los problemas que más quejas ha despertado en los últimos años: la delincuencia.
Flaco, con jiotes en el rostro, de mirada huidiza, pedinche pero a la vez nada compartido, un jovencito de 18 años, “El Flaco”, es un ex preso, que alcanzó el beneficio de la preliberación por ser un delincuente primerizo, que robó un par de tenis y que creció en la pobreza.
Su deseo ese día en que dejó atrás las rejas era consumir “piedra” nada más estuviera en el barrio de Tepito donde dice que vive; sus amigos mencionan que es mentira, que fue y seguirá siendo un indigente que duerme en la calle.
Hijo de una madre alcohólica y hermano de un chico que a sus 20 años asesinó a otro vendedor de droga, no tiene mucho de quien agarrarse para no seguir hundiéndose.
Con su hermana tampoco cuenta pues ella tiene bastantes problemas con sus dos hijos, su pobreza, pero sobretodo un esposo golpeador y borracho.
Su anhelo de superación es evitar caer a la cárcel, pero sí así sucede, será "por algo que valga la pena".
-¿Qué vale la pena para regresar a prisión?- le pregunté.
-Pues por robar una camioneta de valores o asaltar un banco-, me dijo.
Por décadas se ha mencionado que las cárceles son escuelas del crimen, difíciles de penetrar para quienes no sean internos o empleados del sistema penitenciario.
Entre sus rejas y paredes suceden situaciones difíciles de creer pero que son verdad.
Que dos o tres custodias sean las encargadas de la vigilancia nocturna en el pasillo central del Reclusorio Oriente, mejor conocido como "el kilómetro", donde hay más de 11 mil reos hombres, es verdad.
Que tengan miedo, también es cierto.
Que varones encargados de la seguridad en el Centro Femenil de Santa Martha Acatitla participen en la revisión de celdas y auscultamiento de las presas durante operativos en búsqueda de drogas, también es verdad.
El mal ejemplo de los padres de la mayoría de delincuentes ahora es reforzado en prisión, con los vicios, corruptelas, agresión, contubernio y pésimo desempeño de varios servidores públicos que dizque trabajan en la llamada readaptación de quienes fueron acusados de un delito.
En una carta, una presa de Santa Martha lamenta que a una sentencia recibida por un juez, tengan que pagar otra, la de la ley que les imponen algunas autoridades penitenciarias: la del más fuerte.
Detrás de los muros de las cárceles encuentran protección a la impunidad.
Esa impunidad que no permite un cambio de mentalidad y conducta en los internos que viven sumidos en el maltrato, el hacinamiento, la falta de alimentos dignos y de agua potable, la escasa atención sicológica y médica, y no les da opciones reales de cambio de vida.
El seguir delinquiendo desde dentro, les permite hacerse de dinero con el que compran a los servidores públicos que entonces sí, les permiten llevar una mejor vida.
“El Flaco” a sus 18 años debe tener dentro de su ser, elementos para enderezar su vida, pero le hace falta el apoyo gubernamental que le haga descubrir porqué debería ser mejor y no hacer también que la ley del más fuerte prevalezca.
(*) Claudia Bolaños es reportera y cubre temas del sector Justicia y del sistema penitenciario de la ciudad de México, así como de derechos humanos.
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