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En los últimos días se ha empezado a hablar en relación a los posibles problemas de cobranza que enfrentaran algunas instituciones de crédito a raíz de la crisis alimentaria en el mundo y por sus manifestaciones en México, o lo que es lo mismo pero visto desde el otro lado, la dificultad que tendrán muchas familias para poder seguir pagando sus créditos hipotecarios al ver reducida su capacidad por el alza que están teniendo algunos alimentos de su dieta básica.
La Comisión Nacional Bancaria ha manifestado su preocupación, especialmente por los segmentos más bajos de la pirámide socioeconómica, en donde sin duda el impacto será mayor.
Si consideramos que una familia con ingresos en el rango de los diez salarios mínimos destina alrededor de una tercera parte de sus entradas al pago de alimentos, un incremento en éste rubro puede lograr un desequilibrio en su ya de por sí ajustada economía, en donde otro 25 a 30% se destina a la mensualidad de la hipoteca. Una vez en situación de apremio, la familia optará por seguir cubriendo su partida alimenticia aunque empiece a tener retrasos en el pago del crédito hipotecario. Algo semejante de seguro ocurrirá en algunos casos de arrendamiento.
Lo anterior no creo que llegue a derivar en una crisis porque el común de la gente hace hasta lo imposible por conservar su casa "propia" a la que le costó tanto trabajo acceder, como parece que pudiera darse en los créditos otorgados en tarjetas en los que no hay una garantía sólida para la institución que las otorga. En éste último caso, la única defensa para mantener el jugoso negocio de los bancos, ha sido el incrementar día con día la tasa de interés a quienes sí pagan y que poco pueden hacer por defenderse. En pocas palabras que los justos paguen por los pecadores.
En el caso de los préstamos hipotecarios a tasa fija como los que en su mayoría se han venido concediendo en los últimos años, el recurso de modificar el costo al acreditado no resulta una opción viable para los bancos que solo les queda realizar una mejor labor de filtro con los nuevos solicitantes y presionar a los que ya son sus clientes en cuanto incurran en el más mínimo atraso. La guerra de las llamadas de cobranza se recrudecerá y los que tienen un crédito empezarán a recibir telefonazos de recordatorio de pago aún antes de que se llegue la fecha ordinaria de vencimiento.
Pero entonces ¿qué debieran hacer quienes están pensando en adquirir una vivienda con un apoyo hipotecario? En mi punto de vista que seguramente algunos tacharán de en extremo conservador, lo prudente es no alentar una cultura en la que todo aquel que no cuenta con una vivienda propia se encuentra en deuda con la vida o con su propia familia. El arrendamiento, como lo he mencionado en otras entregas, es una magnífica posibilidad para solucionar el requerimiento social de vivienda, tal y como sucede en muchos países avanzados. Se debe propiciar un sentido de ahorro que permita en su momento pagar una parte del costo de una primera vivienda propia o el escalar a una de mejores condiciones.
En el pasado, y no hablo de la prehistoria sino de apenas poco más de una década, vimos como algunas personas dieron saltos espectaculares cuando compraron una primera vivienda muy costosa para sus posibilidades o bien se mudaron de un modesto departamento a una señorial residencial. En esto no hay magia y algunos pagaron la ficción que vivieron con sangre, sudor y lágrimas. El propio sistema bancario se fue a la bancarrota.
Con el criterio conservador que he expresado, considero un error, o al menos un riesgo excesivo, el que una persona tome un crédito hasta por el 95% o el total del precio de su vivienda. En ocasiones eso refleja que es una persona que no ha tenido la capacidad y disciplina para ahorrar. Difícilmente cambiará radicalmente en la forma de manejar sus finanzas personales a partir de la contratación del crédito. Lo mismo ocurre si el pago de la mensualidad de la hipoteca representa el 40% de su ingreso bruto. Cualquier contingencia en la macroeconomía, como la que estamos viviendo, lo sacará de balance.
Para los bancos también resulta en menor riesgo y por tanto en un menor costo, cuando el acreditado contribuye con un 30 o 40% del precio del inmueble. Es la demostración de una capacidad previa de ahorrar, y la apuesta del acreditado por su propio cumplimiento. Los bancos debieran diferenciar a la baja la tasa para este tipo de clientes, así como para aquellos cuyo pago mensual no rebase el 15 o 20% de sus ingresos.Entiendo que no es nada fácil para la gran mayoría, pero quien tome un crédito por el 60% del valor del inmueble como máximo, y cuyo pago no rebase el 20% de sus ingresos, difícilmente se verá en dificultades en el futuro.
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