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Por: Alejandro Curiel
¿Cómo decirlo? Si por alguna razón imposible, George Lucas y Steven Spielberg me hubieran llamado por teléfono y preguntado: “¿Cómo ves, nos echamos la cuarta película de Indiana Jones?” Mi respuesta inmediata hubiera sido ¡por supuesto!
¿A quién no le gustaría revivir la auténtica emoción de ver una nueva aventura de aquel héroe improbable llamado Indiana Jones? Acaso no sería genial ver una vez más cómo es que Indiana se mete en mil y un problemas buscando alguna antigua pieza arqueológica, saliendo siempre avante contra todo pronóstico, aunque no necesariamente obteniendo el preciado objeto histórico.
Sí, sería genial. Pero ya pensando con la cabeza fría, ¿realmente la saga de Indiana necesita una cuarta parte? Y es que la trilogía original de Indiana Jones es probablemente a lo que toda franquicia cinematográfica aspira ser. Un primer acto que, aunque a la distancia se vea un cuanto tanto infantil, cumple con presentar a un personaje inusual, el héroe de película que se mete en problemas improbables (que no imposibles) sin saber bien a bien cómo resolverlos.
Para la segunda parte, ni Lucas ni Spielberg estaban en su mejor momento personal, por lo que la película, aunque divertida, se torna demasiado oscura, aún para un personaje desparpajado como Indiana Jones. Tratando de emular el efecto de Empire Strikes Back (la mejor y más oscura cinta de la saga de Star Wars), Spielberg y Lucas reconocían que se les había pasado la mano con el tono negro.
Y al final, un tercer acto donde se revelaban muchos datos clave del personaje como son: el origen de su atuendo, de su nombre, de su pasión por la arqueología y por supuesto, conocemos a su padre. Un guión sin fallas, con un equilibrio perfecto entre humor, acción y referencias a las películas anteriores. Para la escena final, Spielberg y Lucas cerraban el círculo con la imagen de Indiana Jones cabalgando al horizonte y el tema clásico de John Williams de fondo. Era un final emotivo para un personaje entrañable.
¿Por qué una cuarta parte? Muchas veces se le preguntó a Spielberg la posibilidad de hacerla y siempre lo negó. Y tenía razón, si las tres primeras películas eran tan buenas, ¿qué necesidad había de una cuarta?
Necesaria o no la cinta ya está aquí. Y desgraciadamente nuestras sospechas se cumplieron.
Esta cuarta entrega se sitúa en 1957, en plena guerra fría. La paranoia por los “rojos” llega hasta la universidad donde el ya avejentado pero aún firme Dr. Indiana Jones imparte clases. Sus últimas aventuras han levantado las sospechas del FBI por lo que tiene que abandonar su cátedra. Justo en ese instante, un joven llamado Mutt (y sí, ¿qué clase de nombre es ese?) lo busca en nombre de un antiguo amigo mutuo, quien al parecer está secuestrado luego de hacer una investigación sobre el paradero de la “Calavera de Cristal”. Mutt (Shia LaBeouf) entrega una carta a Indiana donde supuestamente se encuentran las claves para llegar a la calavera y con ello encontrar al amigo de Indiana y a la propia madre de Mutt. Al acecho se encuentran agentes soviéticos comandados por la bella Irina Spalko (Cate Blanchett).
Contado así no parece tan terrible, pero la verdad es que en el pecado de implorar por una cuarta parte nos llevamos la penitencia. Probablemente el mayor problema de esta cinta sea la época en la que está situada. Ya para 1957 los nazis dejaron de ser amenaza, el terror tecnológico, la guerra fría y el miedo a la bomba atómica están en la psyque de la población americana que ahora escucha rock, corre autos y toma malteadas. ¿Qué lugar puede tener alguien como Indiana Jones en un mundo como ese?
Probablemente la respuesta hubiera sido interesante, pero en esta cinta esa interrogante sólo da pie a una de las escenas más absurdas e inútiles de la cinta. En algún momento, Jones se adentra por error en una base de pruebas militares donde se simula un suburbio; ante la eminente detonación, Indiana sólo puede refugiarse en un refrigerador (¡!). Acto seguido sale expulsado por los aires, cae y sale ileso. Lucas se ha vuelto loco y no sabe cómo insertar un personaje con el romanticismo de los años 30 en la América de finales de los 50. Indiana Jones se ve fuera de lugar, se torna inverosímil, toda la cinta es una gran colección de incoherencias y tonterías.
Indiana que pasa de ser el antihéroe improbable (clave de su carisma y éxito) a ser un héroe de acción imposible, que hace stunts más complejos a sus supuestos 60 que los de las anteriores películas (la simple caída junto con el malo de la secuencia inicial bien valdría una visita el doctor). Una trama ridícula que recuerda a las peores copias de la saga como lo son National Treasure o La Momia (¿Tres caídas en una cascada?, ¿Una pelea de sables imposible encima de autos en movimiento en medio de la selva?)
Un John Hurt desperdiciado totalmente (y eso que el tipo fue de los únicos que condicionó su participación previa lectura de un guión). Una villana –Cate Blanchet- que nunca despega, que nos hace entender que tiene poderes psíquicos pero que nunca los usa (o no le funcionan). Un Spielberg que no cumple a su promesa de limitar los efectos digitales para conservar el look & feel de las entregas anteriores (¡las tomas de CGI comienzan desde el inicio de la cinta!) y en general una cinta que es imposible conectar con las pasadas tres entregas.
El regreso de Marion Ravenwood (Karen Allen) como interés romántico de la primera cinta de Indiana tampoco se salva. Anticlimático (como la mayoría de la película) el rencuentro de los personajes resulta soso y tibio. De hecho el personaje de Marion se desdibuja por completo, limitándose a ser la dama en peligro, aunque siempre con una sonrisa y lanzando ojos de amor hacia Indiana. Nada que ver con aquella aguerrida Marion de la primera entrega, que presumía de beber como cosaco, seducía al enemigo y cacheteaba a Indiana.
Aún con todo, si le escarbamos (como buenos arqueólogos que somos) la cinta tiene sus momentos. Hay referencias a los filmes pasados (aunque tampoco son muchas) y por instantes es posible ver ciertas tomas, ciertos diálogos, ciertos chistes que nos arrebatan una auténtica sonrisa, que por leves instantes nos hacen pensar: ¡Miren, ahí está el Indiana Jones que yo recuerdo!
En fin, nosotros tenemos la culpa. Nunca detuvimos a Lucas o Spielberg, nunca les dijimos: “No gracias, no arreglen algo que no necesita compostura, no echen a perder algo que es perfecto”. Culpables somos todos.
Como sea, el poder de la nostalgia es muy fuerte. No importa lo que se diga o se escriba al respecto, todos deberían ver con sus propios ojos que lo que digo no es mentira. De hecho es una buena oportunidad de decirle adiós al Dr. Jones, esperando que en un futuro nadie más ose molestar su apacible descanso en las ruinas de nuestros recuerdos. ¡Hasta siempre Indiana!
Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal
Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull Producción: Frank Marshall; Estados Unidos, 2007. Dirección: Steven Spielberg. Guión: David Koepp; basado en un argumento de George Lucas y Jeff Nathanson. Edición: Michael Kahn. Fotografía: Janusz Kaminski. Música: John Williams. Con: Harrison Ford, Cate Blanchett, Karen Allen, John Hurt, Jim Broadbent, Shia LaBeouf.
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