Por Karina Almaraz
Tenía una imagen mental de Guillermo Fadanelli formada de un par de fotos que había visto. Y se correspondía muy bien con la realidad, excepto porque el tipo que estaba sentado en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM el viernes, era más viejo; gordo, con el cabello largo pintando canas, saliéndole a los lados de la gorra. Fachoso.
Llegué tarde, como a media entrevista pública para TV UNAM. Se encontraban decidiendo en qué orden harían las preguntas a cuadro algunos de los asistentes que se morían por saber qué lee Fadanelli ahora o que palabra en alemán lo subyuga. Yo quería saber cuanto escribe en un día y por qué, o sea, qué lo hace necesitar tomar una hoja en blanco y no dejarla hasta verla llena. Y sobre todo: decirle que desconfío de los autores que sacan libro cada año. En realidad quería saber: ¿Cómo le hace? Me invitó a desconfiar de mi desconfianza y a pensar, en lugar de en tiempos, en ritmos. Agarrado el ritmo del libro, el resto sólo es trabajo. Ritmo y trabajo.
Pero antes le hicieron una pregunta que también planeaba: por qué su desconfianza hacia los autores jóvenes. Desconfía de ellos porque los jóvenes no deberían escribir, dice él. Que se dediquen a otras cosas. Decir eso en un salón lleno (jajajaja) de estudiantes universitarios que toman cursos de redacción sería un suicidio si no agrega que a pesar de creer eso, los lee y en Moho, su revista/editorial, hasta los apoya. ¿Qué los jóvenes no deberían escribir? ¿Qué se dediquen a otras cosas? A vidir, dijo cursimente un amigo (dicho eso se soltó a reír)
Mientras pasaba el resto de la entrevista, en la que Fada confesó olvidarse de sus textos, de los personajes y hasta de la historia una vez publicados, me lo imaginé como un vampiro, colmillos incluidos. Era inevitable, pues Fadanelli comenzó a rejuvenecer mientras hacía gala de su fino cinismo, el cabello ennegrecía como su humor y la piel colgante adquiría la firmeza de sus respuestas. Ya era tal cual me lo imaginaba.
Entre otras brillantes cosas que podrán ver completas en TV UNAM algún día, en el programa Facultad de Diálogo, se confesó impedido a contestar qué palabra en alemán lo subyuga, disculpándose por no ser políglota. A la pregunta expresa de si quiere pertenecer a la tradición literaria mexicana (¿qué es eso?) dijo que no, pero que ha leído a Rafael F. Muñoz, Elizondo, Fuentes, Ibargüengoitia, entre muchos otros, incluido José Agustín, y en ese momento todos nos reímos. Está de moda que caiga mal. “Es que entonces nadie me guiaba en mis lecturas” agregó.
¡Ah! Sí dijo en qué consiste ser escritor, esa necesidad de llenar hojas. Separó, nunca es innecesario hacerlo, la literatura del entretenimiento: “La literatura debe poder transformar la vida de la gente, no entretenerla”.
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