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Por Alejandro Curiel
4 luni, 3 saptamini si 2 zile Producción: Oleg Mutu y Cristian Mungiu.; Rumanía, 2007. Dirección y guión: Cristian Mungiu. Edición: Dana Bunescu. Fotografía: Oleg Mutu. Con: Anamaria Marinca, Laura Vasiliu, Vlad Ivanov, Alex Potocean, entre otros.
“Gracias”
Gabita yace en una cama de hotel; no puede, no debe moverse. Su amiga Otilia está frente a la cama, observándola. Conseguir esta habitación ha sido increíblemente difícil, en este país no es buena idea reservar por teléfono, es mejor presentarse en el mostrador con muchos días de anticipación, explicar el motivo por el que se renta la habitación, dejar identificaciones; …todo el trámite se agiliza un poco si sobornas a la encargada del mostrador con una cajetilla de cigarros Kent. Obviamente, los cigarros los tuviste que comprar antes en el mercado negro.
Ha sido un día largo, que dista mucho de haber llegado a su fin. Gabita sólo atina a decir a su amiga Otilia, con voz pausada y tímida: “gracias”. Por un instante, ese “gracias” es todo y es nada. Para Otilia, una amistad bien vale una tarde terrible, una tarde de perros como esta…
4 meses, 3 semanas, 2 días está ambientada en Rumania, a finales de los años ochenta. El régimen de tiranía y mesianismo de Nicolae Ceausescu está por llegar a su trágico fin, pero eso aún nadie lo sabe. La vida en Rumania trascurre bajo el mando del control estatal total. Para todo hay que mostrar una identificación, todo es sospechoso, todo, por ende, se tiene que hacer por debajo del agua. La corrupción y el mercado negro (en realidad no hay otro mercado) florecen a pesar de ese régimen de leyes “estrictas” en el que viven.
En medio de este contexto es donde Gabita necesita abortar. Otilia, su amiga de cuarto en la universidad se encarga de preparar todo lo necesario para que esto ocurra de la manera más limpia y segura posible. Gabita es probablemente el personaje cinematográfico más desesperante y estúpidamente irresponsable e ingenuo que hayamos visto en pantalla. Aún en esta situación sigue manejándose sin pensar por un instante en sus actos. Caso diametralmente opuesto es su amiga Otilia, quien se encarga de conseguir el dinero para la operación, conseguir un abortista, la habitación de hotel y pagarle… pagarle al abortista quien por cierto se llama Mr. Bebé. Gabita es la tierna estupidez adolescente quien no sobreviviría un instante en el mundo (menos en aquella Rumanía) de no ser por la fortaleza, coraje, heroísmo y astucia de Otilia. La amistad de Otilia para con Gabita resistirá con dignidad cualquier prueba.
Es francamente increíble lo que el director, Cristian Mungiu puede lograr con una cámara al hombro, un pequeño cuarto de hotel, y tres excelentes actores a cuadro. Primero, retrata la calidad de vida en la sociedad Rumana, cómo es el vivir en clandestinidad perenne, con las botas de la ley sutilmente revisando cada movimiento. En este primer acto, el director se toma el lujo no solo de presentar a sus personajes y darles contexto, sino que además nos deja hambrientos con pequeñas historias que no concluye y que alimentan la imaginación (¿Sabe la madre del Sr. Bebé a lo que se dedica su hijo? ¿La encargada del hotel recoge o no los cigarrillos? ¿Cómo se embarazó Gabita? ¿Dónde está el padre?)
Después, el clímax, donde el Sr. Bebé (Vlad Ivanov) se muestra como uno de los seres más repugnantes de la historia del cine. El tipo no sólo intentará humillar a las dos chicas aprovechándose de su desesperación, sino que además les dará una lección de doble moral: “ustedes cometen el error, y uno tiene que arreglar sus tonterías”. Aún con la cabeza fría es imposible no odiarlo.
Y luego en el tercer acto, la tortuosa secuencia de cierta cena donde Otilia tendrá que comportarse como si nada estuviera sucediendo. Todo en esta película es la imagen, el diálogo, el silencio: la cámara no recurre a encuadres complicados a paneos ni a juegos visuales o filtros. Aunque al hombro, el movimiento de la cámara es sutil, evitando al máximo los cortes abruptos. No hay música, sólo hay miradas, silencios, y diálogos apabullantes que hieren mucho más que cualquier imagen.
Tampoco hay moraleja, no hay castigo, no hay juicio sumario, no hay morbo; el director no juzga a ninguno de sus personajes ni invita a hacerlo. Nada de lo que hacen estas mujeres en pantalla es grato, tampoco nada de lo que sufren por lograrlo. El director es tan preciso en su posición ideológica de testigo neutral, que seguramente esta pieza de arte será utilizada como bandera por ambas partes: tanto por los fanáticos antiabortistas como por las hordas izquierdistas que apoyan su despenalización.
Una cinta perfecta, que debió llegar a los Oscares (representó a su país, pero no logró llegar ni a las nominaciones). A lado de esta cinta, todos los nominados (y ganadores) del Oscar del año pasado parecen meros ejercicios de escuela. En nuestra lista de lo mejor del año, el número uno ya está ocupado.
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