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Los malos augurios en materia económica continúan, y salvo alguno que leí de Donald Trump que vaticina la recuperación de la economía de nuestro país vecino, aunque estima que ésta vendrá en el término de un año, y se sigue culpando al mercado hipotecario como el original causante del problema.
Creo que ya para estos momentos, la realidad supera por mucho lo que tan solo hubiera sido el daño causado por las hipotecas mal otorgadas en los Estados Unidos, para llegar a profundidades mucho mayores. Lo sucedido ha tocado la fibra más sensible de la economía de cualquier país, la confianza.
El dólar estadounidense, considerado en otras épocas como una moneda sólida, se ha desplomado irremediablemente a pesar de los esfuerzos gubernamentales y de la Reserva Federal por sostenerlo. La devaluación respecto del yen japonés o del euro, ésta última actualmente la verdadera moneda dura, ha sido consistente. Se perdió lo más importante que es la confianza en las instituciones y la gente dejó de responder a factores lógicos, y ante eso no hay medida con sustento técnico que valga. Cuando las personas piensan más con la cartera que con la cabeza, todo resulta inútil.
En la entrega anterior decía que el que se paraliza se ahoga, invitando a que las familias no dejen de tomar las decisiones más importantes en materia inmobiliaria por una simple sensación de miedo a lo desconocido, y dejándose llevar por corazonadas y temores sin sustento, en donde si no fuera razonable la venta de inmuebles, los compradores deberían estar ávidos de comprar, o viceversa, pero donde según la más elemental ley de mercado, ambas posturas difícilmente podrían coexistir.
Hay quienes han cuestionado nuestro mercado hipotecario, pensando que éste podría contagiarse del de los Estados Unidos, sin considerar que el de allá se convirtió en un verdadero tianguis en el que se violentaron todas las reglas mínimas de colocación de préstamos. Se prestó bajo la denominación de hipotecas "sub-prime" a todo aquel sujeto de alto riesgo que se animaba a firmar un papelito, sabiendo de antemano -el acreditado y la institución- que no tendría la capacidad de pagar. Esto arrojó el único resultado posible, y la cartera vencida de dichas financieras en algunos casos ha rebasado el 25%, y continúa creciendo. La enfermedad se contagió a toda la economía, y salió del ámbito de esas instituciones quebradas, por el hecho de que éstas se fondeaban colocando paquetes en el mercado bursátil que a su vez eran adquiridos por fondos de inversión o pensiones. La cereza del pastel la ponían algunas "calificadoras" de inversión, que irresponsablemente los premiaban como AAA.
Curiosamente, y tan solo como un comentario al margen, vale decir que algunos de esos créditos sub-prime, fueron otorgados en los Estados Unidos, a mexicanos que no tenían ningún antecedente crediticio en aquel país, pero que les permitieron comprar bienes raíces en algunos puntos como Miami en la Florida, aunque en justicia aclaro que no fueron ellos quienes originaron la debacle por la falta de pago.
En términos hipotecarios, México aprendió bien la lección. Tuvimos nuestra crisis en 1994 en donde se puso en evidencia que los créditos otorgados en años previos y en condiciones más que sub-prime, simplemente reventaron, perjudicando a los otorgantes y a los acreditados. Perdimos todos. En los años más recientes los bancos y sofoles han sido escrupulosos en la concesión de préstamos, llegando en ocasiones a extremos molestos para los solicitantes, pero garantizando la posibilidad de la recuperación.
Quizá el único factor de riesgo en el que me parece incurre la banca en México, es el hecho de llegar a prestar proporciones muy altas respecto del precio de los inmuebles que adquieren los acreditados, con lo que éstos últimos no "apuestan" una parte significativa, representada por ahorro propio, que les pueda representar una pérdida de consideración. Pero hasta en estos casos los bancos llegan a estar cubiertos por seguros cuya cobertura principal es por éste concepto.
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