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Por Don Ojón
El lenguaje de la publicidad se ha entrometido en nuestras vidas cotidianas. Todos, sin excepción alguna (bueno, casi todos) despertamos y nos vamos a dormir con la dosis diaria de televisión; abierta o de paga. Despertamos con el noticiero o nos quedamos dormidos con la televisión prendida.
El lenguaje de la publicidad se ha metido en nuestras casas sin pedir permiso, la mayor de las veces sin gracia. En este espacio intentaremos pedir eso, un poco de gracia, espíritu y alegría. Como decía Bill Berbach: “las ideas deben contribuir a elevar a una sociedad a un nivel superior en vez de embrutecerla y hacerla más vulgar”.
Si todos cabemos en un trolebús, ¿por qué no caber en treinta segundos?
La noche de anoche, camino a casa, viaje en trolebús. Me senté al final del pasillo. Sólo éramos tres a bordo; junto a la puerta dos señoras entregadas al chisme, yo al final del bus, ahora si que “hasta atrás”. Todo avanzaba normal: el trolebús, las señoras, los chismes y yo.
En la siguiente estación subieron dos chicas, una muy arreglada, la otra sin echarle muchas ganitas. Total, todo continuaba normal: el trolebús, las señoras, los chismes, las dos chicas sentadas detrás del conductor y yo.
Dos estaciones adelante se subió un “chavo banda que les va a cantar unas rolitas lastimeras carnales”.
Hay que reconocer que al vocalista de trolebús le llegaban las rolas, contagiaba su ánimo con lo que cantaba, tanto, que las dos mujeres sentadas detrás del conductor comenzaron a besarse.
-Aiwei-, dijimos el chavo banda y yo.
-No pus, que chido que estoy teniendo éxito-, dijo el chavo banda.
Al principio, las dos señoras sentadas junto a la puerta dejaron de hablar, pero sólo fueron unos segundos, no les importó y volvieron a lo suyo.
Y así, seguimos avanzando hasta aproximarnos a mi destino. Las dos señoras, los chismes, las dos mujeres, los besos, el chavo banda, las rolitas lastimeras y yo.
Un par de cuadras adelante, me bajé del trolebús. Desde la calle, a través de ventanas los vi alejarse.
Si todos cabemos en un trolebús, ¿por qué no caber en treinta segundos?
¿Por qué quedar fuera de los briefs y las estrategias hechas al vapor?
En la vida real pasan cosas más divertidas que en los anuncios. Se supone que en los anuncios se pueden romper reglas que en la vida real no. ¿Entonces por qué decir cosas tan de güeva, si se supone que, en un anuncio, se puede mejorar la vida real?
Ya no pasan las mismas cosas que hace veinte años. ¿Pero qué güeva los anuncios que insisten con discursos de hace veinte años?
Además, si las señoras del trolebús (dos mujeres de la tercera edad) no se espantaron con los besos ni con el chavo banda, ¿por qué pensar que se espantarán diez millones de mexicanos frente a su televisor y no en un trolebús a las diez de la noche?
Esos treinta segundos, nos subestiman demasiado.
Aquí les dejo una muestra de lo que se hace en otros lugares del mundo, premiados en el Festival de Cannes, hablan de homosexualidad; padres e hijos, que en realidad no son padres e hijos. Mensajes fuertes e inteligentes, sobre todo sencillos, hablan de cosas que le pasa a la gente, sin que nadie se espante; del otro lado del charco, perece ser, que no existe a favor de lo mejor.
Aquí hay otro ejemplo, mexicano y bastante malón, sólo que las mujeres que se besaban en el trolebús, fueron cambiadas por hombres jóvenes. Caso similar al de Danup, donde sugieren que uno de ellos le practica sexo oral al otro. Es importante lo que se dice, pero lo es más, cómo se dice.
La siguiente hablaremos de ello.
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