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Mónica Archundia (*)
Dicen que todos vamos para allá, por eso se oyen anuncios sobre programas de apoyo para los adultos mayores. Sí, llegaremos invariablemente a la vejez, si no morimos antes.
Y ahora que cada vez se habla más de la necesidad de crear una cultura en ese sentido, porque más personas –sobre todo mujeres- llegan a esa etapa y se requiere cuidarlas, es cuando las familias enfrentan nuevos retos.
Como Daniel Capdeville, un profesor con 20 años de experiencia, que se vio obligado a dejar su trabajo, en la Preparatoria Tlalpan 1, del gobierno de la ciudad, para cuidar a su madre, de 78 años de edad.
Ser hijo único de una mujer adulta mayor, que permanece en silla de ruedas, ha complicado la situación laboral de este hombre, de 43 años, quien la llevó a su trabajo durante 10 meses y medio, con el permiso del entonces coordinador del plantel, David Escobedo.
Su madre permanecía en uno de los cubículos de estudio, en donde Daniel se reunía con ella para comer y atenderla porque de otra manera su horario, de 12:00 a 20:00 horas, lo obligaría a dejarla sola en casa prácticamente todo el día, con todos los riesgos que ello implica.
Pero el cambio de coordinador de la preparatoria puso en riesgo la estabilidad del profesor y su madre. Adriana Ortega Luna llegó al cargo en medio de una elección interna que fue tachada de irregular por un grupo de maestros, entre ellos David.
Él asegura que la prohibición de la nueva coordinadora, para que su madre permanezca en el plantel mientras él trabaja obedece más a rencillas que a argumentos sólidos.
Junto con la nueva disposición, Adriana Ortega le dio una lista de asilos a los que podía llevar a su madre para que la cuidaran mientras él hacía su vida de manera normal.
El profesor recurrió al entonces director del Instituto de Educación Media Superior (IEMS) Juventino Rodríguez, pero obtuvo la misma respuesta: “que ya no puede tener acceso mi mamá al plantel y me dan una lista del Inapam”.
David asegura no haber solicitado atención institucional para su madre, ni haberla encargado con nadie mientras permanecía en el plantel, pero tampoco estaba dispuesto a abandonarla en casa, por eso el seis de octubre pasado dejó de dar clases y ahora se encuentra desempleado.
Este hombre asegura que aunque todos vamos para allá, los capitalinos no entendemos aún que las condiciones están cambiando y cada vez nos encontraremos con más casos como el suyo.
Siendo irónicos quizá lo que haga falta ahora no sean más asilos, como a los que los jefes de David querían enviar a su madre, sino guarderías para adultos mayores que sí tienen familiares que los quieran a su lado.
¿O no cree usted que si cambia la cultura mexicana, como lo promueven tantas autoridades y organizaciones sociales a favor de los ancianos, necesitaremos con qué hacerle frente?
¿A poco usted no necesitaría también una guardería para su ancianito o mínimo la consideración de sus jefes para poder atenderlo sin que interfiera con su labor? ¿Lo ha pensado?
(*) Mónica Archundia. Es reportera de temas sociales y educativos
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