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Concibo el automovilismo como un espectáculo en el que los pilotos deben hacer del conducir un arte o al menos intentarlo. Dicho arte se extiende a todas las personas que intervienen en un equipo, ya que para ganar una competencia, todos los integrantes deben acercarse a la perfección en la operación que realizan, pues las estadísticas y la historia nos muestran que muchas carreras y aun campeonatos son ganadas o perdidas en los pits, por los mecánicos y preparadores.
La persona encargada de diseñar la estrategia está, desde luego, incluida entre los que deben aspirar a la perfección. Sin embargo, su rol reviste además una variable que no puede preveer y es justamente la de la improvisación, ya que de acuerdo a lo que ocurre en la pista, ésta va cambiando y de sus oportunas y acertadas decisiones depende en buena parte el resultado.
Ahora bien, este pasado domingo se celebró en el óvalo del Autódromo Hermanos Rodríguez, la decimosegunda fecha (de 14) del Nascar Corona Series, siendo esta una pista de muy alto riesgo para los pilotos debido a que las dos curvas que consta son ciegas para el piloto, que en el mejor de los casos no puede ver mas allá de unos 50 metros y si tomamos en cuenta que están corriendo a unos 160 kph, recorren 45 metros por segundo, lo que nos lleva a la conclusión de que el piloto dispone de un segundo y una décima para hacer todo lo posible por evitar involucrarse en el accidente.
Ahora bien, este serial además de los mecánicos, ingenieros, estrategas, etcétera obliga a los equipos a tener un spoter, que es justamente una persona que puede ver la pista desde alguna posición que le permite observar lo que está ocurriendo por delante de donde circula su piloto, para ayudarlo a evitar vía comunicación por radio, ser sorprendido por accidentes, manchas de aceite o líquidos, autos trompeados, partes que se desprenden de otros autos, como también el avisarle si tiene autos a un lado, si lo van a rebasar, convirtiéndose en los ojos del piloto, que confía ciegamente en él. Para esta carrera, cada piloto contaba de manera obligatoria con tres spoters y podemos decir que se cubría prácticamente toda la pista, lo que fue un acierto por parte de los organizadores.
Pues bien, la celebración de la mencionada carrera, había sido todo un éxito hasta más o menos la vuelta 50 de 125 que constaba, cuando el descuido de un piloto provocó un accidente entre varios autos, inclusive uno de ellos, ya parado, recibió otro impacto que provocó su volcadura y con ello sale la primer bandera amarilla, que indica a los pilotos que deben reducir la velocidad y conservar sus posiciones, además de esperar la salida del auto de seguridad que los hará formarse en fila india detrás de él y circular por la pista a la velocidad que este marca y desde luego no pueden rebasarse. El accidente ocurrió en la parte trasera de la pista y el público no pudo verlo.
La carrera continúo y estaba resultando todo un carrerón, el público estaba algo emocionado, pero a mi parecer no tanto como debía estar pues el espectáculo era de primera y me preguntaba qué hacía falta para que dieran rienda suelta a sus emociones. Pues bien, la respuesta la tuve cuando después de una bandera amarilla llegó la verde y ocurrió un accidente grave justo frente a la tribuna, en el que alrededor de nueve autos quedaron destrozados, milagrosamente no hubo que lamentar heridos o algo más y entonces si que se puso feliz el público, como considero debería de haber estado gran parte del evento.
La conclusión a la que llego, todavía es el circo romano lo que la mayoría del público busca.
Lo anterior me mostró la parte negativa por parte del público. Sin embargo, también apunto, que ese mismo público, cada que veía salir ileso un piloto de su auto (que afortunadamente fueron todos), se volcaba en aplausos y exclamaciones de felicidad.
Cambiando de tema, aplaudo la velocidad con que actuaron en todos los casos los servicios de emergencia y los oficiales de pista, ¡¡felicidades!!
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