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POR Roxana Alexiel Camarena Ortega, estudiante de Ciencias Políticas y Administración Pública de la UNAM.
El 2 de noviembre es una fecha especial en la que recordamos a los seres amados que dejaron huella en este mundo y en la que expresamos lo difícil e imposible que es olvidarlos. Por mi parte, todos los años pongo una ofrenda tradicional con un periódico encima y una gran veladora con la leyenda “En memoria de la libertad de expresión”.
Es preciso recordar el caso del maestro Lenin Bustamante Terreros, quien fue secuestrado hace más de un año y por el que nadie exigió rescate. Jamás existió comunicación entre los agresores y la familia del profesor. Fue hasta el 2 de noviembre de 2008 cuando, en la cajuela de su automóvil y con señales de tortura, fue hallado su cadáver.
El maestro Bustamante no sólo era académico universitario, sino también analista político que colaboraba para la revista Cambio y principalmente en la revista Vértigo, donde se publicó su última participación con una denuncia contra funcionarios públicos. En esa ocasión acusó que éstos “aprovechaban las plataformas, posiciones de poder para sus intereses muy particulares, aspiraciones muy personales y que ese tipo de políticos y funcionarios no son convenientes para el país” (Revista Vértigo 28/09/08). Pero además existen varios casos, como lo recalca EL UNIVERSAL (08/10/09) en su nota “En el limbo, crímenes a periodistas”.
Resulta estremecedor pensar que personas, analistas, periodistas que entregan su vida a la investigación, a la comunicación y la expresión de las ineficiencias, corrupciones e injusticias del sistema político, sean amenazados, torturados y hasta asesinados por el hecho de opinar o evidenciar la realidad en que hay en el país.
De este modo, ofrendar un altar a estas personas ¡no es suficiente! Así como sus familiares merecen que nosotros los lectores, los verdaderos interesados por leer su trabajo periodístico y análisis, no nos quedemos callados ante está repugnante realidad. Tal vez no tengamos un medio de comunicación masivo, pero todos los días nos enfrentamos a situaciones que reclaman el alza de nuestra voz: desde que presenciamos cómo alguien se cuela en una fila o cómo alguien arroja basura en la calle, hasta aquél que es asesinado por denunciar corrupción.
Muchas personas no alzan la voz por estar limitadas en su forma de pensar y por poseer una forma de reaccionar poco civilizada.
Hace poco un compañero de mi facultad solicitó amablemente a un amigo suyo que depositara la basura en el cesto o, si prefería, que él mismo la guardara en su propia mochila. Su amigo contesto groseramente: “Ah, ¿te gusta la basura? Pues entonces ten, toma” y comenzó a colocarle basura en su mochila. O qué tal cuando en la carretera avisamos a otro conductor que tiene mal cerrada su puerta y nos contesta: “¿Y a ti qué te importa?”
Por este tipo de reacciones muchas personas callan y se dedican a sus propios asuntos. Pero reflexionemos. Una palabra altisonante, una seña obsena o una humillación pública no valen la pena si se comparan con el hecho de perder la vida por la acción de informar sobre un acontecimiento que beneficia a miles de ciudadanos.
El Día de Muertos es muy significativo, en especial para mí. En una clase, el finado maestro Lenin Bustamante recitó unas palabras que se grabaron en mi memoria: “El no informarse, no leer periódicos, revistas de política y mucho menos el no participar es como si estuviéramos muertos, porque de esta forma no existimos en el sistema”.
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