El invierno está ahí: frente a ti, en el marco de la ventana y se instala en tu balcón. La existencia pasa frente a ti en escenas encadenadas sin fin y desorientadas. ¿Sientes cómo la mañana es un pensamiento prolongado al infinito? Hace un momento viste cómo el pétalo de una flor cayó junto al rostro de ella y luego te sonrío. El terciopelo de su piel vegetal también pasó muy cerca de tu mano... Había un destello de luces distantes que surgían de entre los cristales empañados. Invierno otra vez; otro año ha pasado. Las calles, infestadas de vehículos se transforman en imágenes sin sentido, quizá porque el caos generalizado les hizo perder su razón de ser. La danza de la vida y de la mañana comienza cuando miras hacia el cielo que cae sobre ti con todo su grisáceo poder. A veces despiertas con la sensación de que no vas a ninguna parte, que has perdido todo: la confianza en el porvenir y la esperanza, pero otras veces respiras hondo y te sientes unido al espíritu de la ciudad y sus laberintos
posibilitados por las técnicas modernas de producción. El mar es una ilusión azul que te espera a fin de mes, por eso le pides a la vida que se detenga un instante, que mejor te transforme en un príncipe que vive en el más lejano palacio de la metrópoli hedónica y paranoica. Que te lleve muy lejos de los pequeños departamentos —ataudes— donde sólo caben individuos recostados con la pantalla de la televisión o la computadora a centímetros de su rostro. Ventanas que expanden el espacio claustrofóbico aunque sea de forma virtual.
Lo que cae en este blog se lo debemos a la teoría del caos que tiene su epicentro en el Distrito Federal o Ciudad Monstruo.
Investigación urbana; bitácora de encuentros con personas, inmuebles y objetos.
Me interesa la ciudad de México como centro de experimentación y los modos de vida que se desarrollan en la capital del país, donde confluyen miles de personas anónimas que desarrollan su vida más allá de la publicidad de los mass media.