| |
|
| |
La Cristalera en Miraflores |
El viento sopla con fuerza a través de las ramas de los pinos y añade una nota de misterio al recorrido. El camino desde Miraflores de la Sierra a La Cristalera dicen que está encantado; el mismo que lleva al Puerto de la Morcuera y que ha sido utilizado desde hace más de tres siglos, escoltado por valles interminables y olor a hierba. Los vecinos dicen que éste es un camino corto pero encantado y lleno de historias. Según se aparecen duendes y brujas, algunos dicen que están en el bosque y otros de aseguran haberlos visto en el pueblo.
Son pocos los que conocen las leyendas que rodean al pueblo, pero quienes las saben están plenamente seguros de lo que afirman. Alejandra tiene 23 años, tiene los ojos avellana y lleva el cabello castaño sujeto con un pasador en la nuca. Afirma que ha visto mujeres vestidas de negro caminando cerca de la iglesia, pero cuando ha intentado acercarse a ellas, éstas desaparecen. Su voz se vuelve temblorosa a medida que avanza su narración y las cosas que ha visto en la entrada del pueblo, incluyendo las voces que, dice que se escuchan cerca de La Cristalera.
La tercera noche de mi estancia al fin me decidí a caminar por ahí y me metieron un buen susto. Regresaba de Miraflores de un recorrido por las cafeterías en el centro; una luna pálida y gris hacía como que alumbraba pero sólo era una ilusión, la noche estaba obscura. Hacía ya más de diez minutos que el pueblo se había quedado atrás, yo caminaba con cuidado antes de llegar al camino que lleva al convento de las agustinas descalzas cuando comprendí que esta sería la primera vez que caminaría sola por ahí de noche. Después de escuchar en voz de los vecinos la posible existencia de “apariciones” en el camino mi imaginación comenzó a jugarme algunas malas pasadas.
Empecé a asociar el ulular del viento con sonidos de búhos y animales nocturnos más propios de un bosque; las sombras proyectadas por las ramas en mi cabeza cobraban formas de duendes o alebrijes; y un sinfín de hojas secas volando en el viento en mi mente se transformaban en duendes que se escondían y se reían a mis espaldas. A veces las escuchaba más cerca y otras más lejos de mi, pero siempre ahí.
Saliendo de una curva, ya muy cerca de la desviación al convento me sorprendió una sombra larga y negra que aparecía recostada contra la pared de una casa abandonada. Esa casa yo ya la había visto millones de veces, y una de mis amigas incluso había comentado que le daría pánico pasar frente a ella por la noche. Y ahí estaba yo, frente a una larga sombra. Me paré en seco paralizada al ver que la imagen se movía como una mujer con una larga falda que, con las manos en las caderas, se balancea con desgano, como esperando a que alguien se acerque a preguntarle de que va.
No podía creer lo que veía; sabía que no había forma de seguir con mi camino sin tener que pasar frente a ella. Me moría de miedo; bajé la mirada discretamente para buscar un palo o una piedra que aventarle para espantarla pero no veía nada, así que pensé que la única forma de salir de ahí sería corriendo y me preparaba para hacerlo cuando de pronto el rugido de una motocicleta frente a mi me devolvió a la realidad. El motociclista pasó frente a mi sin consideración Pude ver mi error, la mujer era la sombra de una estaca clavada a unos metros de la casa cuya sombra se proyectaban un par de artículos medio desvencijados.
Comencé a reír, más para calmar mis nervios que porque la situación me causara mucha gracia. Seguí andando hasta La Cristalera con un poco más de calma aunque a decir verdad a paso acelerado, me urgía llegar a la residencia y sentir la seguridad que da la compañía de otros.
Al día siguiente conté mi historia a algunas personas en el pueblo quienes me contaron que en el siglo XVII corrió el rumor sobre la existencia de brujas en todo el vecindario, mujeres de todas las edades, adoradoras del diablo que realizaban hechizos amenazando a la villa entera. Nadie se atrevía a salir de casa y aquellos que debían cruzar por ahí lo hacían siempre de día, pero si no quedaba de otra había que atravesar de noche lo que contribuía a aderezar las historias.
En la actualidad, los pobladores cuentan la historia de María Manzanares y Ana Nieva, dos ancianas que en 1644 fueron denunciadas a la Santa Inquisición por supuestamente practicar la brujería y realizar rituales oscuros como el mal de ojo y danzas diabólicas. Decían entonces los pobladores que ambas provocaban enfermedades a aquellos en el pueblo que les negaban lo que pedían, de matar niños e incluso a María de Manzanares se le acusó de ritos satánicos con el diablo pues fue vista desnuda en el bosque en varias ocasiones.
Después de los “interrogatorios” Ana de Nieva se acusó a si misma y a María de Manzanares de haber practicado la hechicería e incluso contó que una noche cuando dieron las doce después de invocar a los demonios acudieron a su llamado muchas brujas y un brujo, bailaron danzas diabólicas y se bebieron -entre todos- tres tinajas de vino; Ana culpó siempre a María de lo que hacían. María por su parte negó siempre los cargos aunque aceptó que practicaba el curanderismo. Adjudicó su desnudez a que en una ocasión tuvo que quitarse la ropa para librarse de las pulgas y en otra ocasión para lavar su ropa en el río. Al final el Tribunal del Santo Oficio absolvió a Ana y a María la encontró culpable y fue condenada al destierro.
Hoy por hoy, muchos dicen que han visto la misma sombra que yo, que se oyen risas diabólicas en el camino y hay quienes aseguran que conocen a alguien que ha visto a María practicando ritos satánicos desnuda a la mitad del bosque.... Yo por si acaso no volví a caminar por ahí de noche....
|