| |
|
| |
MEDICAL RF.COM / SCIENCE PHOTO LIRARY |
La línea divisoria entre la sociedad y los adelantos médicos/científicos que se hacen a diario es cada vez más tenue. Es necesario conciliar los intereses sociales con el conocimiento que necesariamente repercutirá en su devenir.
Este es precisamente el tema de una de las mesas redondas del Congreso de la Sociedad de Neurociencias que actualmente se lleva a cabo en Chicago y que ha reunido alrededor de 30,000 asistentes. Al respecto se citaron varios ejemplos de como la ciencia influye en la cotidianidad, la mayoría de ellos relacionados con el uso de medicinas neurológicas por los ejércitos de distintos países. Inevitable recordar el uso de un gas anestésico por el ejército ruso cuando en 2002 terroristas secuestraron un teatro lleno de civiles en Moscú. En su momento esa decisión fue sumamente cuestionada desde un punto de vista moral y ético pero ejemplifica el uso de herramientas neurocientíficas en escenarios de guerra y conflicto. Ejemplos no tan escandalosos pero con potencial de ser usados por los servicios de inteligencia son hormonas con acciones sobre el cerebro. La oxitocina, también conocida como hormona de la confianza y esencial para establecer lazos interpersonales, podría ser una herramienta útil en los interrogatorios de prisioneros de guerra, según Jonathan Moreno- experto en bioética y asesor de los servicios de Inteligencia de la Defensa de Estados Unidos. La oxitocina aumenta la confianza entre personas lo cual lleva a una mayor cooperación y favorece el diálogo facilitando información de manera voluntaria. Así mismo, el Botox- conocido principalmente por su uso en cirugía plática para disminuir las líneas de expresión facial- podría utilizarse en escenarios de guerra para vencer a los sistemas de detección de expresiones faciales. Más allá de escenarios hostiles, las neurociencias y sus descubrimientos también repercuten en otras áreas de la sociedad. Las llamadas “drogas inteligentes” que aumentan el desempeño intelectual, la memoria y creatividad, son usadas clandestinamente en varias instituciones académicas alrededor del mundo por alumnos y profesores por igual. Existe una preocupación real sobre su uso al no saber los efectos que tendrán a largo plazo, el papel que juegan en el desarrollo cerebral de los estudiantes jóvenes además de no ser claro si su uso representa una ventaja desleal entre colegas. Una forma de dopaje intelectual aún no discutida lo suficiente por la sociedad. Otro punto clave que queda por resolver es la relación y necesaria conciliación entre las neurociencias y la religión. Conforme se entiende los mecanismos que rigen nuestra toma de decisiones así como el condicionamientos de nuestras acciones, el papel del alma y una deidad deben incorporarse de manera satisfactoria para los distintos sectores sociales. Al respecto el Dr. Gabriel Gutierrez-Ospina, neurocientista mexicano que se dedica al estudio del funcionamiento y desarrollo cerebral opina que el papel que ha jugado la religión en nuestra relación con los procesos de muerte y enfermedad han tenido profundos efectos sobre la forma en la que la sociedad mexicana aborda los temas médicos. “De alguna manera, la enfermedad y la muerte se han convertido en un castigo o una derrota ante la vida” opina Gutierrez-Ospina. “Varias culturas son capaces de manejar la muerte como algo natural lo mismo que la muerte. Sin embargo sociedades como la nuestra la han convertido en algo malo, generando temor a la muerte lo que deriva en una angustia existencial en el que morir es equivalente a fracasar. Resultado de esto es una prolongación, injustificada a veces, de vidas cuya calidad está muy deteriorada lo que deriva en alto costos tanto sociales como económicos para familiares y sociedad por igual”. “Sería bueno, que en México se desarrollara una relación más sana con los procesos de salud y enfermedad. Entender la enfermedad en un contexto humano, como parte de un todo y aceptar los principios biológicos que rigen al ser humano. Dejar de combatir al envejecimiento como si se tratara de una enfermedad y llegar a aceptar que moriremos sin que ello implique un fracaso o un castigo. Los cambios deben darse a distintos niveles: reeducando al sistema médico para que vea al ser humano como un ente completo, no parcelado. Y a los niños, enseñarles a considerar la vida y la muerte en un contexto natural no moral”. Así, conforme convivimos de manera cada vez más cercana con los adelantos médico-científicos, es necesario hacer una reflexión social de como incorporaremos y haremos mejor uso del conocimiento. Finalmente no hay mejor forma de controlar nuestras vidas que sabiendo los recursos con los que contamos y haciendo un uso óptimo de ellos.
|