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Por Enrique Tamés
Mucho se dice, mucho se comenta y mucho se estudia: la cultura de la palabra, del lenguaje escrito, del grafos, está perdiendo terreno frente a la cultura del ícono, del símbolo, de la imagen. De la cultura de la palabra escrita y hablada a la cultura visual. Emile Durkheim, hace más de cien años, encontró que la mayoría de la gente a su alrededor valoraba el sentido del oído más que cualquier otro. Unos sociólogos ociosos de California, hace unos pocos años, constataron el cambio de respuesta del hombre actual: por ningún motivo hay que perder la vista, porque a través de este sentido se obtiene la más y mayor cantidad de información valiosa. ¿Qué hay de seductor en la vista, que tanto nos determina en estos tiempos efímeros? Parece ser que la vida cibernética sigue la misma tendencia o evolución: de una máquina sofisticada de escribir, a una creadora de imágenes virtuales. Revisemos algunas tesis.
El celebre pensador Zygmunt Bauman, en su obra Tiempos Líquidos, describe magistralmente lo que son nuestros tiempos. Ese colapso del pensamiento, de la planificación, del largo o mediano plazo, porque la única certeza es lo inmediato, porque lo mediato cambia, se modifica, se fragmenta. ¿En qué pienso? En las versiones en red de los periódicos, de los diarios, que dejaron de ser diarios para convertirse en horarios, en minutiarios. Tengo un hermano viviendo en una de esas islas del pacífico, y que le pude preguntar, mandar un mensaje, a escasos minutos del terremoto, si todo estaba bien. La modernidad líquida que se amolda, que se amorfa, como la vida.
Gilles Lipovetsky, algunos, muchos años antes, pero tan preciso como Bauman, en La Era de Vacío descubre y describe el cambio de generación: de Sísifo a Narciso. Del absurdo a la contemplación inanimada de uno mismo. Dice el filósofo francés que las reflexiones sesudas de Sísifo hieren demasiado al género humano, por lo que resulta determinante evadirse, huir hacia la imagen, hacia el espejo. ¿En qué pienso? Pasamos de la era de la producción a la era de la seducción: en la red no se produce, se seduce, es el gran mercado de nuestros tiempos furtivos. En punto com se ha convertido la red de redes. De punto militar, a punto edu, a punto com.
Y por último, John Heskett, especialista y consultor internacional en temas de diseño, describe, pero aboga más, que la imagen es lo que es porque: significa y por tanto crea una consistencia aparente; da pertenencia y ello implica sentirse acompañado en el inmenso espacio; se convierte en posesión, en objeto, en poder; y por último, crea identidad, se construye una imagen yoica. ¿En qué pienso? En las redes sociales, en la interrupción constante de la superficie, de la anécdota, de lo superfluo, de la gelatina.
Recuerdo, por último, hace más de 15 años, que en la primera construcción de la Internet, esa que se navegaba con Gopher y demás buscadores planos, aparecían textos, y textos y textos. Ya no. El otro día alguien me prohibía poner más de 30 palabras en un espacio cibernético. “Es mucho, nadie va a leer tanto”, sentenció. ¿Tanto? ¿En qué pienso? ¿Cuál será el siguiente paso? ¿Un twiteo onírico construido por puras imágenes?
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