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POR: Jorge Luis Morton Gutiérrez, estudiante de Sociología de la UAM Xochimilco
Eran alrededor de las ocho de la noche, yo me encontraba tranquilamente disfrutando de una de mis actividades favoritas, mientras los acordes y los tamborazos de mi grupo de rock se dejaban mezclar entre las gotas de lluvias que caían al ritmo de una melodía extraña, bizarra, pero alegre.
Nada parecía fuera de lugar, de hecho, esa era una noche de Domingo como muchas otras que hemos vivido en la Colonia Progreso. Pero de repente el cielo se dejo caer y se podían escuchar con bastante claridad las gotas que golpeaban cuanta superficie encontraban.
“No pasa nada”, pensamos, mientras decidíamos esperar a que el agua se calmara un poco, como es la lógica de un cuarteto de jóvenes citadinos que no tenían la suficiente experiencia para predecir un inminente desastre.
Pasó una hora, eran las diez de la noche y el agua no parecía detenerse. La vocalista del grupo les llamó a sus padres para avisarles que tal vez se quedaría en la casa de ensayos esa noche, eso después de ingeniárselas para avanzar entre charcos y no terminar empapada por la tormenta para hacer la llamada desde la casa de una vecina ya que la cercanía de una prisión nos impedía usar el celular.
Poco a poco comencé a percatarme de la realidad. Lenta, pero constantemente, el agua del Acueducto Guadalupe comenzó a entrar en la casa y las mesas que una vez sirvieron para celebrar el sagrado ritual de la comida, ahora cumplían la función de salvaguardar nuestras pocas posesiones.
El tiempo corría y las noticias eran del todo menos alentadoras. La mayoría de los accesos a la zona estaban cerrados, se escuchaban rumores de autos que eran arrastrados contra corriente y los familiares de nuestro anfitrión no podían llegar a rescatarnos.
Después, en la calle comenzaron a escucharse unas voces “Agarren unas escobas y ayúdenos a barrer el lodo”, decían unas vecinas, mientras que otras le ofrecían a José Arias -el baterista- cinceles y mazo para abrir entre sus paredes huecos para hacerle paso al agua que ya cubría 40 centímetros de profundidad, llenando todas y cada una de las habitaciones de su vivienda.
De todos lados salían personas, siendo la mayoría mujeres, con los pies descalzos y el agua que les llegaba hasta las rodillas, todas empujando el agua hasta una coladera que recientemente había sido abierta. Mientras que en la casa de Pepe se veían flotar libros y revistas, al tiempo que este buscaba rescatar cuanta cosa podía.
En el caos y ya con las piernas empapadas de agua que no era precisamente limpia, me las ingenié para hacerle unas cuantas preguntas a una vecina del lugar, buscando respuestas a aquella pintura surrealista. Ella me mencionó que esto hace años que no era una vista habitual, ya que desde que la autoridad entubó el río, no se habían presentado más inundaciones en la zona. Horas después me enteraría en el diario que ésta no había sido una tormenta normal.
Muchas preguntas me vinieron durante esos momentos, algunas de las cuales serían hechas por usuarios del El Universal. Me preguntaba por qué el gobierno no había invertido dinero en sistemas de captación pluvial en lugar de entubar el rio.
Sin embargo también viví en carne propia el mito de solidaridad del mexicano, aquellos relatos que me contaban mis padres acerca de cómo la gente se apoyaba durante el famoso terremoto de 1985. Vi a propios y extraños echándose la mano, juntando esfuerzos y energías para ayudar a cuanta persona podían. Escuché a gente que nos ofrecía herramientas y vi como una persona completamente desconocida nos dejaba usar su teléfono.
Pero aun así varias dudas me surgieron, en momentos donde la escasez de agua es nota de todos los días y dónde las autoridades se empeñan en construir cuanta vialidad pueden, mientras del cielo cae un desastre que se puede convertir en oportunidad. En una ciudad donde la sed no viaja en carro. ¿Qué se puede hacer desde la ciudadanía?, cuando los políticos solo hacen grandes obras para sus empobrecidas reputaciones.
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