¿Alguna vez imaginó usted que el tequila puede ayudar a que cada vez se presenten menos inundaciones? Pues al parecer esa es la hipótesis que intenta comprobar un grupo de científicos mexicanos que empezaron a realizar experimentos con el agave tequilero para obtener biocombustibles y así aminorar los efectos del cambio climático.
En un total de 14 proyectos que tienen la misma finalidad, los investigadores también han tomado, entre otros, al henequén, la jatrofa y diversos tipos de maderas como las materias primas para ingresar a la industria de los biocombustibles de segunda generación. Sólo que al igual que ocurrió con los de primera generación -hechos a base de maíz y otro tipo de granos- las interrogantes siguen siendo las mismas: ¿se producirá tal demanda de esos recursos básicos que encarezcan y presionen su existencia en el mercado? En el caso del tequila, ¿qué no fueron varias décadas de esfuerzo para hacer que México obtuviera el registro de origen como para que ahora se exponga de esa manera a la industria?, ello independientemente de que esa bebida es parte de la identidad nacional. Sólo hay que tener presente que una decisión de ese tipo dio origen a la crisis alimentaria con el uso de granos como el maíz y el arroz para producir etanol. Pero este tipo de decisiones que pretenden tomar el agave del tequila para generar alternativas energéticas al petróleo no son exclusiva de México. En Argentina las iniciativas han llegado también a apuntar a la industria vitivinícola. Pero ante este escenario, más allá de ponernos en la disyuntiva de seguir elaborando tequila y vino argentino, o mejor un biocombustible que sustituya las gasolinas y diesel para disminuir la emisión de gases contaminantes, lo que se requiere, de acuerdo con los científicos, es realizar una evaluación que lleve solventar una serie de cuestionamientos. En principio se trata de saber si al producir la materia prima en grandes cantidades se abrirá la posibilidad de generar un mayor número de especies. Se debe responder a la producción en gran escala a utilizar transgénicos. Pero también se habla de modificarlos genéticamente para que desde su origen se puedan eliminar sustancias químicas (lignina) que deben ser desechadas en el proceso de elaboración de etanol o combustible. Las especulaciones científicas señalan que pueden “ahorrarse” varios procesos y abaratar la obtención de los biocombustibles. Pero esa manipulación para hacer que, por ejemplo, los árboles pudieran tener menos lignina daría origen a bosques de árboles débiles que podrían “contaminar” y hacer que productores eliminen zonas arboladas y vuelvan a sembraran sin control ese tipo de arbustos, contaron científicos de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Cuajimalpa. Otros factores a considerar, de acuerdo con visiones ambientalistas, es que se podría provocar que grupos de campesinos o productores acentúen el cambio de uso de suelo al modificar la producción de ciertos granos por este tipo de materia prima, tal como ha sucedido con las zonas en las que empezaron a responder a la demanda de caña de azúcar, soya, trigo, sorgo, yuca, maíz y palma de aceite, entre otras. La disyuntiva en la que se les coloca es ¿producir alimentos para responder a la demanda de energéticos? ¿Usted qué opina? Apenas el año pasado (2008) el congreso aprobó la Ley de Bioenergéticos para México en la que los legisladores cuidaron que el maíz quedara excluido en la generación de bioenergéticos por lo que ese grano implica para el país en términos alimentarios, patrimoniales, sociales y culturales, entre otros. Pero al publicar el reglamento de dicha norma no se tuvo ese cuidado y la redacción es tan ambigua que en este momento hay varias empresas que en el sureste y el norte del país se realizan experimentos para obtener etanol del maíz. ¿No debieran Semarnat y Sagarpa definir una política clara al respecto? Hasta ahora las alternativas energéticas son el bioetanol, el biogás (obtenido básicamente de desechos fósiles y procesando la basura) y el biodiesel (el primero y el último tiene su origen en los granos y ahora especies maderables). Aunque es cierto que los científicos encontraron que al convertir el uso de gasolinas y diesel en productos biodegradables se reducen las emisiones de contaminantes, lo cierto es que, entre otras cosas, obtener las llamadas energías limpias sigue siendo muy caro por lo que implica su producción. También es cierto que el consumidor de a pie deberá enfrentar situaciones como el cambio de tipo de vehículo, adecuado al uso de los nuevos combustibles, y enfrentar el costo de acudir de manera recurrente a “gasolineras” a cargar etanol o biogas, ya que está comprobado que tienen menos rendimiento por kilómetro. ¿Una vez más tendremos que esperar a sólo importar la tecnología? ¿Qué tan preparados estamos para enfrentar esa carrera científica? ¿Quién decide qué tipo de productos deberán participar en esa búsqueda de energéticos para no afectar la producción tequilera?
En un total de 14 proyectos que tienen la misma finalidad, los investigadores también han tomado, entre otros, al henequén, la jatrofa y diversos tipos de maderas como las materias primas para ingresar a la industria de los biocombustibles de segunda generación.
Sólo que al igual que ocurrió con los de primera generación -hechos a base de maíz y otro tipo de granos- las interrogantes siguen siendo las mismas: ¿se producirá tal demanda de esos recursos básicos que encarezcan y presionen su existencia en el mercado?
En el caso del tequila, ¿qué no fueron varias décadas de esfuerzo para hacer que México obtuviera el registro de origen como para que ahora se exponga de esa manera a la industria?, ello independientemente de que esa bebida es parte de la identidad nacional. Sólo hay que tener presente que una decisión de ese tipo dio origen a la crisis alimentaria con el uso de granos como el maíz y el arroz para producir etanol.
Pero este tipo de decisiones que pretenden tomar el agave del tequila para generar alternativas energéticas al petróleo no son exclusiva de México. En Argentina las iniciativas han llegado también a apuntar a la industria vitivinícola.
Pero ante este escenario, más allá de ponernos en la disyuntiva de seguir elaborando tequila y vino argentino, o mejor un biocombustible que sustituya las gasolinas y diesel para disminuir la emisión de gases contaminantes, lo que se requiere, de acuerdo con los científicos, es realizar una evaluación que lleve solventar una serie de cuestionamientos.
En principio se trata de saber si al producir la materia prima en grandes cantidades se abrirá la posibilidad de generar un mayor número de especies. Se debe responder a la producción en gran escala a utilizar transgénicos. Pero también se habla de modificarlos genéticamente para que desde su origen se puedan eliminar sustancias químicas (lignina) que deben ser desechadas en el proceso de elaboración de etanol o combustible. Las especulaciones científicas señalan que pueden “ahorrarse” varios procesos y abaratar la obtención de los biocombustibles. Pero esa manipulación para hacer que, por ejemplo, los árboles pudieran tener menos lignina daría origen a bosques de árboles débiles que podrían “contaminar” y hacer que productores eliminen zonas arboladas y vuelvan a sembraran sin control ese tipo de arbustos, contaron científicos de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Cuajimalpa. Otros factores a considerar, de acuerdo con visiones ambientalistas, es que se podría provocar que grupos de campesinos o productores acentúen el cambio de uso de suelo al modificar la producción de ciertos granos por este tipo de materia prima, tal como ha sucedido con las zonas en las que empezaron a responder a la demanda de caña de azúcar, soya, trigo, sorgo, yuca, maíz y palma de aceite, entre otras. La disyuntiva en la que se les coloca es ¿producir alimentos para responder a la demanda de energéticos? ¿Usted qué opina? Apenas el año pasado (2008) el congreso aprobó la Ley de Bioenergéticos para México en la que los legisladores cuidaron que el maíz quedara excluido en la generación de bioenergéticos por lo que ese grano implica para el país en términos alimentarios, patrimoniales, sociales y culturales, entre otros. Pero al publicar el reglamento de dicha norma no se tuvo ese cuidado y la redacción es tan ambigua que en este momento hay varias empresas que en el sureste y el norte del país se realizan experimentos para obtener etanol del maíz. ¿No debieran Semarnat y Sagarpa definir una política clara al respecto? Hasta ahora las alternativas energéticas son el bioetanol, el biogás (obtenido básicamente de desechos fósiles y procesando la basura) y el biodiesel (el primero y el último tiene su origen en los granos y ahora especies maderables). Aunque es cierto que los científicos encontraron que al convertir el uso de gasolinas y diesel en productos biodegradables se reducen las emisiones de contaminantes, lo cierto es que, entre otras cosas, obtener las llamadas energías limpias sigue siendo muy caro por lo que implica su producción. También es cierto que el consumidor de a pie deberá enfrentar situaciones como el cambio de tipo de vehículo, adecuado al uso de los nuevos combustibles, y enfrentar el costo de acudir de manera recurrente a “gasolineras” a cargar etanol o biogas, ya que está comprobado que tienen menos rendimiento por kilómetro. ¿Una vez más tendremos que esperar a sólo importar la tecnología? ¿Qué tan preparados estamos para enfrentar esa carrera científica? ¿Quién decide qué tipo de productos deberán participar en esa búsqueda de energéticos para no afectar la producción tequilera?
En principio se trata de saber si al producir la materia prima en grandes cantidades se abrirá la posibilidad de generar un mayor número de especies. Se debe responder a la producción en gran escala a utilizar transgénicos. Pero también se habla de modificarlos genéticamente para que desde su origen se puedan eliminar sustancias químicas (lignina) que deben ser desechadas en el proceso de elaboración de etanol o combustible.
Las especulaciones científicas señalan que pueden “ahorrarse” varios procesos y abaratar la obtención de los biocombustibles. Pero esa manipulación para hacer que, por ejemplo, los árboles pudieran tener menos lignina daría origen a bosques de árboles débiles que podrían “contaminar” y hacer que productores eliminen zonas arboladas y vuelvan a sembraran sin control ese tipo de arbustos, contaron científicos de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Cuajimalpa.
Otros factores a considerar, de acuerdo con visiones ambientalistas, es que se podría provocar que grupos de campesinos o productores acentúen el cambio de uso de suelo al modificar la producción de ciertos granos por este tipo de materia prima, tal como ha sucedido con las zonas en las que empezaron a responder a la demanda de caña de azúcar, soya, trigo, sorgo, yuca, maíz y palma de aceite, entre otras.
La disyuntiva en la que se les coloca es ¿producir alimentos para responder a la demanda de energéticos? ¿Usted qué opina?
Apenas el año pasado (2008) el congreso aprobó la Ley de Bioenergéticos para México en la que los legisladores cuidaron que el maíz quedara excluido en la generación de bioenergéticos por lo que ese grano implica para el país en términos alimentarios, patrimoniales, sociales y culturales, entre otros.
Pero al publicar el reglamento de dicha norma no se tuvo ese cuidado y la redacción es tan ambigua que en este momento hay varias empresas que en el sureste y el norte del país se realizan experimentos para obtener etanol del maíz. ¿No debieran Semarnat y Sagarpa definir una política clara al respecto?
Hasta ahora las alternativas energéticas son el bioetanol, el biogás (obtenido básicamente de desechos fósiles y procesando la basura) y el biodiesel (el primero y el último tiene su origen en los granos y ahora especies maderables).
Aunque es cierto que los científicos encontraron que al convertir el uso de gasolinas y diesel en productos biodegradables se reducen las emisiones de contaminantes, lo cierto es que, entre otras cosas, obtener las llamadas energías limpias sigue siendo muy caro por lo que implica su producción.
También es cierto que el consumidor de a pie deberá enfrentar situaciones como el cambio de tipo de vehículo, adecuado al uso de los nuevos combustibles, y enfrentar el costo de acudir de manera recurrente a “gasolineras” a cargar etanol o biogas, ya que está comprobado que tienen menos rendimiento por kilómetro.
¿Una vez más tendremos que esperar a sólo importar la tecnología? ¿Qué tan preparados estamos para enfrentar esa carrera científica?
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Invitamos a los lectores a incomodar a nuestros gobernantes, analizar sus acciones, cuestionarlos y exigirles una respuesta a los problemas cotidianos que enfrentamos los ciudadanos.