Malinalli García
Periodista, malinche23@yahoo.com.mx
BARCELONA.- Bajé del avión, me encontré con un clima veraniego hostil -un calor húmedo perverso- y con el catalán que según las guías turísticas sólo se habla en el entorno familiar, pero sorpresa: está presente en calles, carteles, supermercados, cafeterías, bares, política y, sobre todo, como arma rebelde en la ideología de los barceloneses.
El primer día lo recuerdo muy bien. Fue un 4 de agosto del 2004 –dos días antes del cumpleaños de mi mamá-. Lo que más me impresionó fueron el clima y el cuerpo policiaco. No podía creer que los policías no tuvieran sobrepeso; vaya a lo que nos hemos acostumbrado, hasta ya nos parece curioso, antinatural.
Encontrar departamento es una odisea. Aunque hay una oferta abrumadora, la demanda es peor que conseguir entradas para U2; además, no siempre se cumple el triplete: bueno, bonito y barato.
Barcelona es una de las ciudades más caras para vivir y buena parte se debe al costo de la vivienda. Alquilar mensualmente una habitación individual cuesta como mínimo 250 euros -casi 5 mil pesos-. La práctica común -aunque no legal- es que se alquila un piso y después, para poder pagarlo, se subalquilan las habitaciones; hay casos de “pisos patera”, un departamento en el que pueden llegar a vivir hasta 10 personas o más. La vivienda en Barcelona no sólo es costosa para latinos o asiáticos; también lo es para los ciudadanos europeos; por ejemplo, en Berlín con 350 euros puedes alquilar un departamento modesto. Además, aquí la figura de la casa es para los ricos; sólo ellos se los puede permitir. La ciudad está llena de edificios.
“El que convierte no se divierte”, es la frase de un amigo que asustado por los precios decidió no convertir más los euros a pesos mexicanos; es una manía para quien llega, cuando ves que los euros desaparecen a cada momento sin poder retenerlos.
Ver rostros de diferentes rasgos caminando por las calles fue raro. La ciudad es puramente cosmopolita, convives directamente o indirectamente con chinos, nórdicos, ingleses, italianos o latinos. Eso es absolutamente desconocido en un país como México. En uno de los restaurantes a los que suelo ir preparan comida catalana casera, su dueño es uruguayo-catalán, uno de los meseros es rumano, el otro es latino. En México tenemos presencia extranjera pero sólo proviene del turismo, aquí la gente viene de vacaciones pero también se queda a vivir.
Recuerdo que escuchar o ver un mexicano me producía alegría, estaba inconscientemente anhelando encontrar un compatriota, pero una voz interior me decía que si había venido acá no era precisamente para conocer mexicanos.
Los italianos, paquistaníes y chinos constituyen el mayor porcentaje de población extranjera. Muchos de los puestos de trabajo de menor remuneración los ocupan los ciudadanos no europeos que reciben un salario menor que no corresponde con las horas de trabajo.
Los mexicanos no requerimos visa para entrar a España, podemos permanecer en la Unión Europea durante tres meses como turistas. España vivió y aún vive una oleada de extranjeros que vienen a trabajar, el país se beneficia por conseguir una mano de obra barata, pero según el gobierno no necesita más, así que puso una serie de restricciones a todos los ciudadanos no europeos para entrar; por ejemplo, a un mexicano que quiera venir de vacaciones se le pide: un boleto de regreso a México, reserva de un hotel o una carta de invitación y 540 euros por los primeros ocho días y 60 euros por cada día adicional. Es demasiado dinero.
Históricamente los mexicanos que viajaban a España lo hacían por vacaciones o estudios, pero ahora lo hacen para trabajar. Muchos se lanzan a la aventura sin haber tramitado desde México un permiso de trabajo, así que no tienen la certeza de encontrarlo; no es que llegues a una cafetería a solicitarlo, no es así de fácil, se necesita una oferta para gestionar un permiso que te permita trabajar, el proceso puede durar por lo menos seis meses, si no tienes tal permiso eres un ilegal y esa palabra no les gusta a los empresarios y al gobierno. Será difícil conseguir trabajo y si se consigue será “en negro”, que significa salario bajo, no tener prestaciones ni seguridad social.
Nuestra presencia en la capital catalana la constituyen los restaurantes mexicanos, hay 50 repartidos por la ciudad -aunque muchos de ellos venden la versión tex-mex-, nuestra gastronomía es de las más apreciadas. Además, hay varios grupos que organizan espectáculos mexicanos que incluyen comida, mariachi y lucha libre. Este 15 de septiembre hubo fiestas mexicanas en varias plazas y discotecas. No te sientes expatriado aunque lo que más echas de menos es la familia, amigos y los tacos, aunque el bolsillo te insistirá a pedirle por teléfono las recetas a tu mamá.
¿Cómo nos ven los españoles? Nos perciben como fiesteros, locos por comer chile, amables, hospitalarios, aunque persiste la imagen física que ha hecho de nosotros Hollywood.
Vivir en este país ha sido difícil, sobre todo en el ámbito laboral. Aunque es una sociedad con altos índices de población extranjera, se suele anteponer el aspecto físico y el lugar de origen. Los “sudacas”, peyorativo para referirse a las personas de Latinoamérica, o “paki”, “moro”, para la población árabe.
Llevo cinco años viviendo en el extranjero, una pequeña parte en Inglaterra y la mayor parte en Barcelona; puedo decir que es placentero conocer otras culturas, la oferta lúdica, el uso de la bicicleta, la gestión de las bibliotecas, pero no nos vayamos con la finta, con el edén que se nos quiere vender; aquí también pasan sucesos desfavorables como la violencia hacia la mujer, drogadicción –España es el segundo consumidor mundial de cocaína- y mafias de tráfico de personas.
Los países ricos venden un paraíso para que sus ciudadanos se sientan bendecidos por vivir ahí y no en el tercer mundo, en el que sólo hay pobreza y delincuencia. Los estereotipos se aplican para calificar a personas, cosas o mundos, los del primero clasifican a los del tercero y viceversa. Pasará mucho tiempo para romper lo que parece la guerra de los mundos.
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