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Si preguntamos cuáles son los trastornos de alimentación por excelencia, la mayoría contestaría anorexia y bulimia. Al menos, son los más conocidos.
En el primero se deja de comer o se limita la alimentación a muy pocos productos y casi sin calorías. En el segundo, la persona que lo padece come (ya sea en exceso o no) y después busca una conducta compensatoria para “eliminar” de su cuerpo las calorías consumidas. En ambos casos el objetivo es no subir de peso.
Suelen ser problemas muy difíciles de tratar y que necesitan ser atendidos desde un enfoque multidisciplinario. Deben involucrarse el paciente, su familia y amigos y un equipo integrado por médicos, psicólogo o psiquiatra y nutrióloga especializados en manejo de estos casos.
El principal problema es que, quienes lo padecen, no tienen consciencia de la enfermedad entonces, en ningún momento sienten que su vida está en peligro o que deben ser atendidos. Tienen, además, una percepción equivocada de su propio cuerpo y se ven con sobrepeso aún sin tenerlo. Se ha visto también que es una conducta autodestructiva consecuencia de ambientes familiares complejos en donde hay situaciones de control, poder y agresión.
La verdad es que en los últimos años se ha prestado más atención al problema y se atiende y entiende mejor. Si antes se pensaba que era exclusivo de las clases altas, ahora se sabe que no discrimina edad, sexo o condición social. Cada día se ven más casos de niñas y niños, a edades más cortas y en los rincones menos pensados.
No son enfermedades sencillas y de hecho, no tienen una sola vertiente. Hay casos en donde los signos y síntomas difieren un poco de lo que se encuentra en los libros pero que aún así es importante atender.
En el caso de las bulímicas, parecería que la única manera que tienen de compensar lo que viven como “malos hábitos de alimentación” son las purgas, vómito, uso de laxantes y diuréticos. Pero no es así. Es necesario estar atento a otros detalles.
En los últimos años se ha dado a conocer, poco pero por ahí anda, el concepto de “exercise bulimia” o “bulimia del ejercicio” que habla de la presencia del ejercicio excesivo como conducta compensatoria. Es decir, hacer ejercicio de manera compulsiva hasta “quemar” todas las calorías consumidas y acumuladas. Actitud que eventualmente deriva en lesiones por sobreentrenamiento, osteoporosis, amenorrea (falta de menstruación) y otros problemas serios de salud.
En cualquier página de internet sobre trastornos de alimentación podemos encontrar algunos de los síntomas que suelen verse en estos pacientes, entre ellos están: faltar al trabajo, fiestas, eventos sociales o compromisos para hacer ejercicio, entrenar a pesar de estar lesionado o enfermo, caer en estados inusuales de depresión por no poder ejercitarse, hacer muchas horas de ejercicio al día y no tomar días de descanso, definir su valor como persona a partir de su desempeño y justificar la sobrecarga o los excesos de entrenamiento.
Muchas veces podemos verlos en los gimnasios por horas, rotando en todos los aparatos, generalmente de cardio, haciendo a intensidades elevadas y basando sus resultados en cuántas calorías quemaron. Suelen tener personalidad obsesiva y es muy difícil lograr que desistan de sus objetivos.
Recuerdo el caso de una maestra de aerobics que comía muy mal (no de cantidad sino en calidad, mucha comida chatarra que le encantaba) pero entrenaba entre cinco y ocho horas al día con la justificación de que ese era su trabajo y debía mantenerse en forma.
Si bien es cierto y se supone que son un ejemplo a seguir, en estos casos extremos dejan de serlo. Créanme, se puede tener cuerpo bonito con dieta saludable, ejercicio y descanso adecuados. Lo que importa es la combinación de las tres, eso lo diré... ¡hasta el cansancio!
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