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Nadie tiene el alma absolutamente limpia, unos más que otros. Nadie tiene absolutamente sano su cuerpo, donde la materia cobró conciencia. Sobreviven quienes cumplen dos destinos manifiestos: los más aptos para adaptarse en la competencia por la vida -no por la competencia con el dinero- y los seleccionados por la implacable naturaleza, como tú, no obstante que no tuviste la oportunidad de estudiar más allá de la primaria.
Los ejemplares de la especie humana tienen el instrumento de la inteligencia para luchar por la vida, pero también conciencia. Hay valores que ya no pertenecen directamente a la naturaleza, porque los diseñamos los humanos, son normas de convivencia social y en ello no nos va la vida y la muerte como tales, que son una misma. Sin embargo, ensuciar, contaminar el alma con conciencia que se actúa así ante los demás, termina por impactar al cuerpo, merma la inmunidad, amilana las defensas aun con la complicidad de los administradores dominicales de las culpas.
No me cabe duda que sobreviviste a tu generación siendo la más longeva, por ser apta aun siendo la más pequeña. Sin ir más allá del sexto año escolar fuiste singularmente inteligente, pero no es porque los de tu estirpe no lo fueran, sino porque te adaptaste mejor, hiciste las lecturas correctas de los aconteceres que te rodearon.
Tengo la convicción que fue importante que tuvieras la conciencia no pura, pero sí limpia, honesta.
Lo más relevante para mí mujer, Evita, es que hasta este sábado del amor y la amistad fuiste en vida mi madre, ni mejor ni peor que los y las que se fueron antes que tú, pero sí la más apta para sobrevivir, espero no hacer quedar mal a tus genes.
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