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De un cuento emigran imágenes; de una novela, palabras desdobladas en el tiempo. Tiempo e imagen. El binomio de la imaginación. Daniel Sada tiene un taller imaginario en el que describe cuentos a través de novelas.
Después de la revelación del Premio Herralde a la mejor novela de 2008, Casi nunca, en el templete mediático, iniciaron los bailes de reseñas, datos biográficos, perfiles, y los clásicos renglones traducidos al lenguaje de la mercadotecnia. Todo sobre Daniel Sada. En efecto, surgieron los sapientes hagiógrafos del premiado. Simuladores lectores de la obra completa del artesano. Uff. Escolásticos.
Pero dejemos diluir la espesa neblina que nos hace tropezar con reflectores, cámaras de televisión, micrófonos y cables mediáticos. Todo premio levanta neblina. Y el Herralde no es la excepción. Por un momento olvidemos que Anagrama es la mejor editorial española; que su argumento seductor sortea a las trampas de la percepción publicitaria para centrarse en el catálogo completo que detonó, hace ya algunos años, La conjura de los necios de John Kennedy Toole.
El cuento: el treintañero Demetrio Sordo se arroja a la bifurcación del sexo. Presente y futuro; el primero lo compra, el segundo lo sueña. Es decir, el presente es Mireya, la prostituta que le hace olvidar su vida monótona. Algo más, ella le descubre los caminos sinuosos de la moral lúdica. ¿Por qué ser vivido por el padre que lo empujó a la agronomía? ¿Por qué cuidar huertos si el árbol de la ludopatía tiene ramificaciones; lo mismo en la mesa sexual que en la mesa de billar.
Si bien Mireya lo despierta, él siempre soñará con su futuro representado por Renata, la pueblerina que es vivida por la retórica de la moral puritana. Es el México de 1945. Moral puritana, el teatro de los valores; escenografía de las conciencias; el amor a cuenta gotas; la administración de los besos; no mirar a los ojos; autoreprimirse.
La novela: tenemos las imágenes porque, como mencioné al inicio, de un cuento emigran imágenes. Nos falta la novela. Aquí es donde aparece el protagonista de la escritura. Daniel Sada. Logra desdoblar las palabras hasta cubrir 373 páginas. ¿Mago? ¿Juglar? ¿Hipnotizador? En el cuento Demetrio Sordo experimente su libre albedrio. En la novela nos damos cuenta que no tiene personalidad. Que su personalidad no es de él, pertenece a ellas. Mireya, Renata, Telma, Zulema y Luisa. Telma, la madre de Demetrio; Zulema, su tía; doña Luisa, la madre de su futuro, es decir, de Renata.
Casi nunca se describen cuentos a través de novelas. Posiblemente Daniel Sada colocó en su taller imaginario el catalizador con el que logra que su cuento describa a una novela. Pensemos por un momento que ese catalizador es representado por la moral. Demetrio no sería nadie sin la moral de las mujeres que lo rodean: La moral obsequiada por la prostituta; la típica moral costumbrista de su tía Zulema; la moral enloquecida de su madre doña Telama; la moral hipócrita de doña Luisa y, finalmente, la moral que lo excita, la de Renata. Y es que la moral puritana de 1945 leída en el 2008 se convierte en un tierno mural cuasi surrealista.
Ahora sí, regresemos al Premio Herralde para Daniel Sada. Merecido. Sada no pertenece al tiempo de las tribus literarias del espectáculo. Él no sabe de relaciones públicas.
Camina lento por la colonia Condesa. La contempla. Es observado. Intuye. Escribe. Mago.
Casi nunca, pero sucede.
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