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La conferencia mundial sobre el sida dejó muchas lecciones. Pero hoy sólo les voy a compartir dos anécdotas.
Una es de Karen y otra de Frida, dos jóvenes estudiantes que participaron como voluntarias y apoyaron a los más de 20 mil asistentes de 172 países.
Karen sólo había escuchado hablar del sida en los medios de comunicación, en los libros y en la escuela. Pero nunca había convivido con alguien con esta enfermedad. Y era de quienes pensaban que sida era prácticamente sinónimo de muerte.
Pero aquí, en la cumbre, aprendió que las personas no mueren de sida sino que viven con el sida y con mucha discriminación y muchos estigmas.
Y se dio cuenta que aunque las personas no se entiendan, aunque no hablen el mismo idioma, tal parece que la enfermedad las hermana.
El caso de Frida, una joven estudiante de la carrera de Interprete Traductor, es muy similar, aunque ella reconoce que vivía en su espacio y que no le interesaba saber qué pasaba con el resto de la gente, y que sí le impactaba escuchar hablar del VIH-Sida.
Pero hoy, después de seis días de traducir, de platicar, de convivir con personas de países que sabe que quizá nunca visitará, se dio cuenta de que muchas veces la realidad no es como te la imaginas, que las personas con VIH son muy sencillas, sensibles y humildes, a pesar de que son discriminadas y de que vienen de países muy pobres, como es el caso de quienes proceden de África.
Y, quizá, estas, son algunos de los legados más importantes de la conferencia: que algunos mexicanos hayan podido conocer de cerca el verdadero rostro del VIH-Sida.
Al inicio de la cumbre les decía que no se esperaban grandes anuncios y así fue. Y que lo que se buscaba es que la gente fuera más sensible, comprendiera más lo que es esta enfermedad. Y, en realidad, espero que así haya sido.
¿Tú crees que así fue? ¿Valió la pena la conferencia? Yo creo que sí. Y no por las autoridades, sino porque este es un espacio que los mismos ciudadanos han ganado y que buscan compartir.
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