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Todo comenzó porque le “quedó mal” a una chica, no le cumplió, no tuvo erección. Es cierto que ese día había bebido como cosaco y esos abusos suelen producir disfunción eréctil, entre otras cosas. Pero hete ahí que volvió a quedar mal con la chica, la vida se le iba en un hilo.
Pensó que lo dejarían por otro marañón y lo justificaba, “¡claro, si no ofrezco sus placeres los buscará en otro lado!”.
A partir de ahí por creencias, por dimes y diretes, por el cuate una amiga de mi hermana que le pasó lo mismo, la opinión de la opinión de lo opinantes la cabeza del tipo se convirtió en una caja de Pandora llena de fantasmas y deprimentes ideas.
Pensó en el sildenafil (la pastillita azul) con cierto temor, por su edad podría tener la presión arterial alta y “le habían dicho” que podría ser catastrófico, que se le reventaría algún vasito en el cerebro y el asunto sería peor, pensó que ya no sólo no tendría erección sino que podría no funcionarle medio cuerpo, quedar “chuco”.
Para su fortuna, la dama no era una lagartona braguetera, ella le conminó a ser paciente, quizá era sólo cosa de un momento pero que habría que resolverlo porque para ella sí era importante una vida sexual plena.
Se lo comentó a su hermano y éste le dijo que “ya se había jodido”, como una suerte de maldición familiar: la tensión alta la habían tenido el abuelo, el padre, la tía, la madre y el propio hermano; así que le endilgó de una vez unas pastillitas con las que tendría que vivir todos los días hasta el fin de su vida.
Se empezó a sentir agorzomado, atarantado, lento, torpe. Para colmo, solía llamar a su chica por las noches para saludarla, pero un día no le respondió. Dieron la una, las dos y las tres y anda vete de la chica. “Ya me bateó –pensó-, tiene una niñita que debe llevar a la escuela temprano en la mañana, y si no está, la ha de haber dejado encargada para irse de juerga con otro tipo… ¿Y qué tal si tuvo un accidente?”. Nada de eso había sucedido, era sólo que la línea telefónica había sufrido un desperfecto y al ineficiente y malo monopolio Telmex no le había dado la gana reparar la línea de la chica ¡en ocho días! Asimismo empezó a imaginar que lo correrían de su trabajo.
Para fortuna del infortunado cincuentón con súbita disfunción eréctil, tuvo que viajar a Centro América y ahí conseguir el medicamento para la hipertensión que le había recetado su hermano. Como por ahí si había reglamentos de salud que se cumplen y se hacen cumplir por las autoridades y no hay paternalismo con los ciudadanos, los medicamentos traen dentro un extenso papelito con la posología: contenido, indicaciones y contraindicaciones, para qué pacientes son, efectos colaterales, etc. Y ahí leyó que las mentadas pastillitas causaban impotencia (sic), confusión mental, mareo, pérdida de atención.
Se puso como olla exprés a punto de estallar de la furia. Se lo comentó a su chica quien con gran sentido común le invitó a que dejara de tomar el medicamento y consultara a un cardiólogo directamente.
Para todavía mayor fortuna del infortunado la consulta fue con el Jefe de Cardiología del Hospital de Especialidades del IMSS. El doctor Lepe, muy amigable, le conminó que le contara todo el cuento. Le tomó la presión con un baumanómetro profesional, de los que deben usarse con estetoscopio, la presión del sujeto estaba como en su mejor momento juvenil; el electrocardiograma podría haber sido el de Edmundo Hillary después de conquistar el Everest, de pelos. Y, para no dejar nada al azar, el especialista sugirió una ecografía para “ver” las válvulas mitral, aórtica, pulmonar, ventrículo izquierdo y pericardio. No había insuficiencias, y para mayor ítem, el fumador por cuarenta años tenía su válvula pulmonar ¡normal! En su “quimica de la sangre” la glucosa estaba en su nivel, urea, creatinina, ácido úrico, colesterol; eso sí, los triglicéridos (grasa) estaban por encima de lo normal pero nada grave que no se remediara con dieta y ejercicio.
Todos los fantasmas del paciente con disfunción eréctil se desvanecieron, le retornó la alegría por la vida, su trabajo y se ocupó de amar, querer y desear a su chica.
Moraleja del cuento: tú puedes creer lo que se te de la gana, y los demás también, imaginarte lo que quieras, pero la ciencia como pensamiento y práctica es confiable, bastante precisa y funciona. Datos confiables, evidencias, pruebas. ¡Consulta a tu médico! no al chamán o al tío del sobrino del cuate que no vino a la fiesta.
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