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Entre los años ochocientos noventa del siglo diecinueve y principios del explosivo siglo veinte, las teorías de los biólogos de ese entonces parecían haber puesto un dique a una explicación sencilla, confiable, del fenómeno de la vida y su origen, sólo lo vivo sería capaz de construir más vida.
Lo “inerte”, lo material, lo inorgánico era “otro mundo” que nada tenía que ver con lo vivo. No era una pregunta inoportuna preguntarse entonces ¿de qué está constituido lo “orgánico”? Ya sabíamos que de átomos, de elementos que ya conocíamos en su mayoría, ya estaban clasificados y caracterizados en una tabla periódica de don Mendeleyev.
Cuando se descubría en la física y en la química uno nuevo ya se podían prever, esperar, sus características, cuántos electrones, cuánta masa y su número atómico. Lo “organico” nada parecía tener que ver con aquello.
Sin embargo, faltaba considerar otros razonamientos y preguntitas emocionantes. Ya sabíamos desde don Galileo (y se sospechaba antes que él) que este era un planeta acompañado de otros más y girábamos con ellos alrededor de una estrella.
Queríamos explicar lo “orgánico” y lo “inorgánico” sólo dentro de los límites del planeta ¿y de puertas para afuera, qué onda, de qué está constituido “aquello”?
En principio, las mentes inquisitivas de los ya prestigiados “científicos” tendrían que echar abajo las fronteras mentales si querían explicarse aquella disyuntiva y magnífica pregunta (que hasta los pequeños se hacen), ¿qué fregados es la vida?, ¿dónde empiezan los organismos que parecen ser los exclusivamente capaces de fabricar más vida? ¿De qué están constituidos? ¿Qué tienen los átomos que ver con eso?
A algunas mentes libres y brillantes como la de Oparin (El Origen de la Vida) se les ocurrió reflexionar a partir de otras disciplinas científicas, derribando con tal pensamiento los cotos privados de química, física, biología de vecindario.
Los astrónomos ya aplicaban la física fuera del planeta desde hacía siglos, es decir, ya habían ido más allá de qué son esas cosas de allá afuera y qué posición tenían en la bóveda celeste para pasar a indicios sólidos de que allá afuera las estrellas fabrican materia, los elementos de la tabla periódica de Mendeleyev; que había galaxias atiborradas de estrellas grandes, chiquitas, medianas, gigantes, polvo y gas, a tremebundas dimensiones, velocidades y extraordinarias e inimaginables distancias.
Con la mismísima física construida en el planeta y con unas cuantas herramientas básicas cada vez más precisas y sofisticadas: teóricas y técnicas.
Nuestra estrellita (en verdad es de las pequeñitas) era una voluminosa masa de hidrógeno básicamente, tanto, que sus átomos se aplastaban unos con otros hasta vencer su resistencia y fundirse, liberando energía en infinidad de manifestaciones, y transformándose en helio; éste, a su vez, en otros más. Todo ello con reglas muy sólidas y confiables, cuántos electrones para tanta masa “positiva” de los núcleos, reglas para fundirse, reglas para saber en qué se transforman los fusiones.
Pues nada, allá afuera estaban el hidrógeno, el helio, el carbono, el nitrógeno, el oxígeno, algunos de estos constituyentes de “vida” y otros, allí estaban las bases de las sustancias “orgánicas” ¡y su origen no era “biogenético”! que según los biólogos terrícolas de aquél entonces les otorgaban la exclusividad de constituir vida.
No obstante, allá en el espacio prevalecía un ambiente que aún parece excluido -hasta donde hoy tenemos evidencias- de toda posibilidad demostrable de que ahí hubiera seres vivos.
En las sustancias orgánicas, ya se sabía, el carbono está combinado con otros elementos: como el hidrógeno y el oxígeno (ambos combinados formando agua), con el abundantísimo nitrógeno del aire terráqueo; con azufre, con fósforo. Las diversas sustancias “orgánicas” no eran, no son otra cosa que combinaciones de estos elementos, eso sí, en todas ellas estará el carbono como elemento básico.
El espectroscopio, lo mismo nos había permitido estudiar las fórmulas y composición química de los materiales y seres vivos del planeta, que de igual modo las atmósferas estelares. El carbono estaba presente en la atmósfera de las estrellas tipo 0, las más calientes entre 20 y 28 mil grados, a esa temperatura no prevalece ninguna combinación química; tampoco en las estrellas tipo B, entre 15 y 20 mil grados, pero donde hay vapores incandescentes de carbono… Nada “orgánico” produce allá el carbono.
¿Dónde empezaba entonces la “vida”, incluyendo lo “humano”?
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