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Un día tomas un mapa del país, cierras los ojos y dejas que tu dedo y la fortuna decidan tu próximo destino. A Cher, en Sirenas, esa decisión la llevó a mudarse de casa y cambiar a sus hijas de escuela por enésima vez. A mí sólo me llevó por unos días a Los Ángeles Locos, pero ese viaje ha sido uno de los mejores de mi vida.
Los ángeles locos es una playa hermosa. Está en la Bahía de Tenacatita, en Jalisco. El mar es bravo porque es mar abierto, pero también hay un estero que regala sus aguas dulces a ese mar inquieto como para endulzarle un poco el genio, y con ese sencillo hecho, genera más milagros de la vida. En ese estero hay camarones y muchos otros frutos del mar que a mí me encantan.
Llegué a un hotel enclavado en un risco que domina toda la bahía: Punta Serena. Las fotos de Internet prometían un oasis, pero lo que hallé ahí fue mucho, mucho más. Debo confesar, sin embargo, que lo que me decidió fue leer que sólo tiene 24 habitaciones y por supuesto, un Spa.
No estaba preparada para esa maravillosa vista, para la marea, las garzas, la luna y los atardeceres. No estaba preparada para que me dieran un masaje especial al arrullo de las olas, ni para dormir bajo el sol tantas horas seguidas, pero pasó. Simplemente llegó.
Me divertí mucho porque a la gente le llamó la atención que fuera sola, especialmente porque (me dijeron cuando llegué) es un hotel para parejas y sobre todo, porque resultó ser un “hotel nudista”.
“Puede ir sin ropa en todas las áreas excepto en el restaurant”, me dijo Manuela, la recepcionista, a mi llegada. No tenía idea pero como a donde fueres haz lo que vieres, un buen día me quité los trapos y me tendí al sol como los voluntarios de Tunick.
Es reconfortante ver cuerpos reales que gozan de la comida y la bebida sin recatos. Basta llamar al mesero o presentarse al bar para tener todo lo que uno quiere, desde un jugo de papaya hasta margaritas, quesadillas, ceviche, guacamole, filetes o todo lo que a uno se le antoje y pueda comer.
Un sueño hecho realidad, pero lo que verdaderamente permea es la tranquilidad, la paz que se vive cuando uno deja que el mar le arrulle, que las olas te cuenten sus secretos y el agua se lleve las penas.
Salí de ahí serena y tranquila, aunque no curada del todo. No importa. Llené mi dije de jade chino con luz de luna llena que me acompañará en los momentos difíciles, especialmente en este trance que es volver al trabajo.
Ni hablar, hay que dejar atrás la buena vida y retomar el camino, pero nunca olvidaré el último atardecer: desde el jacuzzi que se alza como vigilante de la bahía esperaba la puesta de sol. Mientras éste se resistía a desaparecer, una enorme luna plateada me saludaba desde el lado contrario. Así le dije adiós a Los Ángeles locos, y dije también, como dice Cerati: “Ahí vamos”.
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