El olfato ¿un invento cultural?
S. G. L.
Nuestra nariz puede reaccionar fácilmente ante una sustancia volátil (o que fácilmente se evapora). O dicho de otra manera: una reacción química puede estimular al sentido del olfato, es decir, activar a un grupo de las más de diez millones de células que dan forma al epitelio olfativo —nombre del tejido sensible a los olores—, epitelio o mucosa localizada en ambos lado de la cavidad nasal.
Según los que saben del tema, el sistema olfativo es uno de los más primitivos en el desarrollo filogenético: se supone que es, entre los sentidos, uno de los primeros que aparece en el desarrollo evolutivo de las especies, por lo menos de los vertebrados. Es curioso, sin embargo, que se considere que oler no fue tan importante para la supervivencia de la especie humana y, en cambio, si fundamental para otros animales “inferiores” o colocados por debajo de hombres y mujeres en la escala filo-genética.
Como clasificador (algunos le llaman el padre de la taxonomía), Linneo —el botánico sueco, no suizo como Pablo Fernández escribe en su libro Los objetos y esas Cosas (pag. 39, párrafo 3)—, en el siglo XVIII, tiene ya una clasificación de siete olores extendida a nueve por Zwaardemaker en 1895, lo cual quiere decir que es más o menos hasta el siglo XVIII que el olfato se considera un sentido, o como dice Pablo Fernández, una percepción por sí misma o lo que significa que no basta poseer un sistema olfativo con sus diez millones de células y otras cosas.
Parece ser que tener sentido del olfato demanda no sólo reacciones químicas que estimulen el epitelio olfativo, sino un medio, una cultura que intente definir que le gente puede oler como una acción distinta a, por ejemplo, mirar. Después de todo, del torrente de reacciones químicas que dan paso a miles de olores, nuestro sentido del olfato sólo “puede percibir” aquellas sustancias volátiles que el lenguaje clasificatorio de Linneo, Zwaardemaker o de la teoría llamada estereoquímica (estudio tridimensional de las moléculas de los compuestos químicos) han tenido a bien emplear.
¿Plagio o inspiración?
En el libro Los Objetos y las Cosas, el autor, Pablo Fernández Christlieb alude brevemente al tema del olfato. Conocedor del libro El perfume y el miasma escrito por Alain Corbin, Pablo Fernández asegura que Patrick Süskind saca su material del libro del historiador francés. ¿Süskind se inspira o hace pasar El perfume y el miasma como su novela El Perfume?
En la columna “Hollywood & Wien”, publicada el lunes 29 de enero de este año en el periódico El Financiero, José Felipe Coria afirma que Patrick Suüskind era nada más ni nada menos que el editor de la compañía editorial que rechazó el manuscrito del historiador francés. ¿Süskind conoció anticipadamente el manuscrito de El perfume y el miasma? Y si la respuesta es sí: entonces ¿el autor alemán se inspiró o digamos tomó como suya una obra que no le pertenecía? Si tiene sentido esta última pregunta ¿qué significa exactamente hurtar una obra historiográfica si el supuesto plagiario es un escritor de novelas y obras de teatro?
Aromas de mujer
A. G. M.
Patrick Süskind y Tom Tykwer (director de la película) acometen el desafío de expresar con palabras o con imágenes las indescriptibles sensaciones del olfato. Lo mismo hacen para ganarse el pan los fotógrafos publicitarios. ¿Con cuánto ingenio o con qué pereza? A continuación miramos tres anuncios de perfume.
Cinéma de Yves Saint-Laurent promete “una Navidad de estrella” a quienes usen la fragancia. Pero ser una estrella significa ofrecerse como regalo (con gran moño y todo) al olfato de los hombres que resultan ser el mismo: esta chica-ofrenda ni siquiera quiere darse a muchos, ni a cualquiera, sino al solo y único señor de sus pensamientos, que la mira desde muchos ángulos para afirmar su plena posesión de ella.
In Black J. Del Pozo ofrece una mujer de chocolate flotando entre velos, flores y palomas, volátil cual perfume, cual sustancia exótica del trópico, exactamente a tres milímetros distancia de los estereotipos más crasos del racismo.
¿A qué quiere oler ella? Eso lo define ella, múltiple en su galería de espejos, diversa de sí misma, rotunda, ocupada en definirse y explorarse. Fascinar a otros será consecuencia colateral de sus aventuras en el mundo. El perfume le gusta a ella, por ahora corresponde a una de sus ideas de sí misma. Su personalidad es tan poco definitiva como un rumor, pero en cada uno de sus avatares mira desde el centro de su mundo.
Rumeur, de Lanvin,
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