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Foto: indy.org. El violinista Joshua Bell durante un concierto |
¿Qué pasaría si un virtuoso del violín, una joven celebridad mundial, decidiera tocar en el metro? Muy sencillo: la gente lo ignoraría. No es conjetura. Pasó en Washington.
La idea de realizar el experimento musical se le ocurrió a Gene Weingarten, un redactor del Washington Post y el virtuoso seleccionado fue Joshua Bell, quien accedió tocar de incógnito en la estación de L'Enfant Plaza, en el corazón de Washington, donde se encuentran las oficinas del gobierno Federal.
Prácticamente nadie ‘peló’ a Bell, quien hoy recibirá el premio Avery Fisher, el más importante de la música clásica en Estados Unidos. Por su actuación anónima en el subterráneo merecería también el premio de la humildad.
Para ver la actuación competa en cámara rápida haga clic aquí. (Si quiere leer la nota entera del ‘Post’ puede desplazar hacía arriba con el cursor y encontrará otros tres videos con fragmentos significativos del improvisado concierto)
De las mil 97 personas que pasaron a su lado durante los 43 minutos que duró la audición (que inició a las 7:51 de la mañana e incluyó la chacona de la Partita número 2 en re menor de Johann Sebastian Bach, el Ave María, de Schubert y la Estrellita, de Manuel M. Ponce) sólo siete se pararon a oírlo. De ellas, sólo una mujer lo reconoció y 27 le dieron alguna moneda o billete (de baja denominación, porque en total recaudó 32 dólares y 17 centavos que fueron a parar a la beneficencia).
Para escuchar el concierto completo haga clic aquí. (Incluye el ruido ambiental, chirrido de puertas, murmullos, gente que camina apresurada…)
El diario le preguntó a Leonard Slatkin, director de la Orquesta Sinfónica Nacional de Estados Unidos, cuántas personas creía que se pararían a escuchar a un virtuoso en el hipotético caso de que se pusiera a tocar en el metro y unas mil personas pasaran a su lado. Slatkin calculó que entre 75 y 100 personas harían una pausa para admirar la música del virtuoso aunque no supieran quién era. Y aventuró que recaudaría unos 150 dólares en una hora. Cuando le dijeron que no era un caso hipotético Slatkin exclamó “¡¡¡No!!!” al enterarse que el intérprete había sido Joshua Bell.
Pero es probable que muchos de los que pasaron al lado de Bell y su maravillosa música sin inmutarse, se asombrarían más al saber que tocaba un Stradivarius de 1713 valorado en 3.5 millones de dólares, que de haber caminado en el metro al lado de un joven prodigio de la música considerado como el mejor de su país y uno de los grandes del mundo.
Ni modo, como dicen los franceses, la vida en la gran ciudad es “metro, boulot, dodo”, que bien podría traducirse como “metro, chamba y a dormir”. Cualquier desviación de la rutina está rigurosamente prohibida… por la misma rutina autoimpuesta.
Y total, ¿para que tanta prisa, si al final todos nos vamos a morir? Por lo menos hay que hacer una pausa y disfrutar la belleza en los raros momentos en que ésta se presenta. ¿O es que ya estamos muertos y no nos hemos dado cuenta?
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