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En fecha anterior, este blog de La Primera Dama
presentó la portada de la novela que recientemente acaba de publicar nuestra
querida integrante del colectivo, Adriana González Mateos. Sin afanes de nepotismo,
lo decimos con toda honestidad, sino de compartir otras lecturas y hacerlo de
la manera más amplia posible, se nos ocurrió hacerle una entrevista a seis
manos, así que ahora les presentamos el resultado, sin olvidar recomendarles
que, ya estando en las librerías, los invitamos a leer la novela, y después a
compartir sus impresiones con nosotros: no lo dude, sus comentarios serán
recibidos por la autora, con toda certeza.
La Primera Dama: Tu nueva novela, El lenguaje de las orquídeas,
aborda un tema espinoso: el incesto. ¿Por qué tu interés en él, cómo te
resolviste a abordarlo?
A. G. M.: Era un desafío literario,
ya que estas historias pertenecen al ámbito de lo que no se dice. Son historias
censuradas, en torno a las cuales hay un área muy densa de cosas que "ya se
saben", es decir, muchísimos lugares comunes que inmovilizan a los personajes y
los convierten en estereotipos de cartón. Para mí era un reto encontrar las
maneras justas de narrar esta historia, de manera que no se traicionara la rebeldía
de la protagonista y se preservara su visión crítica de la familia. Por
supuesto, era un desafío que me interesaba vitalmente, debido a la raíz
autobiográfica de la historia. Era importante para mí narrarla desde mi propio
punto de vista y así construir la autonomía de la protagonista.
La Primera Dama: El incesto, en este caso, conduce a otro tema tabú:
el de la sexualidad de los niños y de los púberes. ¿Qué idea sobre el asunto
tenías cuando concebiste tu personaje central?
A.G.M.: Es un tema crucial, sobre
todo porque el personaje es una niña, no un niño: eso quiere decir que, o bien
su sexualidad es culturalmente negada para considerarla una virgen inocente, o
bien es percibida como una nínfula: una púber inquietante, que al fin y al cabo
es una fantasía masculina. Pero la voz de la nínfula casi no se ha oído. Me
interesaba explorar a la niña como sujeto de su sexualidad, capaz de desear a
un hombre adulto y capaz de asumir la responsabilidad de ese deseo, hasta el
punto de ir a encontrarse con él en un departamento donde estarán solos. Por
supuesto, eso produce un personaje incómodo, pues no es una víctima arrollada
por el deseo del otro.
La Primera Dama: ¿Puedes ampliar ese punto? Tu personaje no se asume
como una víctima, el proceso de su sexualidad reviste incluso visos de
rebelión. ¿Es esto así?
A.G.M.:
Definitivamente. Aunque tiene trece años, ya ha leído, por ejemplo, una novela
de Herman Hesse y se pregunta si debe seguir la moral convencional o si puede
crear su propia idea del bien y del mal. Busca en las librerías a Simone de
Beauvoir y va a ver el teatro de Ibsen. Una de las muchas cosas que la atraen
hacia su tío es que él es un activista y participa en el movimiento del 68. La
protagonista es un personaje con la edad perfecta para rebelarse, y trabaja en
ello con bastante seriedad, aunque su idea de las cosas sea un tanto romántica
e ingenua. Tener una relación de amante con su tío le parece una manera de
oponerse al orden de su familia, que es muy estricta y conservadora.
La Primera Dama: Hay una carga de violencia muy singular, una
violencia que permea las relaciones familiares pero también la misma
sexualidad, ¿qué tipo de violencia es y qué importancia le atribuyes?
A.G.M.: Empecé a escribir la
novela cuando leía un libro fascinante, Over Her Dead Body, de Elizabeth Bronfen, un estudio sobre la
muerte de las mujeres en el arte del siglo XIX. Ya antes había escrito un
cuento que ahora forma parte de la novela, titulado Toros, en el que se
yuxtapone una escena sexual entre los protagonistas con una corrida de toros;
ambas escenas acaban ahogadas en sangre. Quizá por el secreto que rodea al
incesto y lo convierte en una zona límite, donde los personajes imaginan que
todo está permitido, o porque el incesto se da en una familia muy conflictiva,
el sexo está imbuido por la violencia. El deseo entre los personajes es también
una fascinación por el dolor. Es posible que en nuestra cultura ciertas
intensidades sexuales estén siempre en la frontera con otras sensaciones
intensas, como el dolor, y muy cerca de la muerte. De cualquier forma, la
primera escena del libro coloca a la protagonista frente a frente con una
radiografía de su cráneo, con su propia calavera.
La Primera Dama: ¿No temías caer en cierto tremendismo, en cierto
moralismo?
A.G.M.: Por supuesto que sí. Por
un lado, como ya hemos dicho, está el peso de los lugares comunes, que definen
a la protagonista como una víctima, lo cual es una manera de asimilarla y
convertirla en un personaje más domesticado. Incluso ahora, con la novela ya
publicada, me he dado cuenta de que en algunas entrevistas se impone el punto
de vista del entrevistador, que por ejemplo diagnostica que la protagonista
sufre el síndrome de Estocolmo (algo que sucede en campos de concentración,
donde los prisioneros a veces se enamoran de los torturadores). Es difícil
aceptar que una niña pueda llevar su rebeldía hasta el punto de involucrarse
sexualmente con su tío. Me preocupaba evitar el sentimentalismo, (la pobre
chica es una inocente víctima) pero también el moralismo: no es fácil narrar
cosas tan inexplicables como la atracción sexual, sobre todo entre personajes
que la tienen prohibida. Es difícil aceptar que no hay explicación para algo
tan intenso y determinante en nuestras vidas. Y tampoco quería invitar a un
espectáculo pornográfico (me preocupaba la integridad de la protagonista) ni
adecentar la historia, que necesitaba tener una fuerte carga sexual.
La Primera Dama: El primer título de la novela era significativo: Una
pasión educativa. ¿Por qué? ¿Qué aprendió el protagonista?
A.
G. M.: Aprende
que su rebeldía es ingenua. Le parece haber hallado la fórmula perfecta para
transgredir al violar las reglas morales y las convenciones de su familia, pero
se encuentra con la obligación de guardar el secreto y llevar una doble vida.
Aprende así que el orden que quería subvertir es mucho más sólido y resistente
de lo que se imaginaba. Como sigue sin querer aceptarse como víctima, va
afinando su visión de lo que la rodea; va cambiando su idea de lo que implica rebelarse.
Creo que así entiende mejor, por ejemplo, qué densas redes de complicidad e
interés mantienen el secreto sobre historias como ésta. Aprende que una familia
"decente" se mantiene a costa de estos silencios y estos sufrimientos. Por
suerte, la historia sucede en la época actual, cuando muchas de esas
estructuras tan rígidas van cediendo. Su posibilidad de contar la historia es
parte de un gran proceso colectivo de apertura.
La Primera Dama: ¿Quisieras relacionar esto con el epígrafe de la
novela, que es una cita de Judith Butler?
A.G.M.: Sí: el epígrafe dice: I am not fully known to myself, because part of what
I am is the enigmatic traces of others
(No me conozco del todo, porque parte de lo que soy es las enigmáticas huellas
de los otros). Ante todo, me encanta ese caos gramatical: "lo que yo soy es".
Como si desde siempre, parte de cada uno es ya los demás, lo colectivo, y al
mismo tiempo, extraño, enigmático para "mí". Quiero pensar que "nosotros",
colectivamente, hemos empezado a entender lo nocivo y costoso de estos secretos
que permiten abusos y, sobre todo, mantienen un orden abusivo, cada vez más
innecesario: las familias están cambiando, son diversas, cada vez somos más
capaces de aguantar y decir muchas verdades. Ya no necesitamos desempeñar los
papeles impuestos por las familias conservadoras, que ya las cansan hasta a
ellas. Creo que empezamos a ser más capaces de vivir con libertad sueños
distintos, y en este proceso me parece importantísimo adquirir la capacidad de
hablar de ellos, de nombrarlos.
Y si quieres saber más, te invitamos a la presentación de
El lenguaje de las orquídeas
Viernes 23 de marzo, 17:00 hrs., Instituto de las Mujeres del D.F. (Tacuba 76, 2o. piso, esquina con Palma, Centro Histórico).
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