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¡En Ipanema, listo para el desfile de carnaval! |
Alguna vez escribí que la pasión argentina por quejarse es tan grande que se quejan de que se quejan. La mitad del país está formada por psicólogos y la otra mitad por pacientes. Son analíticos descarnados, pasan del realismo para arrojarse en un solo grito por el despeñadero del naturalismo, el tango es la única manera de consolarse porque con él uno “se alegra de estar triste”. Y envidian a los brasileños. Los ven hacia abajo, pero se mueren de ganas por tomarse las cosas como ellos. Charly García reclama en una de sus canciones: “¡La alegría no es sólo brasileira!”
Porque los del país de la samba son la otra cara de la moneda. A Reinaldo Santana, un negro genial, director carioca (por cierto… cariocas son sólo los de Rio… las demás regiones tienen otros gentilicios) de teatro, me encanta provocarlo recordándole que todo aquí es “Brasil… la la la la, qué felices somos… estamos contentos porque somos brasileiros… y somos brasileiros porque estamos contentos… la la la la”.
Su alegría y su buena onda es contagiosa. Todavía más en estos días en los que el carnaval no ha comenzado oficialmente, pero en los hechos la gente ya inició las amistosas hostilidades, los blocos (grupos de samba), grandes y pequeños, marchan todos los días por calles y avenidas (guaaau… ¡¡¡La Banda de Ipanema por la playa!!!), seguidos por multitudes que en el caso de la Bola Preta suman hasta 200,000 personas (los blocos más importantes de plano están confundiendo a los foliaos –aficionados--, cambian los horarios y hacen trucos para evitar que vengan tantos), los botecos (baretos de esquina) se animan con percusionistas improvisados, los vecinos hacen ritmos en los portales o desde sus balcones… y la ciudad está disfrazada, hay que llevar cuando menos un antifaz o una diadema de pelotitas en la cabeza, o la “fantasia” (disfraz) completa en el metro, que se llena de baile y cánticos.
Ésa es la parte positiva… la negativa es que uno no deja de pensar que la música brasileira se pasa de superficial. Está bien la alegría, pero… joder, ¿es que no se dan cuenta del país en el que viven? Reinaldo y sus amigos hacen esfuerzos para acordarse de alguna canción que trate un tema complejo, una pena de amor, un problema social.
Después de tantas vueltas, no había estado en una situación en donde sea tan evidente la incapacidad del Estado de controlar las cosas, el poder territorial del crimen organizado, la acción de fuerzas de choque autónomas, la desesperanza del ciudadano común, la violencia enloquecida e innecesaria de los agresores…
Acaban de matar a un niñito de siete años, Joao. Tres adolescentes, uno de ellos menor de edad, atacaron su auto cuando su madre estaba detenida en un alto. Ella se bajó tan rápidamente como pudo, pero Joaozinho estaba atrapado por el cinturón de seguridad. No lo pudo liberar y los bandidos arrancaron, con el pobre niño colgando fuera del coche. Corrieron a lo largo de siete kilómetros con un pequeño ser humano convertido en un fardo de sangre, por las avenidas de Rio. Nadie los detuvo. Una mujer les dijo algo, pero la amenazaron con una pistola. Finalmente abandonaron el vehículo y lo que quedó de Joaozinho. Y uno de ellos quedó tan tranquilo que fue más tarde a reunirse con sus amigos, donde fue capturado. Finalmente cayeron todos (con dos cómplices más), con la ayuda de los padres de dos de ellos, asqueados por el crimen.
La reacción de la sociedad fue de conmoción. Pidieron mano dura. Y los políticos prometieron que la tendrían. Y se repitió un show de autoconsumo que se repite periódicamente, cada vez que pasa algo así de grave, y que no conduce a nada, porque en realidad el Estado carece de la fuerza para imponer las leyes existentes (los analistas más fríos dijeron que no hacía falta cambiarlas, sólo aplicarlas).
Esto parece una película. Grupos de policías y expolicías, llamados “milicias”, atacan favelas (enormes asentamientos informales) y expulsan al narco de ellas. Los traficantes se organizan y contaatacan. La prensa anuncia lo que va a ocurrir cada día: “se espera que la banda tal se reúna en la favela X para ir a esta otra favela y atacar a los milicianos por tal puerta”. Ocurre, los periodistas están ahí, lo registran. ¿Y la policía? Hay una guerra de grupos rivales a plena luz del día, todo el mundo sabe cuándo y cómo, ¿y la policía no se presenta? Los comandantes hacen declaraciones, afirman que combatirán a unos y a otros, pero hay batallas cada semana. La prensa estima en unas 90 las favelas tomadas por las milicias. Varios centenares siguen en poder de las mafias. ¿Y el Estado?
Makieze es una adorada amiga de México que está ahora en Rio y me aloja en su casa. Está haciendo una tesis de maestría e impulsando proyectos en una favela, Cantagalo, que linda con las famosas playas de Ipanema (donde vive Makieze) y Copacabana. He subido al morro con ella varias veces. Por ahí hay una casetita de policías. Pero los señores no están dispuestos a dejar la vida a cambio de nada. No se meten. Jóvenes armados con pistolas y fusiles automáticos se mueven con toda libertad, controlan esquinas, consumen drogas, vigilan a los extraños y nos hacen saber que ellos son los que mandan ahí, que lo mejor es no meterse.
Quien vive bajo su dominio tiene que respetarlos. Si hay problemas con ellos, lo de menos es recibir la orden de marcharse para siempre. La prensa registró el momento en el que la policía, en lugar de evitar la injusticia, protegía a una familia que sacaba sus pocos bienes para escapar e ir a refugiarse quién sabe a dónde, porque el “dueño” (jefe mafioso) de la favela los expulsó. Pero no siempre hay fotógrafos y agentes, muchos tienen que irse con lo puesto o tratar de llevarse sus cosas bajo el peligro de recibir un balazo. A otros les va peor y los suben a la cima del morro, donde hay hornos para asarlos vivos.
Con las milicias es sólo un poco mejor. Porque sus miembros no preguntan, torturan a gente por sospechas, matan por denuncias sin comprobar, y si bien impiden el tráfico de drogas, imponen sus propios sistemas de corrupción y su orden sin ley.
Aquí todo es reventón, no obstante. En épocas de pre-carnaval, vivir en la favela es vivir en el ritmo: la escola de samba ensaya en la “quadra”, donde también lo hace la batería (digamos, de 30 a 100 percusionistas), se hacen fiestas de funk una noche a la semana, de samba otra… la calma es inexistente. Y debajo de la favela, donde estamos los “moradores do asfalto” (los no favelados), las cosas también se calientan y los cariocas se las arreglan para convivir con los turistas nacionales y extranjeros que empiezan a invadir la ciudad por miles, nos vamos a la playa a beber caipirinhas y a bailar capoeiras, nos movemos con cuidado de que no nos asalten, corremos en autobuses cuyos choferes están íntimamente inspirados por Ayrton Senna da Silva, vamos a los bares de Lapa a bailar forrò y salsa, cruzamos informaciones para adivinar dónde y cuándo sale tal bloco, en fin… ¡¡¡Esto es Brasil y estamos en carnaval!!!
2 NOTAS 2: En mi travel blog, ya está lista la segunda parte del viaje por China. Un tanto atrasado, pero con muchas, muchas fotos. www.travelblog.org/bloggers/temoris
Esta vuelta al sur del mundo se acaba la próxima semana. Paso a Venezuela a conocer a Roura, la hijita de Domingo, hago escala en Panamá y de ahí a México.
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