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¿Cuántos sueños han volado hasta la Patagonia? Es una de las pocas regiones casi mitológicas del siglo XX, un lugar con un nombre evocador y extensiones maravillosas. El aire es el más limpio y claro que he visto en mi vida, aliado genial para apreciar al detalle las bellezas del extremo del mundo y descubrir que si es cierto que las letras me han comido los ojos, es el ambiente polucionado del resto del mundo el que nos confunde y hace pensar que el horizonte está más allá de la vista y el polvo. Lejos está el tiempo en que el barón de Humbodlt describió al valle de México como la región más transparente del aire. Hace 201 años. Hoy, no descansaría hasta encontrar el más auténtico privilegio de la visión que es la Patagonia.
Crucé los Andes desde Pucón, Chile, bordeando un gran cono nevado, un volcán de trigonometría perfeccionista, el Lanín, justo sobre la frontera. Y pasé a Bariloche, en el distrito de los lagos: siete cuencos acuáticos forjados por glaciares desaparecidos, contrastados por la gran cordillera de alturas blancas y marcados por profundos reflejos azules.
33 horas de autobús al sur, El Calafate es la puerta al Perito Moreno: quien quiera que piense que el glaciar Franz Josef (ver mis posts de Nueva Zelanda) es una maravilla, le hace falta ir allí a ver al papá de todos los hielos continentales extra-antárticos: si el FJ tenía 200 metros de anchura, éste tiene 5 kilómetros; si en el primero me asustaron los fragmentos de hielo que vi caer, aquí se desploman toneladas que levantan oleajes enormes en el lago.
Poco tiempo y dinero: más allá está Ushuaia, el fin de América, la ciudad más austral y… puerta de la Antártida... pero éste no es el viaje en que iré al continente blanco, ése tengo que prepararlo con calma y dedicación. Queda Ushuaia para entonces.
De regreso al norte, Puerto Madryn, cancerbero de la Reserva Faunística de la Península de Valdés: pingüinos, ballenas francas que se acercan al bote a saludar, leones marinos bebé... y las grandes orcas que se arrojan a las arenas de la playa a cazarlos.
Esta parte de mi viaje ha estado marcado por dos relaciones nacionales muy fuertes: con Italia y con Irlanda. Con los naturales de ambos países siempre me he entendido bien. Debo haber estado cuatro o cinco veces en el primero y aprendí la lengua, que me fascina. Nunca he visitado el segundo, pero la historia de la lucha de muchos de sus nacionales al lado de los mexicanos en la guerra de 1846-48 me une a él, y además, a pesar de ser una isla tan poco poblada, los irlandeses abundan en el mundo y con frecuencia he compartido muy buenos momentos con ellos. Ahora encontré dos grupos estupendos (Andrea, Nicola y Dávide, por la bandera verde, blanca y roja; Colm, Vinny, Eoin, Allan e Ian, más Tony y Wolfie por la verde, blanca y naranja; yo aporto el águila y la serpiente) y este viaje se repartió en fragmentos que pasé ora con unos, ora con otros (nunca me ha gustado esta formulita de “ora esto, ora l’otro”, pero ora así salió), más un tiempo que pasé en Bariloche con mi querido amigo Chonci, el patagón que conocimos el Chino y yo en Turquía, y un necesario descanso aquí, en Puerto Madryn, que uso para escribir.
Ya estoy bien metido en la América nuestra, última etapa de mi viaje. Sigue Buenos Aires y después, Brasil, Venezuela, Panamá... y México.
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