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“Yo pisaré las calles nuevamente...” Aquí estoy. Santiago de Chile. Ya fui a la Plaza de Armas, a La Moneda, a los museos... No sé cuántas veces habré pensado en venir algún día. Como tantos otros, crecí con las canciones de la Nueva Trova. Una de las primeras canciones que aprendí fue “Santiago de Chile”, de Silvio... demonios, ahora apenas recuerdo la letra… “Allí amé a una mujer terrible, llorando por el humo siempre eterno, de aquella ciudad acorralada por símbolos de invierno”. Con el tiempo, creo que me resultó más motivante la otra, la de Pablito Milanés: “Yo pisaré las calles nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentada y en una hermosa plaza liberada me detendré a llorar por los ausentes”. Sí. Me parece más optimista, mejor augurio de la Santiago que veo hoy.
El 19 de septiembre de 1985 fue un día clave para mí. Uno de los planteles de mi prepa había sido destruido por el terremoto y en el mío suspendieron las clases. Salía fuego de la torre de comunicaciones. Mi amiga Betty me había descrito casas derrumbadas sobre las que caminaba gente en búsqueda de personas atrapadas. La televisión me mostró imágenes que no podía creer. Necesitaba ir a ayudar, pero no sabía cómo. Fui a ver al grupo de amigos que tenía en la Plaza de Coyoacán con la idea de ver si ellos estaban formando una brigada de auxilio. No. No les importaba nada. Nada. Sólo querían tocar la guitarra y beber. Hablé con ellos, insistí: me demolió entender que estaban más muertos que los que habían fallecido bajo los escombros. Me dije que no los volvería a ver. Fue una decisión clave para mi adolescencia: mi camino futuro fue muy distinto del de varios de ellos, de quienes varios años después supe que habían caído en las drogas y algunos en la cárcel.
La respuesta llegó de donde no la esperaba, de dos hermanos, Rodrigo y Andrés Alemani, nacidos en Chile e hijos de los exiliados que llegaron a México tras el golpe de Pinochet: a ellos sí les importaba ir a ayudar. Trabajamos juntos hasta terminar exhaustos, levantando piedras, trasladando cadáveres, repartiendo víveres, cada día hasta la medianoche del día 24, cuando el gobierno de Miguel de la Madrid decidió retomar el control que por su fatal incapacidad había perdido frente a los ciudadanos e impuso el fin de la operación civil para ponerla a cargo del ejército.
Con los Alemani me involucré con la comunidad chilena en México, fuimos a fiestas, participamos en conferencias, fuimos a la Casa de Chile y coqueteamos con las primeras novias… y cantamos a Silvio y Pablo, entre otras canciones más guapachosas (les encantaba la Sonora Santanera), en el sueño de pisar un día las calles de Santiago liberada.
Tardé dos décadas en hacerlo. Y queda poco de aquello que mostraban las noticias de la época… acaso los pequeños grupos para-fascistas que todavía reivindican su amor por el dictador… ¡qué curioso! No les importan los asesinatos que él ordenó ni los relatos, documentados por una comisión gubernamental, de torturas inhumanas… no se preocupan por lo que haya ocurrido con miles de desaparecidos… a muchos de ellos, sólo los desconcertó descubrir que el dictador robó millones y que usó pasaportes falsos para sacarlos del país… a otros ni eso… y hay quienes tienen el cinismo de decir que tal vez no todo estuvo bien en su régimen, pero que encaminó muy bien la economía… Makieze, mi querida amiga mexicana, le preguntó a una chica que sostenía eso –de origen social acomodado-- si algún pariente o amigo suyo había sido víctima de la represión, y por supuesto que no… aceptó, por lo menos, que tal vez pensaría distinto si hubiera perdido a alguien… pero los que se beneficiaron de la dictadura, mientras miles eran encerrados en mazmorras, mientras que los violaban con animales y les sacaban las uñas, mientras los mataban a golpes y choques eléctricos, creen que lo importante era la economía… y más concretamente, ser del pequeño grupo privilegiado por esa economía.
Aunque ha crecido mucho, para los habitantes de grandes metrópolis latinoamericanas como Ciudad de México, Buenos Aires o Sao Paulo, Santiago nos sigue pareciendo habitable y provinciana. Tiene barrios que recuerdan Coyoacán o San Ángel, como Bellavista, o la Narvarte, como Brasil. Las Condes es el distrito financiero, más bien pequeño en comparación con lo que imaginaba, con unos pocos rascacielos de corporativos. La Plaza de Armas es extraña porque, a diferencia del esquema típico de las ciudades coloniales españolas, ahí no se reúnen el poder político y el religioso: sólo la ocupa la Catedral, en tanto que el Palacio de la Moneda, sede de la Presidencia, está a unas ocho cuadras.
Los extremos siguen conviviendo en Chile. Si hay un sector radical de derecha trasnochado, también lo hay en la izquierda y ya se sabe que cada que se ofrezca habrá provocadores y carabineros (policías) persiguiéndose por las calles. El 11 de septiembre de 1973 fue el golpe, y 28 años después, en la misma fecha, los atentados en Nueva Cork: vi una caricatura en la que un carabinero con macana y escudo y un encapuchado con una bomba molotov hacen una pausa en su persecución cotidiana para ver con caras de espanto las imágenes en la tele, que muestran las torres gemelas derrumbándose: “Esos sí juegan rudo”, parecen pensar.
El país sigue siendo marcadamente religioso. Católico, como antes, grupos de señoras recorren las calles liberadas cantando aleluyas y recordándote que debes portarte bien. Pero tampoco aquí la iglesia romana está a salvo de los cultos carismáticos. En la Plaza de Armas, por primera vez en mi vida, vi un evento de pentecostales. Colocaron un gran estrado, trajeron sonido y músicos, y un par de tipos aullaban oraciones. “¡¡¡Podrán decir que estamos locos!!!”, berreaba con la garganta a punto de reventar. “¡¡¡Pero somos nosotros quienes se van a salvar!!! ¡¡¡Ellos se van a condenar!!!” Y la gente (unas mil personas) daba vueltas como en trance, unos saltaban, otros se tiraban al piso entre pataleos epilépticos, muchos lloraban… No hay que ir a lo más profundo de las selvas africanas para ver rituales tipo vudú, aquí lo que faltó fueron gallinas para romperles el pescuezo. No he leído explicaciones psicológicas de estos comportamientos pero uno se da cuenta de que el ello primitivo e irracional sigue habitando en el ser humano.
A gusto, Santiago. Se está bien aquí. La gente habla de exceso de tráfico y de criminalidad, pero todavía falta (tal vez no mucho tiempo) para que llegue a los niveles acostumbrados en otras urbes de la región. La comida es de las peores del continente, además de cara, y el dialecto local es uno de los más incomprensibles del mundo hispano. Yo tengo cierto entrenamiento y consigo entender, pero mis amigos extranjeros la pasan terrible en ese aspecto. La gente es muy amable, en todo caso, y se las arregla para hacer que uno se sienta en casa.
Lo más importante es que parecen haber llegado a un punto de no retorno: la democracia está afianzándose. Imperfecta, pero avanza. La Concertación –la alianza de la izquierda y la Democracia Cristiana—lleva más de década y media en el poder y eso destruye a cualquier organización política: no faltan los casos de corrupción. La alternativa es un espanto, a primera vista: se trata de los partidos vinculados a Pinochet. Pero ellos mismos se han ocupado de lavarse la cara y alejarse de la sombra del asesino: los últimos tiempos del dictador se caracterizaron por las figuras políticas de derecha que lo dejaban solo. Los dinosaurios se están acabando. Se han abierto y retirado casi todos los candados que dejó el militar en la Constitución. El conservadurismo de esta sociedad ha sido tan marcado que, por ejemplo, hace apenas un par de años que se introdujo el divorcio, pero uno no puede imaginarse que un gobierno derechista lo echaría atrás. Están interesados en demostrar que han superado sus años oscuros. Y si el gobierno de centroizquierda sigue teniendo fallas –o si continúan las divisiones entre los aliados--, no deberíamos ver como un retroceso histórico que los ciudadanos favorezcan el ascenso al poder de la derecha… ésa es la democracia. Le conviene a Chile. Y a la izquierda también.
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