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Al hacer las cuentas de tantos viajes, antes de llegar a Rapa Nui, pensé que estaba llegando a Chile y que con eso sumaría ya visitas a 40 países y tres territorios coloniales. Sin embargo, por la trágica historia del lugar, por su relación con Chile y, sobre todo, por los sentimientos de sus habitantes, creo que tendremos que dejarlo, por el momento, en 39 países y aumentar a cuatro los territorios coloniales. Esto no les va a gustar a mis amigos chilenos. Pero no es conmigo con quien tienen que arreglarlo, sino con los rapanui, que son quienes se sienten colonizados.
Lo escuché primero de una joven rapanui que estudia en Nueva Zelanda y platicaba con unos argentinos al lado mío, en la sala de espera del vuelo desde Tahiti. "Yo no soy chilena, si yo no nací en Chile, po'. Soy rapanui". Venía con su hijo, de unos cinco años de edad, con el que hablaba en lo que ella llama maori, en referencia a la lengua rapanui (un dialecto del maori). No en castellano.
La chica explicó entonces cómo fue que Chile se anexó la isla en 1888 (estaba en plena fase expansionista y acababa de vencer a Perú y Bolivia en la guerra del Pacífico), bajo el único argumento de que los cañones los tengo yo y al que no le parezca, que salte para darle un tiro.
Una de las cosas que me interesaban de Rapa Nui es que es el único lugar del mundo donde la cultura latinoamericana se encuentra con la del Pacífico Sur, en el que una lengua ibérica se roza con una polinesia. Pero los rapanuis no tienen motivos para querer a los latinos.
Se trata de uno de los sitios más aislados del mundo, a 3,700 kilómetros de la costa sudamericana. Cuando los navíos europeos empezaron a llegar, en 1722, los rapanúis ya estaban desgastados tras más de un siglo de violencia intertribal. Los barcos balleneros se detenían a buscar vegetales y violar mujeres y su único aporte fueron enfermedades venéreas desconocidas para los indígenas. En 1808, un navío estadounidense, el Nancy, atacó Rapa Nui y, tras una batalla sangrienta, capturó a 12 hombres y diez mujeres, a quienes pretendía llevar a las islas de Juan Fernández convertidos en esclavos. A los tres días de navegación, las víctimas consiguieron escapar y saltaron por la borda, en un intento suicida de regresar a nado.
Los nativos perdieron toda confianza y recibieron con hostilidad a los siguientes visitantes, quienes en respuesta los cazaban a disparos, a veces por deporte. Lo peor estaba por venir, apenas: los peruanos que explotaban depósitos de guano (excremento de aves que se usaba como fertilizante) estaban padeciendo escasez de mano de obra. A partir de diciembre de 1862, barcos de esa bandera llegaron a secuestrar isleños, hasta sumar unos 2,000, que fueron convertidos en esclavos. El maltrato, el exceso de trabajo y las enfermedades acabaron con el 90% de ellos en dos años. El obispo de Tahití hizo una protesta pública y el gobierno peruano envió de regreso a los 200 sobrevivientes, pero en el trayecto se desató una epidemia de viruela y sólo 15 pudieron regresar a la isla. Ni el rey ni sus sacerdotes estaban entre ellos, las claves de su escritura y la explicación del misterio de los moais desaparecieron con ellos. Para seguir con el desastre, los retornados trajeron el desconocido virus a la isla y la enfermedad casi eliminó a la población.
El eficaz trabajo de varios misioneros recién llegados logró una rápida conversión al catolicismo de los desmoralizados rapanúis, que deseaban poner fin a las tragedias. Eso terminó de oscurecer la cultura local y su pasado, pero no sirvió de nada: el capitán del barco en el que venían los religiosos los corrió a balazos cuando decidió apoderarse del lugar. Gobernó violentamente con el título de rey hasta que algunos de los indignados rapanúis lo asesinaron en 1877. Un siglo de contacto regular con Occidente había reducido la población de 4,000 a sólo 111 entristecidas personas.
Entre 1879 y 1884, Chile ganó la Guerra del Pacífico contra Bolivia y Perú, a los que arrebató territorios. En plena fase expansionista y dueño de 6,000 kilómetros de costas, miró hacia el gran mar: Rapa Nui estaba momentáneamente libre y tenía una ubicación estratégica ideal para un puesto naval de avanzada. Con el pretexto de proteger a los nativos de nuevos males, la anexó en 1888. La transformaron en un rancho de ovejas, propiedad de un escocés que confiscó el ganado de los rapanúis, les quitó sus tierras, los obligó a construir una alambrada alrededor del pueblo de Hanga Roa y a quedarse encerrados ahí. El hambre, la lepra y otras enfermedades llevaron a la gente a tal desesperación que llegaron a solicitar al gobierno que los dejara emigrar a Tahití. La respuesta vino en 1953, cuando se negó la renovación del contrato de la compañía ovejera y la Armada ocupó la isla. Pero eso no trajo cambios y los alambres siguieron marcando los límites del ya estrecho mundo rapanúi, cuya lengua, además, estaba prohibida. Entre 1944 y 1958, 41 isleños consiguieron escapar en botes: sólo la mitad llegó hasta el archipiélago de las Tuamotu, la otra desapareció en las aguas.
Una revuelta, en 1966, forzó el traslado de la isla del control militar al civil. Además, gracias a unas expediciones arqueológicas noruegas, Chile comprendió que había oportunidades de explotación comercial. Se estableció el primer vuelo regular Santiago-Isla de Pascua-Tahití. Turistas e investigadores empezaron a llegar y surgieron restaurantes y “residenciales” (posadas) para atender la demanda. Tras un breve periodo de gobierno civil durante la Presidencia de Salvador Allende, en 1970-73, el golpe de Pinochet los volvió a someter al régimen castrense, que incluso trató de eliminar la lengua rapanui, al mejor estilo franquista. El retorno de la democracia, en 1990, significó volver a la administración civil, pero no propia ni electa por una mayoría de rapanuis: la isla depende del departamento de Valparaíso, cuya sede está en el continente, a 3,700 kilómetros de distancia: es como si Yucatán fuera gobernado desde Ciudad Juárez.
La gente sigue usando la lengua rapanui. "Es que así se habla más rápido", se disculpan amablemente cuando cambian a ella para ponerse de acuerdo entre paisanos. Cuando recurren al español, suena como el de los demás chilenos --a mis oídos, tal vez los chilenos detectan importantes diferencias--, pero muchas personas cometen errores gramaticales y les falta vocabulario: no es su primera lengua. Y sus costumbres y tradiciones, que practican con enorme orgullo, tienen mucho más que ver con la Polinesia que con las latinas.
Como es natural en los procesos nacionalistas, estos sentimientos de rechazo hacia el control chileno generan xenofobia y discriminación. Un buen hombre me dijo francamente que "toda la gente de la isla" quiere que deje de venir gente de Santiago (capital de Chile) y de Valparaíso a vivir aquí, porque "roban y engañan". Algunos rapanuis piensan que la isla debe tener autonomía. Otros quieren independencia, a pesar de que es una idea que parece a todas luces inviable.
Yo no compartiría una posición independentista, la isla simplemente no podría sobrevivir (depende del subsidio del gobierno), ni tampoco la xenofobia, por supuesto. Pero no puedo evitar simpatizar con los sentimientos de estas gentes amables. Creo que los chilenos y su gobierno deberían sensibilizarse ante los reclamos de los rapanuis, permitirles gobernarse a sí mismos, buscar la manera de hacerlos sentir integrados a la nación. De otra forma, las actitudes más insensatas podrán ganar espacios y crear conflictos que no beneficiarán a nadie. En todo caso, la historia de los isleños ha estado demasiado llena de abusos catastróficos cometidos por forasteros, como para que se les siga negando el derecho a decidir con plena libertad.
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