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Tahiti es uno de esos lugares que ganó y perdió todo cuando por azar se enamoró de él un personaje famoso que lo puso de moda. No es que esperara encontrar el mismo paraíso que fascinó a Gauguin hace casi siglo y medio, pero es que, en lo que respecta a cultura, no vi ni huella.
Tuvo que ver un poco de mala suerte, debo aclarar. El desconcertante cambio de fecha. Por supuesto que se trata de una decisión humana arbitraria, pero entre Nueva Zelanda y Tahiti (los locales pronuncian "tajiti", como palabra grave, con jota suave) está la línea internacional de cambio de fecha: NZ es el primer país que ve el amanecer de cada día --en particular, Napier, donde estuve hace diez días--, mientras que Tahiti tiene el último atardecer de la Tierra. Yo tomé el avión en Auckland, el domingo, y cinco horas después llegué a Papeete, el sábado.
Claro que el tiempo sigue transcurriendo igual para mí que para ustedes --nadie va a regresar al Jurásico dándole la vuelta al mundo millones de veces--, pero en los hechos gané un día, ya que al hacer este viaje alrededor del sur del planeta en dirección oeste-este, cada vez que avanzo se hace más temprano (y me tengo que levantar igual). Esto es, si en China me despertaba a las 8, en NZ es cinco horas más tarde, o sea, las 13. Y si quiero estar de pie temprano, tengo que recorrer mi horario personal para hacerlo a las 8 de NZ, o sea, las 3 de la madrugada en China. Así he venido haciendo a lo largo de este año y medio, recortando mis tiempos orgánicos, por lo que, cuando regrese al horario de México, lo habré movido 24 horas, un día más para mí.
Un viaje en sentido contrario, este-oeste, significa extender los horarios de sueño: es más descansado, pero pierdes un día, sales hoy sábado de Tahiti y llegas ese mismo día, pero ya es domingo --perdiste una noche de sábado, ¡oh no!--. Y cuando digo que así es más descansado es literal, porque cuando avanzas como yo, los días siempre son más largos para ti y los vuelos te dejan agotado.
En otras condiciones, qué mejor cosa para mí que pasar una noche de sábado en Auckland, salir el domingo y, ¡oh!, llegar en sábado, ¿otro sábado?, ¡a todas márgaras! Pero por motivos de viaje, precisamente, mi última noche de sábado en NZ fue muy moderada --estuve en internet hasta la 1 y bebí tres cervezas con un filipino, unos alemanes y una inglesa snob hasta las 3, en el albergue-- y la de Tahiti más --una chelita sólo para calar el ambiente local y a dormir--, dado que es un sitio estúpidamente caro que no lo merece (un chou mein con pescado que en China vale un dólar, en un puesto de-la-calle --al menos los hay-- de Tahiti cuesta doce; por una noche en una cama cucha, sin sábana ni cobija, en el dormitorio para siete personas del hostal máaaaas barato de la isla, pagué 24 dólares).
O sea, no fue nada emocionante mi doble noche de sábado. Y lo peor es que cada sábado trae consigo su pena, el domingo, y tuve ¡doble domingo!, nada hay tan aburrido como un domingo. Y en Tahiti esto adquiere su máxima expresión: ¡casi me quedo atrapado en Papeete! Todo cierra, los tahitianos se entregan a la nada todo el día, caminé hasta un extremo del pueblo para tomar "le truck" (el transporte público local, un camioncete con asientos) e ir al museo Gauguin, que está a 50 kilómetros, y a una marae (centro ceremonial polinesio) más cercana, pero no, me dijeron que en domingo no abren y que además le truck sólo da servicio local. Regresé sobre mis pasos, fui al otro extremo de Papeete, quise ir a otra población cercana y nada, la meme chose, monsieur, mon dieu!
Y la ciudad, muerta total. Por suerte, después de horas, encontré que el ferry a la vecina isla de Moorea funcionaba --por fin-- y me fui sin saber qué había allí ni qué hacer. Muy bonito el viaje de una mezzoreta, en la lejanía el perfil de Moorea resulta más atractivo que el de Tahiti, y una vez allí... ¿pa' dónde jalo? En un mapa vi que había una marae cercana, el chofer de le truck me dijo que sabía dónde era, me extorsionó con 300 francos polinesios --tres dólares-- y me bajó en cualquier sitio, donde la gente me dijo que cuál marae, que la única que había estaba del otro lado de la isla, detrás de unos volcanes...
A pasear, pues, por las casitas, la iglesia protestante (por la mañana, en Papeete, estuve en una misa de evangélicos, atiborrada, parece que aquí también le están hincando duro el diente a la Iglesia de Roma; después fui a la catedral católica de Nuestra Señora de Papeete, una virgen morena --les salió bien el truco con la de la Villa y lo repitieron allí), los ranchitos y a caminar de regreso a la gare maritime, hasta que se hizo tarde y conseguí que tres franceses me dieran aventón en un cochecito blanco. Y ferry de regreso.
Bueno, no acabó tan mal. Pero en 30 horas en Tahiti se me frustró el encuentro con la cultura local, lo que sea que quede de ella, que no parece mucho. Nada de románticas chozas jutnto a la playa, hombres sonrientes con coronas de flores ni hermosas jóvenes que bailan con los senos descubiertos. Todo el mundo se rige por las normas urbanas occidentales. Y lo de las chicas...
...pues los franceses se comieron a la gansa de los huevos de oro. Todavía llegan turistas con la idea de que las tahitianas están guapísimas, de que uno no se da ni cuenta cuando ya tres le están dando masaje y besos en un privado sobre el mar. Si eso fue alguna vez cierto, seguro que las chicas se aburrieron de hacerlo hace muchísimos años, cuando el número de turistas sexuales sobrepasó a la población local. Y se acabó.
Además, Gauguin nunca aseguró que fueran ninfas anoréxicas de las pasarelas de Milán en versión oceánica, en sus pinturas halló la sensualidad natural de mujeres de trazo más bien rellenito. No sé si es el corte polinesio, pero en ningún país he visto una situación de obesidad tan extendida entre las jóvenes. Ni en Estados Unidos. Con frecuencia es extrema. Y si adoptaron los modelos occidentales, no fueron los del gym: ¡tampoco había visto nunca semejantes colas desde las cajas del McDonald's hasta la calle!
¿Dónde están las chicas del mito? Bueno, los grupos de danza siempre encuentran algunas divinas. Aunque, si es posible tomar como referencia los dos videos del Grand Ballet de la Polinesie Française que exhiben constantemente en el centro de información turística de Papeete, no todas tienen aspecto tahitiano y no tienen problema con incorporar rubias.
No tendrían por qué: de hecho, tampoco les molesta extirpar lo polinesio del asunto y reducir el arte dancístico a piezas de jazz en traje isleño, aderezadas con el atractivo y complicado movimiento de caderas con el que, en eso sí, dan lecciones a cualquiera (y todas deberían tomarlas, si me explico...).
La mitad de la población del archipiélago vive en Papeete, que con la del resto de la isla conforma las dos terceras partes del total. Si hay restos de cultura polinesia auténtica, deben estar en pequeños lugares del interior de esta isla, inaccesibles en domingo para el visitante de a pie, como yo mero.
En las restantes cuatro islas hay muy poco. Sólo Moorea cuenta con una delgada capa de población local, en las demás, sólo vive gente dedicada a atender al turismo. En términos de cultura, creo que hay que buscarla en otras partes del Pacífico: el emocionado Gauguin condenó a la cultura que lo fascinaba.
Y en términos de bellezas naturales, por los folletos y videos que pude ver aquí... estoy seguro que muchos otros destinos menos atiborrados de turistas y comercio las tienen y de sobra. Lo único que se veía muy, muy interesante es la isla de Bora Bora (donde mi buen amigo Jaime Boites estuvo el año pasado). Sólo por ella regresaría a Tahiti, aunque dicen que los precios están todavía más enloquecidos que aquí.
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