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La “gran” ciudad de nuevo. Es verdaderamente relajada si se la compara con cualquier otra urbe occidental, pero después de pasar un mes y medio en montañas y enormes campiñas, uno resiente el regreso a las avenidas y el tráfico. Llegué a tiempo para la fiesta de cumpleaños de Sara y tomarme unos días para escribir, aunque los demonios de la iPod hicieron de las suyas: iTunes sugirió que actualizara el software del aparato, lo hice y se “perdieron” las canciones. Es decir, te dice que están ahí, pero cuando quieres que las toque no sabe dónde están. No compren esta marca, sólo te hace la vida difícil.
Los kiwis son bastante tranquilos y corteses en general y sólo dejan salir la pasión en casos contados. Primero que nada y sobre todas las cosas, cuando se trata de rugby. La mayoría prefiere que sólo ocurra allí. Pero hay conflictos en NZ y tarde o temprano uno se involucra. El nivel de agresión es muy bajo y prevalece una actitud conciliadora que, pese a que algunos temen ser invadidos y otros sienten que se los trata con injusticia, facilita el entendimiento y los acuerdos.
A diferencia de la mayoría de los países colonizados, los ingleses se preocuparon por darle a su invasión un respaldo legal, el Tratado de Waitangi, mediante el cual en 1840 muchos jefes maori (de ninguna manera todos) reconocieron la soberanía de la reina de Inglaterra a cambio de que la Corona garantizara la protección de sus personas y posesiones. A final de cuentas, les robaron sus tierras, pero de cualquier forma, el Tratado fue revivido desde hace 30 años y no es sólo un documento fundacional querido por la mayoría de los habitantes del país, sino que ha sido el marco que ha permitido que los distintos grupos sociales enfrenten asuntos complicados y los resuelvan mediante el consenso. Según Marvin Singh, director de la oficina de asuntos étnicos, “esto nos ha dado un conocimiento profundo de las diferencias de valores y culturas y es una experiencia invaluable para una sociedad que tiene un ambiente pluralista cada vez más complejo en el que la etnicidad, las creencias religiosas y los orígenes nacionales se intersectan. Tenemos una historia que refleja una voluntad de reconciliación y de reparar las equivocaciones del pasado”.
Tal vez ésta es la impresión más correcta que deja una visita a Nueva Zelanda: si no la de una sociedad perfecta, tampoco la de una que tenga el debate intenso propio de una comunidad problemática. Tienen maneras y voluntad de resolver sus dificultades. La revisión del Tratado ha permitido que se reconozcan algunos de los abusos cometidos contra los maori y se los indemnice por ello, a pesar de lo cual, en una ocasión reciente (documentada en 2006 por el académico mexicano Rodolfo Stanvenhagen, quien actuaba como relator de la ONU), el gobierno cambió las leyes para anular una resolución judicial favorable a una iwi (tribu). Los maori perdieron la batalla mientras que los pakeha sintieron que se abusaba de su buena disposición a compensar por abusos cometidos hace un siglo, a pesar de lo cual no hubo motines, ataques violentos ni nada de lo que se ha convertido en lo normal en las sociedades multiétnicas occidentales. Los maori no sostienen reivindicaciones separatistas y los pakeha siguen comprometidos en el proceso de indemnizaciones de Waitangi. Los kiwis blancos que muestran inconformidad ante la ola de reclamaciones maori sobre tierras son también los que suelen engalanar su inglés con el uso de palabras como turangawaewae (el lugar propio de un pueblo) y mana whenua (reconocimiento del vínculo con la tierra y sus recursos). Hay pakeha alarmistas que tratan de atizar los temores de la gente ante los asiáticos, pero son los mismos periodistas pakeha los que se encargan de desmontar esas manipulaciones (ver el post de Christchurch, día 542).
No hay sociedades perfectas porque el ser humano, por fortuna, no ha dejado de evolucionar. Acaso la perfección es el punto en que la sociedad entra en decadencia, cuando se llega a la cima y todo lo que queda es descender. A pesar de que, desde el punto de vista de un latinoamericano (del de un europeo o un angloamericano, también), los problemas kiwis (étnicos, de género, de contaminación, criminalidad y demografía) parecen poca cosa, ellos los consideran muy importantes y naturalmente se los toman muy en serio. Habla bien de la raza humana: siempre aspira a mejorar.
Incluso en los rincones menos esperados parece haber buenos motivos para pensar que van por buen camino. Los fanáticos de los deportes de contacto (porras, barras bravas, torcidas, hooligans, etc.) con frecuencia alimentan las actitudes más chauvinistas, xenófobas y sexistas de sus sociedades, pero aquí, los rudos pakeha adoran a los jugadores maori y la gran aportación neozelandesa al rugby mundial es la haka, la danza guerrera maori que la selección nacional representa antes de cada partido. ¡Vamos, si aquí hasta los grupúsculos neonazis hacen profesión de respeto por lo indígena!
Whaddarya? quiere decir “¿qué eres tú?”, en la jerga inglesa local. Si asumirse como propio de Nueva Zelanda genera incomodidad entre quienes sienten que ese nombre es una imposición (como también ocurre con Aotearoa), hay un gentilicio informal pero querido por todos los que viven en estas islas, independientemente de cuantas generaciones lleven aquí: kiwi. No importa que esa palabra haga que el mundo piense en un cítrico de cáscara rasposa, ni que el ave que simboliza al país sea tímida y más bien feúcha: tal vez por su contenido inofensivo y amable, pakeha, maori y asiáticos se sienten contentos con ese denominador común de identidad. Whaddarya? Kiwi. Lo kiwi representa lo mejor de todos ellos, lo mejor de una prometedora sociedad imperfecta.
Se acabó esta etapa. Vuelo a la Polinesia. E noho ra, Aotearoa (adiós, Nueva Zelanda)! Kia ora (hola), Tahiti!
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