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Figura maori en el cementerio de Rotorúa |
Es fantasmal. Prehistórico.
Cinematográfico. Los vientos sacuden los intensos vapores malolientes, cambian
con frecuencia y engañan mi vista, descubren partes del lago por momentos, aquí
es poco profundo y lodoso, unos centímetros más allá se abre una fosa
esmeralda, y el ambiente de niebla sigue transformándose alrededor de mí
mientras cruzo el estrecho pasillo de madera a escasa distancia de la
superficie lacustre: apenas puedo ver entre las figuras animadas de oxígeno y
gases sulfúricos.
Es un lugar propicio para la
imaginación y siento que detrás de estas telas vaporosas pueden estar las almas
entristecidas de los maoris que murieron en la explosión del cercano volcán
Tarawara, en 1884, y que se presentarán ante mí con sus tatuajes guerreros a
retarme con un haka temible; o pueden ser entes mucho más antiguos, enormes
reptiles carnívoros confundidos por las aguas hirvientes de la fosa y la falta
de presas; acaso será algo actual, por lo contrario, y lo que hay entre estos
vapores que corren y se sacuden son grandes ventiladores, un equipo de
tramoyistas y Peter Jackson rodando una nueva superproducción que volverá a
poner los paisajes neozelandeses en las pantallas de todo el mundo.
Lo que encuentro, a final de
cuentas, son dos turistas suecas y un grupo de orientales que se toman fotos en
medio de la zona de actividad geotérmica del parque Kuira.
Esto es lo que más me gustó de
Rotorúa. El objetivo principal de mi visita a esta ciudad, no obstante, se
cumplió de manera muy modesta: es la zona de mayor presencia maori y esperaba
tener el contacto con su cultura del que he encontrado poco hasta ahora.
Hay una oferta amplia de visitas
a "aldeas maori", que podrían no ser más que las villas polinesias de
un parque temático. Yo fui a la que se conoce como más auténtica, Tamaki, y lo
único que me recordaba que eso no era Disneyland era que las chozas estaban
hechas con materiales auténticos y se repartían entre unos árboles enormes y
fabulosos que sólo hay en Nueva Zelanda.
Los pasajeros de cuatro autobuses
llenos nos apretábamos en el limitado espacio de la "aldea", los
actores no lucían tatuajes reales y varios de ellos parecían demasiado blancos
para ser maori, la representación de hangi se convirtió en una musical pop con
guitarra española y cantada en lengua nativa, la cena fue la misma que se
podría haber servido en cualquier bareto londinense. Antes de trasladarnos al
sitio, que está en las afueras de la ciudad, nos pasearon por unos sets
falsísimos dentro de una marae (salón ceremonial y de asambleas) igualmente
falsa, con un horrible jardín artificial ambientado con grabaciones de cantos
de pájaros. Ahí nos hicieron ver un documental en el que dos maori treintones
vestidos en cuero negro llegan en sus Harley Davidson a contarnos cómo fundaron
su negocio y que les va rebién, y después se van en sus rugientes máquinas.
Según otros viajeros, salvo este último detalle kitsch, así son las demás
aldeas.
A un lado de Kuira, está un
barrio maori: casi indistinguible de uno de kiwis europeos, excepto por parecer
más pobre y porque cuenta con algunos "features" de su cultura. El
más interesante es una marae auténtica. No puedes entrar si no te invitan
--además, estaba cerrada--, pero el exterior es fabuloso, abundante en tallas
en madera de los maoris.
Está frente a una plazoleta, al
otro lado de la cual se encuentra el templo anglicano maori de St. Faiths. Esta
religión es curiosa porque la única razón de su existencia es que un rey inglés
muy dado a las mujeres se enojó porque el Papa no le daba el divorcio y dijo,
ah sí, pues me llevo a mis obispos y hago mi propia iglesia (anglicana deriva
de anglo, una de las dos tribus alemanas de las que provienen los ingleses). Y
así, millones de personas en Europa, América y África creen que es la verdadera
religión (bueno, una religión no llegaría a ningún lado si no pudiera convencer
a sus fieles de que es la verdadera, por bizarros que sean su orígenes,
creencias y formas de sacarte la plata y gastarla).
En la parte trasera hay un
pequeño cementerio en honor a maoris que pelearon en las guerras en las que
intervino NZ: la anglo-boer y las dos mundiales en los regimientos Anzac
(Australia, NZ y la c, quién sabe... la gesta más famosa de Anzac fue en la primera
guerra mundial, cuando Atatürk y sus turcos le dieron una arrastrada en
Gallipolli). ¿Por qué tenían estos kiwis, que viven pacíficamente taaan lejos
de todo, que ir a morir en guerras ajenas? Por lealtad a la reina (rey,
entonces). El sitio es bonito, tiene varias tallas maoris y está en la orilla
del lago Rotorúa, con una isla detrás.
El Rotorúa, como todos los lagos
de la zona, es de origen volcánico. Antes de venir aquí pasé por el de Taupo,
el más extenso del país, un enorme cráter de más de cien kilómetros de
circunferencia en el que dicen que tuvo lugar la mayor explosión volcánica
registrada, a fines del primer milenio y que los chinos mencionaron haber visto
grandes resplandores rojos al sureste. Con mi amigo el Chino --quien no
recuerda haber visto nada--, visité el cráter del volcán de la isla de
Santorini, en el Mar Egeo, del que también se dice que fue la más grande, pero
que se peleen griegos y kiwis por eso, yo no me meto.
Otro evento similar fue la
erupción del Tarawara, muy cerca de aquí, que mató a 200 maoris. Una y otra vez
te dicen que también destruyó las "terrazas rosa y blanco, la octava
maravilla del mundo", pero acaso no eran tan maravillosas porque nadie
parece saber (tampoco se explica en los numerosos folletos que hacen referencia
al asunto) qué cosa eran, si se trataba de una belleza natural (en cuyo caso no
podrían contarse como una de las maravillas, que sólo cuentan obras humanas) o
algo construido por... ¿quién? ¿Los maori, los colonos ingleses? Misterios de
las maravillas.
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