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Con el avance vertiginoso de las disciplinas científicas ya resulta un tanto difícil trazar fronteras definidas no sólo entre las disciplinas mismas, sino entre sus objetos de estudio; trazar fronteras entre lo inerte y lo vivo es cada vez menos contundente.
Por siglos la biología ha sido el estudio de la vida por antonomasia. Peor definir vida ha sido un debate permanente, trascendiendo a la biología e incorporándose a las ciencia sociales para mayor e menor fortuna.
De los seres que estudia la biología hay uno que resulta particularmente elusivo para la definición de vida, si ella son arreglos moleculares capaces de metabolismo y autorreproducción: los virus, que para efectos prácticos su nombre quiere decir en latín, más que bicho, toxinas o venenos, relativamente “sencillos”, no son más que ácido nucleico envuelto en proteínas.
La naturaleza le prohibió a esta molécula azucarada envuelta en proteína replicar su material genético, requiere invadir a las células vivas (que sí son capaces de reproducirse) para lograrlo, obligándole a producir muchas copias de ella hasta destruirla. Así que “matarlos”, cazarlos, no ha sido fácil ¿cómo matar algo que no está vivo? No le puedo impedir que se reproduzca porque no lo hace, se lo tengo que impedir a las células susceptibles de ser invadidas por él, pero las células requieren reproducirse para continuar el ciclo evolutivo, entonces ¿qué hacemos?
Estos cristales con ácido nucleico son, además, muy pequeñitos, sus tamaños oscilan entre los 24 y 300 nanómetros (mil millonésimas de metro, punto nueve ceros y uno, del tamaño de las longitudes de onda de los rayos ultravioleta, los gamma, los X). Justamente su miniaturez hizo que pasaran inadvertidos para los cazadores de microbios, hasta finales del siglo XIX (Dimitri Ivanovski, 1892).
Los virus son extrañamente atractivos y sorprendentes con diversas formas como módulos de alunizaje, esferitas de navidad, serpentinas, poliedros. Fuera de ello no nos debería llamar más su atención sino es que cuando se aferran a nuestras células, le inoculan su código genético que sojuzga al de la célula, le cambia las instrucciones y entre otras cosas la obliga a dejar de hacer sus funciones y hacer copias de virus. La célula, con las instrucciones cambiadas podría comenzar a crecer sin orden dando lugar a tumores malignos. Y si se trata de células encargadas de la defensa del organismo ante microbios invasores, su función defensiva se detiene, produce más virus hasta agotarse y morir, dejándonos sin defensas. Esto último es lo que hace el VIH.
Además de pequeñitos, los virus son engañosos. A algunos de ellos se les descubre por las señales moleculares que desarrollan las propias células defensivas frente a su presencia; otras veces porque se identifica la estructura molecular de las proteínas que los envuelven, pero pueden ser muy audaces como el VIH y cambiar de disfraz rápidamente.
Los hay que infectan bacterias, células animales, vegetales. Su origen está a debate. Hay quienes se inclinan a pensar que fueron los primeros organismos en la evolución de lo inerte a lo vivo, adquiriendo la función de replicación, trascripción y traducción (de información molecular). Otros se oponen a la idea en virtud de que requieren de la célula para reproducirse, de tal modo que no podrían existir si antes no se hubieran desarrollado éstas.
Al causante de la inmunodeficiencia humana no fue fácil identificarlo, se le confundía con otros retrovirus, y llamó la atención por la extraña enfermedad que se empezó a desarrollar consistente en que los individuos infectados se morían de cualquier cosa, es decir, disminuían sus defensas hasta quedar expuestos a cualquier invasión microrbiana menor (continuará).
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