Por Claudia
¿Quién no ha hecho dieta alguna vez en su vida? De las mujeres, una abrumadora mayoría. Se calcula que en la actualidad el 90% de quienes tienen más 14 años de edad han seguido un régimen alimentario de reducción en un momento determinado de su vida.
Otros estudios señalan que el 90% experimentan insatisfacción con su imagen corporal, por lo que a los 18 años un 80% ya se ha sometido a un plan para adelgazar.
Desafortunadamente no sólo se trata de la esbeltez corporal. El rostro, la piel, el tamaño de los senos y glúteos, la nariz, la forma de las orejas, la línea del vientre, de la barbilla, de los pómulos... todo es objeto de un detallado escrutinio para detectar qué es posible mejorar con la acción de la cosmética o la ayuda del bisturí.
Visto así, el fenómeno de buscar el belleza física a toda costa involucra a un número mayor de mujeres cada día y tiene un fundamento muy claro: la construcción social de lo femenino, según el cual las mujeres, desafortunadamente, son más valoradas por su aspecto antes que por su intelecto, salvo contadas excepciones.
Y mucho más porque un cuerpo estilizado, suave y firme, es visualizado como instrumento de seducción, que confiere cierto poder ante la sociedad en general. De esta forma, el nivel de la autoestima depende, en primer lugar, del aspecto físico externo.
Lo que es un hecho es que la primera impresión sí cuenta y que la "buena" o incluso "excelente" presentación son parte de los requisitos que ahora piden las empresas para contratar a alguien.
No es raro escuchar que muchas mujeres sueñan con tener los labios de Angelina Jolie, el cutis de Nicole Kidman, las piernas de Mariah Carey, el cabello de Jeniffer Aniston o el cuerpo de Giselle Bünden.
Pero vale la pena cuestionarse si, luego de someterse a una intervención quirúrgica, que implica separarnos de nuestras propias características físicas, y con la que logremos acercarnos un poco a ese sueño, mejoraremos realmente nuestra autoestima y seremos más felices de lo que éramos antes.
Resulta vergonzoso pensar que valemos por cómo nos vemos y no por lo que somos y sabemos, al igual que confirmar que quienes padecen obesidad, por ejemplo, sean discriminados laboral y socialmente por el hecho de no encajar en el ideal de la belleza.
Y aunque los hombres de unos años a la fecha también se preocupan por verse bien, somos las mujeres quienes tenemos una presión social más fuerte, no sólo por no ser feas, sino por ser hermosas.
Si lo pensamos con detenimiento, resulta paradójico que al mismo tiempo que las mujeres hemos conquistado libertades y que la idea de igualdad y justicia es aceptada cada vez más, también ha aumentado la tiranía de la belleza y el estancamiento de la mujer en su papel de "adorno". ¿No crees?
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