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Karin, de Austria, en Lake Tekapo |
De regreso a las montañas, fui a un lugar hermoso entre lagos con un extraño y bello color azul cremoso, matizado por el polvo de roca que los glaciares han molido poco a poco a lo largo de cientos de miles de años. Se llama Lake Tekapo y es un lugar que parece pegado a las estrellas, dada la amplia visibilidad del cielo nocturno. Más al norte está la ciudad más grande de la Isla Sur, Christchurch, y todavía más allá el pequeño balneario de Kaikoura, donde uno puede bañarse en la playa y mirar los montes nevados casi junto al mar.
Hasta hace pocas décadas nadie se detenía aquí más que para tomar un café ocasional, pero en 1987, los maoris crearon una compañía de avistamiento de mamíferos marinos que convirtió al pueblo en un establecimiento turístico en toda regla. Así como África tiene sus “Big-5” (cinco grandes) animales que todo visitante debe ver (elefante, rinoceronte, león, leopardo y búfalo), en Kaikoura promueven sus propios cinco: ballena de esperma (visitan el área de octubre a agosto), delfín hector (los más pequeños y raros de encontrar), el delfín oscuro del sur, la foca de Nueva Zelanda, y el delfín de nariz de botella. Con suerte también aparecen orcas (presentes de diciembre a marzo), ballenas piloto y pingüinos azules, y existe una colonia de focas. Esta abundancia de fauna se debe a peculiaridades de la plataforma continental y de las corrientes marinas que convierten el área de Kaikoura en un lugar privilegiado.
Una tarde, en Christchurch, fui invitado a comer y a beber delicioso vino local con Marietta, la tía kiwi de mi amiga Samantha, y Phil. Su casa está en lo alto de la parte exterior del cráter de un volcán apagado y tiene una vista preciosa con la ciudad abajo. Marietta es una gran conversadora, muy energética –muy al estilo de Samantha--. Phil, muy simpático también, se apasiona por encontrar coches y motos de época, repararlos para que queden como nuevos e irse a recorrer la isla en ellos.
Phil inmigró de Inglaterra hace tres décadas. Mientras que la mamá de Samantha hizo el movimiento contrario, su hermana, Marietta, que escogió permanecer en la apacible NZ. La pareja me describió lo idílica que es su vida, a la que tal vez la faltan las emociones intensas de las grandes concentraciones urbanas pero que tiene las ventajas de un ritmo tranquilo, sin estrés, una naturaleza prístina y espacios muy grandes para una población reducida (NZ es ligeramente mayor que Gran Bretaña, pero tiene sólo 4 millones de habitantes contra 60 de la nación europea). Quisieron que les contara cómo vive la gente en Hong Kong y las grandes ciudades chinas. Les hablé de un gigante de 1,300 millones de personas, millares de rascacielos, departamentos minúsculos, familias apretadas en una habitación, problemas de agua, ruido, smog, deterioro del medio ambiente… Se quedaron horrorizados. Y se asustaron: “¡Dios mío! Cuando se enteren de lo que tenemos aquí, ¡nos van a invadir!”
Ellos, como muchos kiwis, reconocen en los chinos a personas amables y trabajadoras. Su temor es que en ciudades como Auckland ya dejó de ser raro ver rasgos orientales y hay zonas en las que hay más restaurantes coreanos que occidentales, que cada vez hay más asiáticos. Dada la desproporción demográfica entre ambos países, realmente temen que un día cientos de rascacielos llenos de chinos crezcan donde antes había pastos, ovejitas y un paisaje maravilloso.
Estas inquietudes son normales y se podría hacer mucho para aliviarlas si se difundiera información precisa que exponga las ventajas y límites de la inmigración. Creo que en general esto se está haciendo. Pero en ningún país faltan los irresponsables. En este caso, me tocó un caso de criminalización de los asiáticos. Hay un grupo neonazi –¡sorpresa!—, el Frente Nacional, que señala a los orientales como un grave “peligro”, pero el descrédito de grupúsculos de ese tipo hace que poca gente les haga caso.
Es otra cosa cuando personas con mayor influencia entran al juego, como ocurrió hace poco. Deborah Coddington, columnista del periódico North & South, aseguró que el país sufría una ola de crimen asiático. Su evidencia: estadísticas oficiales que indican que, entre 1996 y 2005, el número de crímenes cometidos por orientales se elevó en un 53%. Ella se describió a sí misma como alguien que “se atreve a decir que, al contrario de lo que la brigada de lo PC (políticamente correcto) pretende, no todo asiático es un buen asiático”. Algunas comentaristas celebraron la “valentía” de la mujer.
La alarma sonó en muchos oídos predispuestos a tomarla contra los asiáticos. Pero otros periodistas –no la “brigada de lo PC”—hicieron su tarea y expusieron el truco sucio de Coddington. Entre 1996 y 2001, la proporción de asiáticos en la población kiwi creció 150%. Su tasa de crimen, en cambio, sólo 53%. En 2001, los asiáticos representaban 6.6% de la población mientras que sus crímenes correspondían al 1.7% del total. Los mismos datos, para 2005, fueron 9.3% y 2.8%: esto indica que los orientales en NZ son mucho menos dados a cometer crímenes que la población en general, y que de hecho, un asiático neozelandés tiene una probabilidad de cometer un crimen equivalente a la cuarta parte de la de una persona común.
De una manera similar, el temor a un desembarco masivo de chinos en NZ es el resultado del desconocimiento de las dinámicas de la emigración en Oriente y de las de las propias islas kiwis. NZ no es un destino primario: Australia, Estados Unidos, Europa, Japón, Taiwán, Hong Kong: cualquiera de estos lugares resulta más atractivo porque son economías activas que ofrecen mayores oportunidades de trabajo y de diversión. Ése es precisamente el problema de NZ: es un país que compite activamente por atraer migrantes y no consigue todos los que necesita su mercado de trabajo. Cada año, miles de jóvenes kiwis de todos los orígenes (pakeha –blancos de origen europeo—, maori, asiático) se marchan a trabajar al extranjero. Algunas personas se asustan porque creen que son muchos los recién llegados, pero, según declaró a la prensa el ministro de Inmigración, en el periodo 2005-2006 NZ perdió 24,000 residentes y ganó 33,800, un beneficio neto de sólo 9,800 personas que, según el funcionario, “no es el mayor que hemos tenido pero es el más alto del presente gobierno” y “queremos elevarlo mucho más este año”.
Para Monica Yang, una chica que vino de Taiwán con sus padres cuando era pequeña, irse a trabajar a ese país es un objetivo porque “tiene un ritmo más veloz, su estilo de vida es más emocionante”. Algo similar me dijeron jóvenes pakeha al respecto de Australia y Londres, y añadieron que, por su pequeño tamaño, las oportunidades de hacer carrera en NZ son limitadas. Para cuando sea mayor, eso sí, a Monica le gustaría regresar y envejecer aquí, sin estrés, en medio de una naturaleza prístina y entre grandes espacios. Tal como felizmente hacen ahora Marietta y Phil en Christchurch.
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