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Uno de los delfines que pude fotografiar antes de que se dañara mi cámara |
En la punta suroeste de la isla, el mete y saca de los glaciares con cada periodo de enfriamiento y calentamiento creó el tejido rocoso más impresionante: enormes montañas cortadas por el hielo, como si fueran los tajos de un hacha inmensa, se enredan en canales en los que los barcos navegan pequeñitos, minúsculos junto a los macizos rocosos de 700, 1,000 y hasta casi 1700 metros de altura que se levantan verticalmente desde el ras del agua. Son los fiordos.
En general, el clima de la isla es difícil y cambia con enorme velocidad: un día brillante se puede convertir en tormentoso en menos de una hora. Esta inestabilidad es típica de lo que la gente de la zona conoce como los “roaring forties” (“rugientes cuarenta”), en referencia a la latitud de la isla. Esto resulta más dramático en esta zona, conocida como Fiordland.
El camino desde Queenstown ya es difícil, aunque muy hermoso: las avalanchas son frecuentes y en largas partes de la carretera está prohibido que los vehículos se detengan, a riesgo de terminar aplastado por miles de toneladas de nieve. Todo son bosques blancos, bellos lagos y montañas donde el sol resplandece reflejado por el hielo. Hasta que se llega a Milford Sound, el fiordo más famoso, una estrecha culebra entre montes por la que las ventiscas del Pacífico se cuelan con violencia. Los barcos que llevan a los visitantes hasta la boca del fiordo de 22 kilómetros de largo pasan junto a cascadas que no llegan a caer porque el intenso viento se las lleva, bahías y refugios naturales y el Pico Mitre, que desde donde lo admiramos en los botes hasta su cima suma 1692 metros.
El mal clima puede desconcertar a algunos que preferirían tener cielos azules. Pero Milford Sound no sería lo mismo si fuera un rincón tranquilo: la violencia del aire le da un marco ideal a sus formas escarpadas. Lo mismo se puede decir de Doubtful Sound, un poco más al sur, que durante cientos de años se resistió a ser dominado por los seres humanos. El capitán Cook, primer europeo en llegar a Nueva Zelanda y quien le dio nombre en 1770, no se atrevió a entrar en él. La aproximación inicial fue hecha por tierra, a través de una carretera que se terminó en 1959, y hasta hace poco sólo los navegantes más intrépidos se aventuraban por sus canales.
Nuestro barco se sacudía bajo los golpes de aire y de las altas olas que caían sobre el puente, era una aproximación segura a una naturaleza agresiva que no estamos acostumbrados a admirar. La que colocó en la mitad del océano una bella isla de tranquilidad engañosa y brutalidad fascinante. Y justo ahí saltando fuera del agua para vernos, curiosos, delfines que no les tienen miedo a las corrientes y que se sienten a gusto entre toda esta violencia. La víctima: mi cámara, que por tratar de fotografiar a los bellos mamíferos cayó conmigo en un bandazo de la nave, y se dañó la pantalla. Ya van dos en este año y medio de viaje… que la verdad, no parecen tantas al tomar en cuenta todo lo que han trabajado y las condiciones en las que hemos estado. No todas las cámaras han tenido el privilegio de enfocar monjes tibetanos, bailarinas khmeres, rascacielos de Shanghai y glaciares neozelandeses.
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