MIREYA se asomó, pero no vio nada raro en la semidormida calle. Pasadas las tres de la mañana cerró meticulosamente las ventanas. Un cuajado olor a animal muerto llegaba hasta su nariz en forma de insomnio. Cuando terminó, observó que a Natalia, el aroma a perro en descomposición, no le incomodaba pues dormía de forma profunda. "Ella ya se acostumbró a la hediondez", dijo. Fue entonces cuando pensó en matarla.
|