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Un río de hielo que busca el mar |
Llevado
por la ansiedad de ver la maravilla, no quise esperar al día siguiente para ir
con un grupo guiado y me lancé a conocer el fabuloso glaciar Franz Josef. Ignoré
las advertencias de sólo avanzar con una persona autorizada, crucé los cordones
de seguridad y llegué al pie del gran macizo de hielo de tonos azulados: unos
40 metros de altitud y 200 metros de ancho, ese gigantesco río lento baja desde
las cumbres de los Alpes del Sur y se detiene justo ahí, cuando el
derretimiento lo transforma en un torrente de agua que sale de sus entrañas.
Una
chica me había seguido, pasó junto a mí, hizo fotos y retrocedió. No iría más
allá. No se veía nada, pero desde el interior de la gran serpiente helada se
escuchaban sonidos extraños, rocas que caían en huecos sin luz. Yo quise
seguir. Busqué durante quince minutos un camino, la ruta que todos los días
toman los guías, huellas… allí estaban. Tenía que empezar con un gran brinco,
subir unos quince metros, no lo podría escalar, pero hallé escaleras escondidas
que resolvieron esa primera parte. Una vez arriba, quise pensar, lo más difícil
estaba hecho. Error. A los diez minutos de avanzar, todo crujía a mi alrededor,
ahora sí veía los trozos de hielo caer, la superficie se partía en miles de
alfileres de hielo que me herirían si caía, las botas se resbalaban. Pronto
hallé una grieta profunda, al fondo de la cual se veía una mochila roja. A
alguien se le había caído y la había dejado ahí, no existía manera de sacarla… ¿y quién me
sacaría a mí si resbalaba? Muy bien, hasta aquí
llegamos, marcha atrás. Pero no era tan fácil. Al revés. Era como si en ese
escaso tiempo, el derretimiento se hubiera apresurado y a derecha e izquierda
se abrían hoyos, se rompían bloques, el piso parecía ceder… las escaleras
seguían allí y pude bajar sin peligro. ¡Uffff!
Ir
con guía es mucho más fácil, seguro e incluso divertido. Otra alternativa es el
heli-hike: subir en helicóptero hasta una de las cimas y hacer un recorrido
sobre nieve, más sencillo que en el hielo. El Monte Cook, a 3750 metros de
altura, y el Monte Tasman brillan blancos bajo el sol. Al fondo, el Océano
Pacífico, azul profundo, tranquilo por esta ocasión.
Es
un error común imaginar que los glaciares avanzan y retroceden. Eso no podría
ocurrir por la simple causa de la ley de gravedad. Cuando el ambiente es más
cálido, el glaciar se derrite antes en tiempo y espacio, lo que crea la ilusión
de que va hacia atrás. El Franz Josef se mueve a un ritmo diez veces más veloz
que los de los Alpes suizos, casi cinco metros diarios, aunque varía por
épocas. El ojo humano no lo percibe. Los restos de un aeroplano que se estrelló
sobre el glaciar, a tres kilómetros y medio de su cara terminal, tardaron seis
años en llegar al fondo.
Los
Alpes Meridionales forman una barrera natural para los vientos húmedos que
vienen por el oeste desde el Mar de Tasmania, depositan su carga en el lado
occidental, en forma de agua y nieve, y pasan al este secos. La nieve se
compacta en las cumbres, forma hielo y su peso empuja al que está debajo, que
avanza rompiendo la tierra hasta llegar a la zona de ablación (el punto en el
que se derrite).
Durante
la última glaciación (entre 15 y 20 mil años atrás), el Franz Josef y su
vecino, el Fox, descendieron por este valle hasta llegar al Pacífico. La
llegada de tiempos más cálidos los hizo ceder terreno hasta quedar todavía más
atrás de donde se encuentran ahora. Un miniglaciación, entre los siglos XIV y
XVIII los hizo avanzar algunos kilómetros, hasta un límite claramente visible,
pero en los últimos 250 años se estabilizaron en el nivel presente.
Los
maoris lo conocían como Ka Roimata o Hine Hukatere (lágrimas de la chica
avalancha) debido a una leyenda: una joven perdió a su amado cuando él cayó
mientras escalaba los picos cercanos y su llanto se congeló. Pero el nombre
actual le fue dado por el explorador austriaco Julius Haast en 1865, para
honrar a su emperador.
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