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Por Claudia
Eliminar grasa abdominal, levantar o agrandar los senos, darle forma a los glúteos, corregir la nariz, definir el mentón, injertar cabello o revertir algunos de los signos del envejecimiento, dejaron de ser privilegio de estrellas de cine y personas adineradas.
Hoy en día las cirugías plásticas están prácticamente al alcance de todos pues, incluso, ya existen financiamientos bancarios que permiten pagar estas intervenciones a plazos.
Medidas como esta, la proliferación de clínicas, así como la publicidad que nos muestra cuerpos esculpidos, y hermosas facciones femeninas y masculinas, han incrementado considerablemente el número de operaciones que se practican en el mundo.
Un estudio publicado en 1999 por la Sociedad Norteamericana de Cirugía Plástica y Reconstructiva reveló que en Estados Unidos el número de operaciones estéticas se incrementó 50% tan sólo en dos años. Actualmente se realizan, en promedio, dos millones de cirugías al año.
En México, como en todo el mundo, no sólo las personas adultas recurren a las correcciones, sino que cada día más y más jóvenes buscan mejorar su apariencia. Los tres tipos de intervenciones quirúrgicas más socorridas son la rinoplastia, la liposucción y el implante mamario.
La periodista Cristina Raffalli, en su libro ¿Debo operarme?, explica que la belleza posee cuatro valores fundamentales: sexual, porque lo bello produce placer; social, porque permite ascenso y mejores oportunidades; intelectual, pues lo bello es razonado; y, por último, económico, ya que se supone que se ha dispuesto de los recursos materiales para alcanzarla.
Y aunque mucho se ha hablado de que la única belleza verdadera es la interior, lo cierto es que muchas veces la naturaleza no nos da la apariencia que deseamos. Es un hecho la mayoría de la gente está inconforme con su cuerpo o su rostro.
Por ello, la cirugía plástica es una opción real para modificar y embellecer algunos rasgos de la anatomía. Cuando una intervención estética tiene como objetivo incrementar el autoestima o brindar bienestar, recurrir a ella es válido.
Desde luego, por propia seguridad, siempre se debe acudir con médicos calificados.
Las operaciones estéticas, sin embargo, pueden atentar contra la salud cuando se abusa de ellas.
Uno de los casos más publicitados de la gente que se obsesiona con cambiar su apariencia fue el de la millonaria suiza Jocelyn Wildenstein, de más de 50 años de edad quien, se dice, se practicó más de 30 operaciones, en las que gastó casi tres millones de euros, con tal de tener cara de gato, literalmente.
Se dice que esta mujer, luego de que su esposo la abandonara, decidió tener rasgos felinos para recuperarlo pues él amaba a los gatos.
El fin de esta historia, según cuentan, es que la enloquecida mujer consiguió su propósito y recuperó a su marido.
En conclusión, someterse a una cirugía plástica es una decisión personal y, antes de practicarse, debe analizarse detenidamente, observar sus pros y sus contras, para no arrepentirse después.
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